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Las cosas por su nombre

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Metáfora de Borinquen

Suele suceder cuando el galán va a besar a la chica sufrida en la telenovela, al acercarse al plato el bateador que puede cambiar el curso de un juego o, en el peor de los casos, en el momento de uno refugiarse en una habitación con aire acondicionado, huyendo de los viscosos calores de este Caribe en llamas.

Llega acompañado del sonido como de un azote, al que siguen bips de aparatos electrónicos, alguna palabra soez oída a lo lejos, sino es que la dice uno mismo, oscuridad total, plantas eléctricas arrancando: damas y caballeros, se fue la luz.

La escena ya nos es cotidiana y hasta la vamos tomando con cierta resignación. Todos los días, en algún momento hay alguien sin luz en Puerto Rico. Esta semana, la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE) hizo oficial lo que el país comoquiera sabe hace tiempo: debido a dificultades en algunas plantas generatrices, la AEE carece de capacidad para proveer energía eléctrica a todos sus clientes simultáneamente y ha implantado un plan de apagones selectivos que deja sin servicio a vastos sectores del país, mayormente de noche.

Es un paso más en la deconstrucción del Puerto Rico que nos habíamos obligado a creer que teníamos.

Es la máscara que sigue cayendo, mostrándonos al Puerto Rico que, imbuidos en la fantasía colonial,  nos negábamos a ver.

Apagones selectivos es algo que hace poco relacionábamos con nuestros vecinos de Cuba, República Dominicana, recientemente Venezuela.

Es ahora cosa de nosotros también y lo será por mucho tiempo, porque la infraestructura de la AEE está inservible y la atribulada corporación pública, agobiada por una deuda monumental, no tiene dinero para modernizarla.

Otra vez, como tantas veces, los puertorriqueños, atónitos, nos hacemos la misma pregunta: ¿cómo llegamos a esto? ¿Cómo un monopolio público, que vende un servicio indispensable, y que fue en su momento la punta de lanza de la modernización de Puerto Rico, termina así, quebrado, decrépito e inservible? ¿Cómo es que esto pasa sin que haya nadie en el banquillo de alguna corte respondiendo por un abuso de esta magnitud?

Describir los problemas de la AEE es, en esencia, espantosamente simple. Es que tiene el problema del resto de las instituciones públicas en Puerto Rico: el partidismo político se lo apropió, le inyectó en sus venas el veneno de la corrupción y la incompetencia y terminó destruyéndolo.

La AEE es, a fin de cuentas, una dolorosa metáfora del Borinquen que amamos y sufrimos.

La AEE ha sido por años, junto con el Departamento de Educación y su apetitoso presupuesto de cercano a los $3,400 millones anuales, el botín político más codiciado, la joya de la corona, el premio mayor.

Campean allí por su respeto, sin absolutamente ningún pudor, organismos políticos tanto rojos como azules. Se recogen allí decenas de miles de dólares para campañas políticas entre contratistas, suplidores y empleados. Están de batatas allí decenas de familiares de alcaldes, legisladores, alicates políticos.

Nadie entra o asciende si no es apadrinado por alguien conectado a la política. Nada se mueve si no lo autoriza un comisario partidista.

Con cada cambio de gobierno, cambiaban cerca de 100 altos directivos, trayendo gente que venía a aprender lo que a los que salieron les tomó justo el cuatrienio aprender.

Se veía continuamente gente en altos puestos sin ningún talento que no fuera el marrulleo político. Los nombres no hay que decirlos. Todos sabemos quiénes son y todos sabemos que los hay  tanto de la pava como de la palma.

En esas circunstancias, francamente, mucho duró la AEE.

No hay manera de que una organización se sostenga y evolucione cuando la prioridad de sus más importantes directivos no es la organización, ni el servicio que da, sino el partido que les hizo todo lo que son.

Por años, el deterioro de la AEE era evidente. Era una tragedia verla apagándose ante nuestros ojos como una vela que se extinguía lenta, pero inexorablemente. Los trabajadores, la sociedad civil y la prensa llevaban años denunciándolo y advirtiéndolo.

Pero a los administradores de la AEE nunca les importaron las advertencias porque su prioridad no era la AEE, era el partido. De ahí venían proyectos rimbombantes, costosos e inservibles, pero que les dejaban su buena tajada a los amigos del partido, con lo que los administradores de la AEE ocasionalmente intentaban llenar los ojos del país. Recordamos, por ejemplo, aquella disparatada idea de la “vía verde” que se nos quiso atragantar el cuatrienio pasado y cuyo único resultado fue el enriquecimiento de unos cuantos amigos del partido, que cobraron millones sin que hubiera permiso para ponerle un solo clavo al proyecto.

Así llegamos a donde estamos ahora. La crisis tocó fondo cuando en mayo de 2014 la AEE se quedó sin dinero para operar y tuvo que pedir la indulgencia de los acreedores, lo cual desató el proceso que desembocó en la contratación de la oficial de reestructuración Lisa Donahue y la aprobación de la llamada “ley de reforma energética”.

De ninguna de esas medidas se han  visto resultados concretos todavía.

La AEE sigue doblegada ante el peso de la deuda, de la incompetencia y del partidismo y, como suele suceder en estos casos, la cuenta la pagamos los ciudadanos.

Ahora están los apagones selectivos y sus terribles efectos en la cotidianidad y en la economía. Igualmente, en la próxima factura empezará a reflejarse el aumento en el precio de la luz que ha sido, hasta ahora, el único efecto concreto de la crisis. Más adelante en el año, viene otro aumento.

Estamos en época de campaña política, pero los candidatos parece que no se han enterado de la tragedia que está viviendo la AEE.

Están hablando del olimpismo en la estadidad, como si ese dilema estuviera a la vuelta de la esquina. Del fantasma del voto presidencial, que es más difícil que la estadidad misma, lo cual es muchísimo decir.

De las convenciones demócrata y republicana, donde fueron el paradigma de la inconsecuencia. De la unión permanente, de la que una vez el exgobernador Roberto Sánchez Vilella dijo que ni el mismísimo Imperio Romano, que duró cinco siglos, podía haberse llamado permanente.

Están pariendo eslóganes, hashtags y discursos bonitos con la prolijidad con la que una coneja pare conejitos. Están, en pocas palabras, en la pelea minúscula, diminuta e insignificante de siempre.

Están, lo ve todo el país, envueltos en una fumarada insondable en la que al parecer no penetra ninguna de las luchas cotidianas que ocupan el alma de los que habitan fuera del anillo que los ensordece.  Ni la lucha con la AEE, ni ninguna otra que los ciudadanos damos a diario.

Con lo de los apagones selectivos, Puerto Rico se hundió unos cuantos pies más en la ciénaga del tercermundismo del que tanto nos hemos ufanado en supuestamente no pertenecer.  Y ellos, allá en su fantasía electoral, ni se han enterado.

(benjamin.torres@gfrmedia.com, Twitter.com/TorresGotay, Facebook.com/TorresGotay)

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