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¿Será?

Pareciese que no ocurren, es tanta la desolación que nos rodea que pareciese que los milagros no ocurren. Me compartía un amigo teólogo una explicación sobre eso que llamamos milagros: “El milagro se ve como un acto mediante el cual Dios se da a conocer; es algo imposible para el ser humano, quien se queda maravillado y estupefacto ante estos signos de grandeza”.

Milagros podría decirse son aquellos eventos, situaciones que acontecen que no tienen razonamiento que los alcance a explicar.  Con el paso del tiempo he ido aprendiendo a descubrirlos en lo cotidiano. En estos días hubo uno que me conmovió profundamente.

En mis años dirigiendo los Centros Sor Isolina Ferré  en Caimito, pude ver muchas vidas salvarse, sin embargo hubo unos jóvenes que anduve tratando de ayudar ante el uso y abuso de drogas. Llena de frustración  los vi deteriorarse, sus historias estaban marcadas por mucho  dolor y el entorno era una gran trampa que los fue atrapando. Llegó el punto que comenzaron a robar, le siguieron los viajes a la cárcel, los programas de tratamiento, el desespero de sus familias y toda una caravana que nos hizo pensar que no era posible que salieran de la calle.

Llevo ya un tiempo fuera del Centro en otra misión que me ha tocado seguir. Esta semana regresé a la comunidad a participar de una actividad de logros. Allí en medio de la celebración, de momento me percaté de la presencia de dos de estos jóvenes, quienes ya son adultos. Allí estaban sentados en medio del público participando, disfrutando de estar allí con la comunidad.  Pude contemplar sus rostros marcados por la dura vida de la calle. Fui a saludarlos y reconocerles que estuviesen en pie. Me compartieron de sus procesos de rehabilitación gracias al Centro y cómo Manolo -un Intercesor que trabaja en la institución- los estaba ayudando a salir adelante.

Los milagros ocurren, ocurren a través de las manos de personas que no dejan de creer. Personas de fe en Dios y en la humanidad que crean con sus actos. Así es Manolo, ya lleva 12 años en el Centro. Anda por las calles del barrio identificando y atendiendo a aquellos  que las drogas los siguen atrapando.  Ha decidido estudiar consejería en adicciones para poder ayudarlos más. Si me conmovió ver aquellos dos seres allí, en recuperación, más aún me conmovieron las palabras de Manolo: “Hay que acostumbrarlos y acostumbrarnos a integrarlos, esa reconexión social es la que sana”. “En esas vidas hay mucha historia y muchas heridas. Conocerlos me ha enseñado a ser más sensible y a tener una comprensión diferente de la vida”.

Será que en estos tiempos de descomposición donde pereciese que toda esperanza se viene abajo, el espíritu de Manolo y sus acciones ante los más desventajados se convierten en milagro que revitaliza nuestro Puerto Rico. Será que el testimonio de estos jóvenes -para quienes parecía que no había oportunidades de superación- se convierte en milagro que nos dice que es posible salir de cualquier lastre social o emocional.

Será que es posible creer que en nuestra patria continuarán  ocurriendo milagros a través de las manos de  puertorriqueños que como Manolo harán que lo imposible se vuelva posible. ¿Será?

 

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