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Eso que lo explica todo

Los encuentros con otros son a veces espacios en los que los misterios de la vida se nos van revelando. Hace unos días conversé con una persona que descubrió en un encuentro así algo que, aunque sabía que no era nada nuevo, le ofreció respuestas a algunas de sus interrogantes existenciales. 

“Acabo de dar forma a un pensamiento que explica lo que he vivido”, me comentó. “No es nada nuevo supongo, pero he redescubierto lo que casi había olvidado: lo que es compartir con alguien el sentimiento de que vamos por la vida cargando con una soledad inmensa y que de pronto encontramos lo que la disipa y la hace un viaje de dos”.

Con estas palabras la persona explicaba lo que es el significado del encuentro de almas. Descubría cómo la soledad última de la persona solo puede ser iluminada desde la presencia de otro ser. Y desde esa presencia se trasciende al encuentro con esas otras realidades no tan tangibles. 

Los seres humanos vamos solos. Hay una soledad que pocas veces encuentra la compañía que la transforme en luz, declaraba. Podemos estar con otros, en medio de actividades, reuniones con amigos e incluso, familiares y sentir que nadie llega a ese lugar donde lo más profundo de la vida se siente acompañado.

Fue luego de un corto camino con una mujer que esta persona tuvo la revelación. Un corto camino que -según me dijo- incluyó la apertura más profunda de almas. Fue desde la trasparencia de miradas y expresiones, desde el poner la vida y su historia en las manos del otro, sin máscaras, sin esperas ni exigencias, que fue brotando la certeza.  Fue desde el compartir propósitos de vida, entregas, causas.

Fue en el encuentro de miradas, en la sinceridad de gestos sencillos de búsqueda de bien que aquella alma comenzó a experimentar una sensación distinta de lo que significa estar vivo. Pero también lo fue la experiencia del abrazo y de la ternura, de la caricia genuina, porque -definitivamente- desde las caricias, los besos, los abrazos y la ternura se llega al alma,  si en ello se pone el ser completo. 

Desde esos instantes se genera un relámpago que nos ilumina por un momento y alumbra la soledad, la incertidumbre, el profundo sentimiento de la existencia. Y nos sentimos humanos, nos sentimos vivos,  infinitamente acompañados a través de la vida que recibimos del otro.

Y desde ese espacio poco comprendido y vivido -aunque parte esencial del ser humano- nacen certezas de aquello que no entendemos de la vida,  certezas sobre ese misterio incomprensible de la existencia en su sentido más profundo, sobre el misterio de la muerte-vida que para muchos no tiene respuesta.   

Súbitamente -más allá de credos, religiones e iglesias- surge una verdad profunda, una certeza que nos realiza y conecta con lo más íntimo del ser. Allí, desde lo profundo de la presencia del otro, se ilumina nuestro interior con una luz cálida, vibrante, llena de sensaciones  y  uno se pregunta si  será Dios mismo dejándose ver desde la más sencilla y profunda expresión del amor entre dos almas que se encuentran y se reconocen.

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