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Tainos Ahí

Con esa consigna nos hicimos parte de la fanaticada de un partido de baloncesto entre dos equipos de hispanos residentes en Atlanta, Georgia. Por allí llegamos en una de esas experiencias que la vida sincroniza para que veamos con nuevos ojos las realidades que nos rodean. Dos equipos con unas particularidades que me llevaron a sentirme identificada con ambos.

El juego formaba parte de un torneo organizado por los mismos jugadores de la comunidad. Las características de los jugadores; hispanos, inmigrantes, trabajadores. En fin, rostros de jóvenes boricuas, afroamericanos, dominicanos, mexicanos, que por las condiciones económicas y sociales han tenido que emigrar de su tierra en búsqueda de oportunidades. También hay un estadounidense, que con su presencia muestra esa integración cultural que ya es una realidad por aquellas tierras.

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Jugadores de ambos equipos  junto a la fanaticada Boricua.

En aquel juego pude observar los más altos estándares de ética en jóvenes y adultos que coexisten con la vida dura de una cultura que no es la suya y lejos de sus raíces, en un país que les ofrece oportunidades, pero a la vez los discrimina y donde se van abriendo caminos a fuerza de entereza y valentía.

Una de las reglas del equipo de los Taínos es que los jugadores tienen instrucciones -y las cumplen- de parte de su coach, José Neris, de no discutir con los árbitros sin importar cuan desacertada sea su apreciación de la jugada. Da la impresión que es el único equipo, en cualquier deporte en el mundo, que tiene dicha práctica. El planteamiento que propone el coach al equipo es “jugada de apreciación pitada por un árbitro una vez pitada, queda como cosa del pasado y el juego continúa”. Así mismo -el coach- les comparte la enseñanza: “igual que en el juego de la vida, las malas pitadas hay que dejarlas atrás”.

Con consignas y reglas como estas, se ha ido construyendo una experiencia de vida donde se va más allá del juego de la cancha y se entra a la cancha de la vida. Los jóvenes han recibido una paternidad del coach que los lleva a compartir con él -y entre ellos- sus situaciones de vida, historias, y luchas para superarse, algunos de ellos sin ningún tipo de apoyo. Mediante el deporte y la vinculación, van descubriendo sus talentos y capacidades, van desarrollando un nuevo sentido de la vida.

En medio de aquella cancha nosotros, los boricuas invitados al juego, nos quedamos con el lugar. “Taínos ahí” era la frase que se escuchaba a viva voz donde algunos nos observaban como si fuésemos de otro planeta. Nuestro equipo ganó, pero más que ganar en la competencia del balón, ganaron en la expresión de valores que nos brindaron grandes lecciones. Un juego donde hubo respeto por los otros, solidaridad entre los del mismo equipo y con los del otro bando. Al punto de que terminamos sacando una foto con los jugadores de ambos equipos y cerramos el espacio con saludo fraternal donde fuimos un solo equipo ante lo que Josué Neris -uno de los jugadores- comentó: “esto son semillas de la civilización del amor”.

Salimos tan impregnados de la dinámica del equipo que nos convertimos en sus padrinos y les mandamos a hacer los uniformes oficiales, lo que agradecieron con miradas y palabras de esas que llegan al corazón.

Pensaba en todos los que se van -en especial los niños y jóvenes- los que emigran con o sin documentos, y celebraba el poder ver que más allá de las realidades, a veces dolorosas, de ser inmigrante, es posible crear realidades -desde el deporte- que den un nuevo sentido a la vida.

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El equipo de los Tainos luciendo su nuevo uniforme

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