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Todo es de todos

Todo es de todos y nada es de nadie. Las cosas son de quien las necesita.

Se trata de una filosofía de vida que he aplicado a la crianza de mis hijas e hijo con resultados muy positivos. Nunca discuten o pelean por cosas materiales. Porque nada promueve más la discordia, aún en el hogar, que este asunto de lo que es “mío” y lo que es “tuyo”.

El sistema de libre empresa y el capitalismo promueven las pertenencias y el dinero como algo esencial en la formación de una personalidad exitosa y feliz. Y para lograr esa meta de excelencia, estimula la competencia, ese fenómeno adversarial que, en la niñez se resume en lo mío y lo tuyo. Ahí mismo asoma sus feas narices el egoísmo, sentimiento que vicia las relaciones humanas haciendo difícil la solidaridad aún entre gentes que viven en comunidad.

En ese mundo competitivo las pertenencias (la propiedad) adquieren importancia muy especial hasta el punto de que niños y adolescentes no pueden imaginarse ser feliz sin ellas. Así se fomenta el apego a lo material y cierta indiferencia hacia lo espiritual y lo afectivo.

Yo pienso que vivimos en función de nuestro prójimo. Eso es lo que se debe enseñar en el hogar y en la escuela. Sé es feliz haciendo felices a nuestros semejantes. Es sobre la base de esa idea que debemos desarrollar una ética humanística. Por eso lo importante no es competir; lo importante es compartir. Hasta que la humanidad no entienda eso, no habrá paz y felicidad en este mundo. ¿No les parece?

Por esa misma ruta filosófica llegamos a que vivimos para querernos y ayudarnos y para servirnos los unos a los otros. Nos educamos para servir mejor a nuestros coterráneos. Si no enseñamos esos valores a nuestros hijos e hijas, optarán por fomentar el darwinismo social que no es otra cosa que esa lucha de las especies por sobrevivir unas a costa de las otras.

Dejemos de fomentar esa lucha de todos contra todos para ganar y perder cuando, al vivir en solidaridad, todos ganamos y nadie pierde.

La competencia estimula la agresividad que tantas veces se convierte en violencia verbal y física. La agresividad puede servir el propósito egoísta que se manifiesta en el individualismo, pero la mayoría de las veces promueve la discordia y dificulta las mejores relaciones entre quienes comparten vida en sociedad.

Hasta que no eduquemos para la formación de personas comprometidas con amar y cuidar al prójimo, no habrá sistemas políticos y económicos o religiones que aseguren la paz y la felicidad en este mundo.

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