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Las cosas por su nombre

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Crisis de confianza

Tú me conoces. Cuento contigo. Honestidad. Experiencia. Preparación. Capacidad. Juntos vamos a hacerlo. El momento es ahora. El cambio que buscamos. Visión de futuro. Un líder para estos tiempos. Educación. Seguridad. Salud. Empleos. Un mejor Puerto Rico. Un nuevo proyecto de país. Por nuestros hijos Fulano, Mengano, Zutano y Perencejo.

Durante las pasadas semanas, esas frases, y otras parecidas, se nos aparecen a los puertorriqueños donde quiera que asomamos las narices. Han estado en los periódicos, páginas web, redes sociales, radio, televisión, cruzacalles, vallas publicitarias, en el parachoques del carro que nos antecede en el tapón de por la tarde y el de por la mañana. Ha estado hasta en la gorra del primo que, sonriente, viene a casa en la mañana a traernos un racimo de los plátanos que crecieron, silvestres, en su patio.

Son las frases con las que los que aspiran a colarse en las papeletas de los partidos Nuevo Progresista (PNP) y Popular Democrático (PPD) en las primarias de hoy intentaron convencer a sus huestes de que, por favor, les den la oportunidad de llegar a un puestito en noviembre, que ellos son buenos, están capacitados y van a trabajar por el bien de todos y todas.

Son las mismas frases, de hecho, que venimos oyendo desde tiempos inmemoriales, dichas igual por los que buscan más oportunidades como por los que llegaron ahora. Son las frases con las que antes enamoraron a los militantes de los partidos rojo y azul los mismos personajes que dejaron que el país se derritiera como un mantecado dejado al sol.

Resultó especialmente curioso en esta ocasión los increíbles parecidos en los comerciales de candidatos de diferentes partidos. Mensajes casi idénticos y hasta similar música acaramelada hicieron pensar que algún hábil publicista les vendió plantillas iguales a diferentes candidatos, para que estos llenaran los blancos con sus nombres, puestos y partidos por los que aspiran.

Creíamos algunos ingenuos, soñadores o simplemente enajenados que las experiencias traumáticas de los pasados tres años, durante los cuales, justo ante nuestros ojos, el país se nos deshizo como un castillo de arena que hubiera sido arrasado por una ola, iba a dar paso a una experiencia política diferente.

Falta que se cuenten los votos esta tarde, para ver, si en efecto, se aprendió algo. Pero en este momento nada permite albergar la esperanza de que así haya sido y todo tiende a indicar que los electores continuarán siguiendo por los vericuetos de la crisis, encandilados como los niños de El flautista de Hamelín, al mismo tipo de encantador político que nos metió en este laberinto sin salida.

Hay personas decentes, capacitadas, con genuino empeño de trabajar por el bien de Puerto Rico, tanto en el PNP como en el PPD.

Pero son los menos, tan pocos que les resulta muy difícil hacer la diferencia y terminan neutralizados y tragados por la politiquería, la corrupción y la mediocridad. Son tan pocos que se les hace casi imposible sobreponerse a los siniestros intereses especiales que tienen bajo control el aparato político en Puerto Rico.

Los más siguen siendo los alcaldes que despilfarraron los recursos de sus municipios en proyectos inservibles, se asignaron a sí mismos salarios de ejecutivo bancarios, no le rindieron cuentas ni a la Oficina del Contralor ni a la Oficina de Ética Gubernamental e hicieron millonarios a sus amigos, familiares o colaboradores más cercanos. Esos mismos alcaldes aspiran a la reelección o, peor, tienen la osadía de aspirar a puestos legislativos, incluso de liderato, con muy pocos electores diciéndole ‘mire míster, no sea atrevido, que si usted no pudo con lo menos, tampoco podrá con lo más’.

Son más los legisladores que votan sin leer proyectos, que legislan lo que ya es ley y que no podrían presentar una buena idea para resolver un problema apremiante del país ni aunque de ellos dependiera su vida. Y están los que vienen, los que se presentan por primera vez, muchos de ellos procedentes de las cavernas subterráneas de los partidos y de la Legislatura o de las telas de araña de la burocracia de las agencias públicas.

En este tiempo, no hay muchas certezas en Puerto Rico. Todo es sombra y está impugnado porque a todo lo que tiene que ver con el Estado se le cayó la máscara y resultó que nada era lo que creíamos. Pero hay una realidad ineludible que nadie puede negar: el Gobierno del Estado Libre Asociado de Puerto Rico colapsó mientras estaba al cuidado de los partidos PNP y PPD.

Ninguno de los dos, si juzgamos por lo visto en esta campaña primarista, parece preparado para entrar en un proceso introspección y autocrítica y lucen los dos ávidos de continuar actuando como si nada hubiese ocurrido aquí durante los últimos años. Por eso es que vemos los mismos eslogans, jingles, promesas, rallys y fotos. Son, en fin, los mismos personajes que nos llevaron a la ruina.

La crisis que vivimos, veamos, no es solo fiscal, económica o de gobernanza. Es también, y tal vez esto es peor, una crisis de confianza en las instituciones públicas y en los actores políticos. Lo que vimos en esta campaña primarista no hace nada para aliviarnos de la incómoda sensación de que el país está en muy malas manos y no hay nada que permita tener la esperanza de que esto cambiará pronto.

La responsabilidad, por supuesto, es tanto de los políticos como de quienes los eligen.

Eso tampoco queremos verlo y por eso es que hay tanta gente que, en vez de entender que el cambio no es fácil y que comienza con el elector individual, que tiene la responsabilidad ineludible de apoyar a candidatos que valgan la pena, prefiere el salto al vacío que significa la junta de control fiscal. Esa es una actitud, por supuesto, muy puertorriqueña: que otro arregle lo que yo rompí.

(benjamin.torres@gfrmedia.com, Twitter.com/TorresGotay, Facebook.com/TorresGotay)

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