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Mirando a Brasil

Los puertorriqueños estamos mirando en estos días a Brasil. Allá se celebran los Juegos Olímpicos 2016 y nuestra delegación, empuñando la hermosa bandera borinqueña, nos representa con la dignidad acostumbrada de los atletas.

En los próximos días, vamos a gozar y a sufrir con ellos, porque, salvo raras excepciones, las penas y las alegrías de nuestros atletas son también las penas y las alegrías de todo el país.

Y ya que estamos mirando a Brasil, aprovechemos también para aprender algunas importantes lecciones que el llamado “gigante del sur” puede darnos sobre la manera en que naciones emprenden la ruta del desarrollo y sobre las potentes fuerzas del mal que pueden hacerle quedarse hasta el cuello en la arena movediza del subdesarrollo y la pobreza.

Río de Janeiro, que no es la capital, pero sí la ciudad más importante y conocida de Brasil, fue elegida para ser sede de la Olimpiada en octubre de 2009. Es la primera vez que el evento deportivo más importante del mundo se celebra en Suramérica y la primera vez en América Latina desde Ciudad de México en 1968.

En el 2009, Brasil era una de las estrellas más brillantes del planeta.

Bajo el liderato del entonces presidente Luis Inázio Lula da Silva, un exlíder obrero sin educación formal que tras décadas de lucha logró ganar la presidencia en el 2003, llevaba varios años experimentando tremendos crecimientos económicos.

Las políticas económicas impulsadas por Lula habían sacado de la pobreza a 30 millones de brasileños. Se había emprendido una abarcadora reforma educativa dirigida a preparar a los brasileños para los enormes desafíos del siglo XXI. Se estaba encontrando petróleo en su forma más pura donde quiera que se levantara una piedra.

Faltaba mucho, pero algunos optimistas empezamos a ver en el horizonte la hora en que Brasil, el quinto país más grande del mundo en territorio y que con 200 millones de habitantes también es el quinto más poblado, iba por fin a salir de la larga pesadilla del subdesarrollo y a colocarse entre las principales potencias económicas del mundo.

Solo había un pequeño problema: al mismo tiempo en que Lula y su Partido de los Trabajadores (PT) construían con una mano una potencia mundial, con la otra se robaban hasta los clavos de la cruz.

Los años que siguieron al mandato de Lula, que concluyó en 2011, demostraron que prácticamente toda la cúpula del PT y del círculo íntimo del presidente y de su sucesora, Dilma Rousseff, estaban sumergidos hasta el cuello en las fétidas aguas de la corrupción y el pillaje.

De hecho, prácticamente toda la clase política de Brasil, incluyendo al PT y a los demás partidos principales, así como importantes figuras del mundo empresarial, salieron manchados del escándalo de Petrobras, la empresa petrolera estatal, desde la cual por años se emitieron pagos ilegales a incontables políticos.

Lula está bajo investigación y se sabe que en cualquier momento va a ser acusado.

Rousseff fue apartada de su cargo y será sometida por el Senado brasileño a juicio de destitución en los próximos días, aunque no por delitos relacionados a Petrobras, sino por maniobras cuestionables con los presupuestos estatales.

Eduardo Cunha, el presidente del Parlamento que inició el proceso de residenciamiento contra Rousseff, renunció poco después de lograr la suspensión de la presidenta tras descubrirse que también había sido mojado por Petrobras y descubrírsele $5 millones ocultos a nombre suyo y de su esposa en Suiza.

Contra el 59% de los 513 miembros del Parlamento brasileño hay pendientes causas de corrupción. Marcelo Odebrecht, expresidente de la constructora más grande América Latina y uno de los hombres más ricos de Brasil, también está preso por el escándalo de Petrobras y se dice que coopera con las autoridades para llevar a otros de su nivel tras las rejas.

En buena parte a causa de estas sacudidas telúricas, Brasil es hoy un país enconado, frustrado y deslizándose velozmente de vuelta a sus peores años. Una economía que crecía al extraordinario ritmo de 7.5% en el 2010, el año pasado se contrajo en -3.5%. Siete millones de empleos han desaparecido en el último año.

El producto nacional bruto se redujo en 6% en el 2015 y lleva un ritmo de decrecimiento similar este año.

No todo, por supuesto, es consecuencia directa del escándalo de Petrobras. A Brasil, por ejemplo, le dio bien duro el desplome mundial en los precios de las materias primas, de las que ese país tiene por montones y cuyo auge financió mucho del gasto social en el que se basaron los notables avances durante el gobierno de Lula.

Hubo, además, muchos desaciertos de Rousseff en materia de política económica, sobre todo su renuencia a reducir el gasto público cuando se acabó el boom de las materias primas.

Pero el escándalo de Petrobras tenía a la brutalmente corrupta clase política en modo de supervivencia, concentrada en defenderse de los fiscales que andaban pisándole los talones y sin ánimo ni energía para dedicarse a evitar el descenso del país.

Además, fueron despilfarrados en las orgías de corrupción millones y millones de reales, la moneda brasileña, de cuando la suerte le sonreía a Brasil.

La lección para Puerto Rico, y para todos los países luchando por alzarse del subdesarrollo y la pobreza, es simple y brutal: no importa cuántos recursos se tenga, ni lo grande que sea su potencial, la debilidad institucional y la corrupción pueden destruir los sueños de cualquier nación.

Lo que pasa en Brasil es lo que ha venido pasando por décadas en casi toda América Latina, en África, en nuestra amada vecina República Dominicana, en la desgraciada Venezuela, en España, Grecia, Italia y muchísimos otros países; clases políticas corruptas y centradas en sí mismas dilapidan los recursos y condenan a sus pueblos a la pobreza.

“Son las instituciones políticas de una nación las que determinan la habilidad de sus ciudadanos para controlar a los políticos y cómo se comportan. Esto a su vez determina si los políticos son, aunque imperfectos, agentes de los ciudadanos o son capaces de abusar del poder que se les confía, o que han usurpado, para amasar sus propias fortunas o perseguir sus propias agendas”, dicen los académicos Daren Acemoglu y James A. Robinson en su extraordinario y popular libro ‘Why Nations Fail’.

En Puerto Rico somos prisioneros de una clase política centrada en sí misma, frecuentemente corrupta, ajena a las necesidades de la población a la que dice representar, al servicio de intereses económicos y traficante de sueños imposibles y castillos de arena, que ha llevado al país a un barranco de quiebra e incompetencia.

Además, nosotros tenemos en la espalda la pesada piedra del coloniaje, que es otro impedimento gigantesco para nuestro desarrollo.

Pero podemos aprender la lección de Brasil y de lo que pasa en muchísimos sitios más allá de nuestras costas. No estamos en quiebra porque no sirvamos, sino porque los que nos dirigen, incluyendo a Estados Unidos, no tienen como prioridad nuestro desarrollo, sino sus propios y pequeños intereses.

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