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 Más cerca de lo que pensamos

Así pasa algunas veces, no vemos lo que tenemos tan cerca mientras nos afanamos buscándolo. Pasa con las llaves, con el celular, el control del televisor y otros artículos que casi  enloquecemos al no dar con ellos teniéndolos cerca.

Así pasa también con lo que según más psicólogos es la salvación del alma humana, el amor. Vivimos en una búsqueda continua de ser amados, aceptados, valorados.  Lo necesitamos, es parte de nuestra naturaleza.  Me atrevería a decir que la sana vida depende del estar en relación con otros que nutran aspectos emocionales, que nos brinden su ternura y acompañamiento. Cada vez se habla más de que la respuesta a un mundo en crisis tiene que ver con lo comunitario, lo solidario, el encuentro con los otros.

Las relaciones con los demás son cruciales en la vida de un niño desde el primer momento. Así mismo a lo largo de todo el desarrollo humano lo que nos nutre, nos humaniza, nos ayuda a superar los grandes desaciertos y obstáculos de la vida tiene que ver con la calidad de relaciones que tengamos.

Lo mismo pasa con la cuota de las caricias que necesitamos recibir para nutrir nuestra autoestima. Dice el siquiatra Claude Steiner – considerado uno de los padres del análisis transaccional- que todas las personas vivimos en un estado continuo de hambre de caricias. El apetito de caricias es igual que el de comida, lo tenemos y no lo podemos cambiar. Solo cuando poseemos relaciones profundas y trascendentes, logramos la cuota de caricias físicas y de presencia afectiva que expanda nuestra realización.  Sin la presencia de otros nos morimos por dentro, nos empobrecemos.  Al igual que cuando vivimos rodeados de personas tóxicas y malsanas.

Dependemos de la experiencia del amor y la amistad para ser personas en plenitud. Pero muchas veces andamos buscando esas relaciones donde no es, y no las encontramos quizás porque no estamos atentos a quienes nos rodean. Tocaría atrevernos a creer que esas relaciones que nos dan vida tal vez estén más cerca de lo que pensamos -aunque no sean perfectas-  y están a la espera de ser descubiertas, atendidas y alimentadas.

Cuento con buenas relaciones de personas que caminan conmigo, me dan su ternura, apoyo  y me confrontan cuando me toca crecer.  Algunos más cercanos que otros -pues hay los que viven en otras tierras-  pero todos cercanos a mi alma.

Uno de ellos llegó a mí de manera extraña. De una visita a Centro América donde pasé varios días compartiendo con seres que aprecio. Por allí estaba esta persona poco expresiva, más bien observaba y permanecía callada, mientras en las reuniones todos platicábamos abiertamente. Un día surgió el encuentro,  justo cuando anuncié  al grupo con tristeza que mi vuelo de regreso había sido cancelado.  De la nada comenzó una gran acogida de esta persona junto con la búsqueda de opciones y solo unas pocas horas de diálogo donde hubo una apertura que parecía de otro tiempo. Hasta hoy su presencia me acompaña muy cercana, desde su realidad y desde la mía. Conoce mis angustias, las alegrías de mi niña interior, comparte mis sueños e ilusiones, se ha tornado en un fuerte aliado para navegar la crisis y viceversa.

Con esta experiencia de amistad descubrí que solo hay que permanecer con los ojos abiertos, pues ciertamente más cerca de lo que pensamos puede estar esa relación, esa persona con la que se confirme que la vida es buena no importan las circunstancias y crisis que nos rodeen.

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