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Donald Trump no importa

A pesar de toda la atención que le presta la prensa estadounidense, más bien por su interés de acaparar la audiencia de gente morbosa que por otra cosa, la nominación de Donald Trump a la candidatura presidencial republicana por el Partido Republicano de los Estados Unidos no tiene la más mínima importancia. Me explico.

El Partido Republicano de los Estados Unidos funciona de una manera muy peculiar. Cuando un candidato republicano gana las elecciones, en realidad quien ocupa el poder es la maquinaria del partido. Es un tipo de “gobierno permanente” en el cual se repiten los nombres de las mismas personas, ocupando nuevas posiciones.

Tome el caso de Dick Cheney. Este siniestro personaje ocupó puestos importantes en las administraciones de Nixon y Ford. Fue congresista de Wyoming durante la administración Reagan y Secretario de Defensa en la administración del George H.W. Bush. Claro está, después fue vicepresidente de los Estados Unidos bajo la administración de George W. Bush. Como él, hay toda una clase política lista para ocupar el poder tan pronto gane un candidato republicano.

Esta manera de funcionar le da una cierta estabilidad a los gobiernos republicanos. Aunque uno pueda diferir de sus políticas, en realidad son muy consistentes. Una administración se ve como la continuación de la otra, siguiendo los lineamientos políticos establecidos por la anterior.

Por su parte, los demócratas tienden a nominar a la presidencia a líderes que organizan toda la administración en torno a su propia persona. Por eso, no hay continuidad de una a la otra. Por ejemplo, la administración de Bill Clinton no tuvo continuidad histórica con la de Carter, como la de Obama no continuó la de Clinton.

Todo esto hace prácticamente irrelevante quién ocupe la presidencia en administraciones republicanas. De todos modos, la persona electa no va a gobernar; el poder ha de estar en el gobierno permanente republicano.

En el caso de que el pueblo estadounidense fuera tan tonto como para elegir a un bufón tal como Donald Trump como presidente, su poder se vería limitado. Su autoridad sería coartada por la maquinaria del partido.

Por eso, en el fondo no importa nada de lo que diga Trump durante su campaña presidencial. Sus discursos de odio, sus alardes de poder y sus delirios de grandeza no tienen importancia alguna. Como en el caso de Sarah Palin, su labor como candidato se limita a llamar la atención de la prensa y a atraer votantes a las urnas. Si llegase a ser electo, sería un actor jugando el papel de presidente en una novela donde el poder estará en otras manos.

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El Rev. Dr. Pablo A. Jiménez es el pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en el Barrio Espinosa de Dorado, PR. http://www.drpablojimenez.com.

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