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Las cosas por su nombre

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Lo que hay en la mesa

Hubo una explosión el viernes en la noche en Puerta de Tierra, cuando el Partido Popular Democrático (PPD) se comprometió a llevar a cabo una consulta ‘estadidad sí o no’ en el 2017, si gana las elecciones de noviembre. El ruido de la explosión ocultó otro evento de gran importancia que ocurrió también el viernes en la noche: por primera vez en la historia, el PPD reconoce en blanco y negro, y en perfecto español, ya sin ambivalencias, que el Estado Libre Asociado (ELA) es una colonia.

La afirmación llegó 64 años tarde y luego de una larga y convulsa historia que no pocas veces le costó sangre, cárcel, marginación, exilio y hasta muerte a los que no se tragaron el cuento de Estados Unidos y Luis Muñoz Marín en el 1952 y continuaron luchando por la libre determinación y la descolonización de Puerto Rico. Llegó, también, cuando el PPD se había quedado sin salida, pues la otra parte de la mentira, Washington, había ido renegando del trato paulatinamente, como lo demuestran, en los últimos meses, la aprobación de la junta de control fiscal y las decisiones del Tribunal Supremo dando por terminada la ilusión de que Puerto Rico gozaba de algún tipo de soberanía.

Así pues, ya ninguna de las tres ramas del gobierno estadounidense opera bajo la falsa premisa de que el status de Puerto Rico se resolvió en el 1952.

El reconocimiento que hizo el viernes el PPD, sin embargo, tiene su importancia y es esta: ya no queda nadie en Puerto Rico que oficialmente crea que el ELA como está es una opción de status y quedamos liberados de esa rémora para movernos hacia el futuro dando por terminada la increíblemente larga noche del coloniaje.

Es un buen momento, por lo tanto, para que miremos las opciones que tenemos, sin la tela de araña que le ponen encima los partidos políticos, que muy a menudo se comportan como si, en el fondo, no quisieran de verdad resolver este problema que ha tenido al pueblo de Puerto Rico prisionero por tantos años.

Vamos primero a la estadidad.

Casi todo el país, incluyendo los populares, opera en este momento bajo la premisa de que los estadistas son la mayoría. Ganaron la consulta de status de 2012 y las últimas encuestas importantes conocidas les otorgan ventajas de diversa consideración.

Hay complicaciones, no obstante. Las dudas, por ejemplo, de que Estados Unidos vaya a considerar en este momento la integración de un territorio en quiebra, como han dicho varios congresistas, incluyendo al puertorriqueño Raúl Labrador.

No se puede minimizar tampoco el nivel de apoyo que puede necesitar la estadidad aquí para ser considerada allá. En este momento, la estadidad tiene el apoyo de más o menos la mitad del electorado. El 61% que sacó en la consulta de 2012 es bueno para propaganda política, pero todo el que mira esto con seriedad sabe que ese número, en este momento, no responde a la realidad.

Igual, son razonables los vaticinios que indican que si las opciones fueran estadidad o independencia, en cualquiera de sus formas el apoyo a la anexión aumentaría significativamente.

La estadidad, junto con la independencia, es la opción de status menos complicada de entender. Hay 50 ejemplos para ver. Viven allá más puertorriqueños que acá. Ellos conocen y pueden decirnos lo que brilla y lo que no de “la gran corporación”, como le llaman algunos.

Su mayor problema es que depende de que allá la quieran considerar y también son razonables las dudas que se han planteado acá de si Estados Unidos estará dispuesto a aceptar un territorio en quiebra, de cultura e idioma diferentes, sin que sepa qué exactamente va a aportar a la unión y sin que hasta este momento haya acá una voluntad del todo clara de que eso es lo que quiere.

También tenemos la opción de la independencia, que es el único derecho natural que tiene Puerto Rico. Tampoco hay grandes misterios con la independencia. Según la Organización de las Naciones Unidas, hay 189 países independientes, de todas las formas, tamaños y colores, algunos exitosos y otros no. Estados Unidos, de hecho, es un país independiente. Su mayor problema es que su apoyo aquí no pasa, en el más optimista de los escenarios, de 5%.

Los líderes independentistas tampoco han explicado con toda claridad cómo serán sustituidos los miles de millones de dólares en fondos federales de los que dependen las vidas de por lo menos dos millones de residentes de Puerto Rico y el funcionamiento de decenas de agencias y programas gubernamentales.

El informe de status de Casa Blanca de 2011 habla de periodo de transición con las transferencias de fondos federales, pero no precisa de cuánto ni qué pasará una vez termine la transición. Eso les toca a los independentistas y, aunque hay libros y hasta un documental al respecto, es muy poco el tiempo que los dirigentes independentistas le han dedicado a esa esencial tarea, convencidos, al parecer, de que la independencia llegará por carambola sin que ellos tengan que explicar demasiado.

Y la última opción es la libre asociación. Hacia eso está gravitando un sector del PPD, aunque le cueste demasiado llamarlo por su nombre.

La libre asociación fue definida en el informe de status de Casa Blanca de 2011 como “una forma de independencia”, que se distingue de la explicada anteriormente porque implicaría un tratado con Estados Unidos, al que se le cederían ciertas facultades (defensa o política monetaria, por ejemplo), que no afecten las facultades del gobierno puertorriqueño de gobernar sobre sus propios asuntos y que además recibiría ciertas ayudas económicas de Washington.

La libre asociación, sin embargo, tiene una condición que quienes la impulsan no quieren reconocer: no incluye ciudadanía americana de nacimiento para los que nazcan en un Puerto Rico soberano.

En el informe de 2011, Casa Blanca lo dijo así: “Sus ciudadanos pueden trabajar y estudiar en Estados Unidos, pero no son ciudadanos estadounidenses. El grupo de trabajo recomienda que en el momento de la transición hacia un estado libremente asociado, todos los puertorriqueños ciudadanos estadounidenses retengan su ciudadanía”.

Las normas estadounidenses disponen que los hijos de ciudadanos pueden serlo con solo ser inscritos en un consulado estadounidense. Pero eso no convence a los que gustan de la libre asociación y cada vez que mencionan el tema del ELA no colonial y no territorial le agregan la coletilla de “con el vínculo de la ciudadanía estadounidense”.

Esas son, a grandes rasgos, las opciones que tenemos sobre la mesa del futuro.

Todas tienen sus virtudes y sus vicios. Todas dan y todas quitan. Pero, dejada atrás la ilusión y hasta la comodidad del coloniaje, toca mirarle lo bueno y lo malo a cada una de las alternativas, enfundarnos el traje de adultos y empezar a caminar hacia el Puerto Rico que nos merecemos.

(benjamin.torres@gfrmedia.com, Twitter.com/TorresGotay, Facebook.com/TorresGotay

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