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El abrazo más hermoso

El abrazo más hermoso que he recibido me lo ofreció hace pocos días una cocinera llamada Hilda en medio de un Taller de silencio en Guatemala. Lo recibí al caminar por el lugar mientras la voz interior que se capta con más claridad cuando apagamos el botón del bullicio y el ruido, me confrontaba con mi insolidaridad al dolor más profundo de los millones de empobrecidos de nuestro mundo. Esos que me encontré casi en la puerta del avión al llegar a esas tierras que ya son mi hogar.

En medio de un hermoso bosque frío, lleno de pinos y rosas redescubría que la negación más grande del amor la hacemos cuando cerramos los ojos ante el dolor de los demás. Cuando nos enfocamos en nuestro entorno, confort y nos olvidamos que en nuestro planeta más de la mitad de la población no tienen techo, ni baños o comida. Cuando nos conformamos con dar algo de lo que nos sobra pero sin que nos interpele la vida del que sufre.

Una cocinera de origen humilde quien no paraba de trabajar de un lado para otro, me ofreció grandes lecciones durante los días que allí estuve aprendiendo a ver y escuchar con nuevos sentidos. En ella vi el rostro de la humanidad herida. No esa que veo desde el balcón de mi casa en este Puerto Rico atrapado por la corrupción y malas decisiones que nos siguen empobreciendo material y moralmente, si no el rostro de la humanidad que apenas alcanzamos a ver por nuestra televisión que restringe las noticias de ese lado del mundo. Un país donde se mueren 18 personas diariamente la mayoría por violencia, donde la desnutrición de niños es la orden del día y las maras (pandillas callejeras) que se dedican a asaltar y extorsionar a las personas asechan continuamente. Donde se habla 22 lenguas en comunidades indígenas, la mayoría viviendo en condiciones de marginación y discrimen.

Una humanidad que camina como Ricardo -otro campesino que conocí- con unas botas que llegaron al Taller marcadas con lodo y así pasaron los diez días que duró el mismo. El lodo del campo, de aquellos caminos que vi, en los cuales cuando llueve se hace muy difícil caminar o transitar por ellos, el lodo de la tierra de donde alimenta a su familia con la leche que le daban cuatro vacas que tenía – varias murieron días antes de conocerle- y el maíz que siembra. Algo que definitivamente los boricuas nos cuesta comprender en medio del mundo materialista que nos hace tener zapatos para cada ocasión.

No olvido sus miradas, la de Ricardo cuando contaba la preocupación ante su pobreza y el brillo de sus ojos verdes cuando hablaba de la fe que le da el sentido a su vida. La mirada de doña Hilda quien al abrir sus brazos para recibirme con gran ternura llenó mi corazón de una sensación extraña de estar perdiéndome lo más hermoso de muchos seres que desde sus realidades de injusticia y sencillez nos enseñan lo que en verdad es valioso.

Con su abrazo me abrazó la humanidad que aguarda por la justicia, no para reclamarme mi insolidaridad, sino para llenarme de esa acogida que solo el pobre conoce de vivir con brazos abiertos para dar y recibir con el desapego del que poco posee.

Doy gracias por el abrazo más hermoso que he recibido, ese que me mostró que una vida sin abrazar  lo vulnerado de la humanidad y sin trabajar por la justicia es una vida que no alcanza la realización plena.

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lortiz@csifpr.org

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