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Correr o detenerse

Conozco algunos corredores, esos que disfrutan del arte del  deporte y sus rutinas atléticas son rituales casi sagrados. De algunos de ellos he aprendido una gran lección: que cuando menos se desea correr, cuando más cansado o decaído se está, hay que ponerse los tenis y entrarle a la carrera con mayor entusiasmo.

En estos días he estado en contacto con diversas personas agotadas de sus rutinas de vida. Cansadas física y emocionalmente con lo que implica vivir con las cargas de un país en tan precaria situación económica y social. Otros que su peor carga son las situaciones familiares y emociónales que se convierten en cadenas que aprisionan y apagan las ganas de vivir.

Ciertamente escuchar a través de las noticias acerca de los descaros e injusticias que se siguen dando impunemente al igual que transitar las calles de los cascos urbanos y ver tantos negocios cerrados sigue siendo algo desolador para el alma y el bolsillo de los puertorriqueños.

¿Cómo mantener en alto los pensamientos y el espíritu, cómo combatir ese no sé qué se apodera de la gente durante el mes de enero que siempre aprieta más que los otros meses del año, luego de los gastos de Navidad? ¿Cómo reponerse de los eventos dolorosos, las tensiones, los fantasmas del pasado que nos siguen invitando a quedarnos con ellos? Mucho se escribe, mucho se habla de esa capacidad de resiliencia que poseemos los humanos para recuperarnos de las peores circunstancias. Esa facultad humana que todos tenemos de levantarnos de las caídas y emprender nuevo rumbo.

En estos días Iba en la carretera cuando observé un grupo de corredores que iban con sus bicicletas y esas ropas bonitas que usan.  Estuve cerca de ellos durante un tramo de la carretera y pude ver algunas de sus conductas que renovaron mi ánimo.  En primera los vi sonreír, algún chiste, algo gracioso los hizo reír a carcajadas al detenerse en  una luz. Luego los vi organizando la carrera para ir unos cerca de los otros, esperándose, acompañándose.  También vi que uno de los ciclistas se iba quedando atrás y observé el esfuerzo con el que le entró a los pedales hasta alcanzar al grupo. Vi sudor, fatiga,  ánimo, entusiasmo, determinación.

Y me llené de esas cualidades  que habitan en el interior de los humanos. Eso que llamamos el manantial y que puede ser algo tan sencillo como unas carcajadas de alegría que contagian a otros. La ternura humana que acoge al que se queda atrás, el impulso que anima a seguir en la carrera de la vida. Esa capacidad que tenemos de seguir avanzando en medio de llanos y montañas. De abrirnos paso y descubrir nuevas posibilidades. Esa esencia humana que es bondadosa y creativa.

Me contagié de la carrera de los ciclistas.  Verlos me confirmó que junto a otros  las penas se superan mejor y los caminos de abren.  Que necesitamos de personas que nos presten su regazo para soltar las cargas, recuperar las fuerzas y seguir la carrera sabiendo que cuando más cansados y cargados estemos con mayor entusiasmo es que toca levantarnos y seguir la carrera.

 

 

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