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Las cosas por su nombre

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La explosión

Los puertorriqueños y puertorriqueñas que no nos tememos a nosotros mismos sabíamos hace años, mucho antes que todos los demás, ciertamente mucho antes de que se hiciera evidente durante la última década, que nuestro país vivía en una burbuja. Sabíamos que el desarrollo económico del que disfrutamos por cuatro décadas nunca tuvo bases reales y que era un espejismo creado por Estados Unidos para exhibirnos por el mundo, como las personas que les ponen lacitos a sus perros para pasearlos orgullosos los domingos y presumir así de su buen gusto.

Sabíamos que la clase política que nos ha gobernado durante las últimas décadas aprovechó la estampida de incontables millones de dólares en fondos federales e incentivos otorgados por el Gobierno de Estados Unidos para enriquecerse a sí misma y a sus consortes y perpetuarse en el poder, sin usar ni un solo centavo para crear una base que le permitiera a Puerto Rico sostenerse en pie cuando los intereses del país del que vivimos agarrados como de las barbas del mismísimo Yavé dejaran de coincidir con los nuestros.

Sabíamos que cuando la curva de nuestra economía dejó de ascender a mediados de la década pasada, tras el Congreso federal eliminar sin importarle el efecto los incentivos industriales de la Sección 936 del Código de Rentas Internas de Estados Unidos, la clase política no hizo los ajustes que la situación requería y empezó a endeudarse de una manera que si no es criminal debía serlo, con el fin de mantener viva la ilusión, dejándole la cuenta a la siguiente generación y creyendo que, a la hora en que se produjera el colapso el generoso Tío Sam, iba otra vez a tirarnos un salvavidas como cuando le éramos útiles.

Veíamos, con horror, que nadie escuchaba las voces de los que veníamos advirtiendo hace años del abismo al que nos asomábamos, a los que llamaban despectivamente “profetas del desastre”, y que la mayoría de nuestros compatriotas seguía embrujada por la mentira, demagogia y la evasión, y cuando ya el precipicio estaba la vista pisaban el acelerador en vez de cambiar de ruta.

Lo que tanto temíamos, pues, llegó. La burbuja finalmente reventó y la explosión ha desatado un tsunami que amenaza con ahogarnos a todos y dejarnos una ruina de país que, si lo que viene se produce como está siendo planteado en este momento, va a ser muy difícil volver a levantarlo.

Nos están cayendo como bombas en estos días las noticias de todo lo que vamos a perder en los próximos dos años a causa de la crisis.

Los detalles, francamente, dan escalofríos: los pensionados que viven ya al borde de la pobreza van a sufrir recortes que los van a dejar en la indigencia porque el hoyo de los sistemas de retiro, saqueado salvajemente por años por los privilegiados, es tan grande que, por más vueltas que le dé, no se puede resolver solo recortando las pensiones más altas.

Miles de indigentes van a perder su seguro médico, porque hay que hacer que la reforma de salud valga $1,000 millones menos que ahora.

A la Universidad de Puerto Rico (UPR), la institución pública más valiosa en la historia de nuestro país, que lleva ya unos cuantos años siendo despellejada, le van a meter un machetazo de $300 millones que la convertirá en una porquería.

Y eso es solo lo que sabemos hasta ahora, porque falta mucho por darse a conocer. A finales de este mes, el Gobierno va a presentarle a la Junta de Supervisión Fiscal, el organismo antidemocrático con el que Estados Unidos respondió a esta crisis, el tan mentado plan fiscal y ahí sabremos a quién más le van a dar un tubazo en la cabeza. Están en riesgo empleos públicos, beneficios de trabajadores, programas de gobierno que son vitales para quienes los reciben, la cultura, el deporte, demasiado.

El país está siendo rediseñado desde afuera, pero no a base de ningún criterio racional, sino por simple aritmética. Hay que cortar tanto para que el presupuesto quede balanceado en dos años y el Gobierno de Puerto Rico pueda, en el lenguaje técnico en que se habla allá en Nueva York, “volver al mercado”. Eso es lo único que se busca aquí. Esa fue la única alternativa que nos pusieron sobre la mesa.

Para lograr eso, ancianos pasarán hambre, enfermos se quedarán sin planes médicos, jóvenes talentosos no tendrán la oportunidad de prepararse para poder valerse por sí mismos y mucho más que todavía no sabemos.

Los que no nos tememos a nosotros mismos sabemos hace tiempo que del hoyo en que nos metió la clase política no es posible salir sin mucho dolor.

Lo sabemos y estamos preparados para afrontarlo, porque son las consecuencias de nuestras acciones y la gente responsable afronta las consecuencias de sus acciones.

Sabemos que el Gobierno grande, ineficiente, corrupto y politizado que nos llevó a esto, tiene que ser reconstruido de pies a cabeza.

Pero hay que hacerlo con sentido común. Alguien tiene que entender que el día después de que se cuadre el presupuesto, Puerto Rico pueda “volver al mercado” y la Junta Fiscal se vaya por donde mismo vino, aquí quedará un país que necesitará seguir viviendo y ser reconstruido.

Alguien tiene que entender que la salud es un derecho humano y aunque es nuestra culpa que tengamos un sistema que es una locura que no podemos pagar, necesitamos tiempo para desarrollar una alternativa mejor.

Alguien tiene que entender que es de una crueldad inusitada hundir en la indigencia a los miles de pensionados que no tienen ya cómo protegerse de un golpe así.

Alguien tiene que entender que para volver a poner a Puerto Rico sobre sus pies cuando Washington y el mercado hayan finalmente sido satisfechos, necesitamos una universidad pública que pueda acoger a todo joven que tenga el talento y el deseo de ser parte de la reconstrucción de nuestro país, aunque no pueda pagar.

Los que sabíamos que esto se iba a derrumbar como un castillo de arena arrasado por la fétida marea de las conductas criminales, sabemos también que en Puerto Rico hay el talento, la voluntad y el temple para volver a levantarnos cuando esto pase.

Lo que necesitamos es que los que nos tienen amarrados de pies y manos, amordazados y con la bota puesta en la cara, entiendan que no es necesario quitarnos todo.

(benjamin.torres@gfrmedia.com, Twitter.com/TorresGotay, Facebook.com/TorresGotay)

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