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Para salvar la AEE

Muchas cuartillas se han llenado, sobre todo en estos tiempos difíciles, en torno a lo que hay que hacer para salvar a la Autoridad de Energía Eléctrica del desastre.
Con una línea habría bastado: ponerle punto final al carrerismo político en la corporación pública.
En realidad, ese principio debería estar vigente en todo el gobierno, agencias, corporaciones públicas, municipios… La Legislatura tiene que estar exenta, pues se trata de un cuerpo político, electivo, que se nutre precisamente de eso que tanto odiamos, sobre todo últimamente, los ciudadanos.
En la AEE, la joya de la corona como la han llamado muchos, reinaba hasta hace unas décadas, el principio de que para poder ocupar una plaza, había que ganársela con un examen que complementara las credenciales del aspirante.
Eso se acabó cuando los “energéticos progresistas” y los “energéticos populares” se apoderaron de la entidad, primero en los puestos intermedios y, eventualmente, en la cúpula. Llegó un momento en que solo si se era “energético popular” o “energético progresista” se podía optar por un cargo de responsabilidad.
Y comenzaron a llegar los políticos derrotados. Y los ahijados de los políticos vencedores. Y los parientes de unos y otros.
El colmo ha sido que políticos con puestos de carrera en la AEE ganan escaños legislativos, o alcaldías, y se marchan a sus nuevas encomiendas, pero dejan muy aseguraditos sus puestos en la corporación pública.
Dos casos que ameritan mencionarse: Jenniffer González, quien no soltó su puesto de carrera hasta dos años después de que era presidenta de la Cámara. Lourdes Ramos, su correligionaria legisladora, también lo mantuvo y lo aprovechó cuando perdió unas elecciones y regresó a su refugio en la AEE.
Y como ellas muchos más. Penepés y populares., porque a la hora de los chavos no valen las diferencias ideológicas.
Así que dejemos de escribir análisis, comentarios, estudios enjundiosos y todo lo demás y vayamos al grano: en la AEE lo que sobran son los políticos.
La salvación tiene que partir de ese punto si queremos evitar que la nave se hunda. Por desgracia, solo se salvarán los carreristas políticos que enseguida se mudarán a otro barco, con bandera del gobierno, por supuesto.

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