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Las cosas por su nombre

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El oro y las palabras

David Bernier con su encaracolado pelo achiote pasa fácil por irlandés. Ricardo Rosselló y las facciones fuertes que acompañan a sus intensos ojos azules puede que más de una vez hayan hecho que se le confunda con un alemán. El tono de bronce de la piel de Pedro Pierluisi parece más de Egipto que de aquí. Seguro que la nariz rojiza de Manuel Cidre abunda también en los campos italianos.

Por su parte, María de Lourdes Santiago, Alexandra Lúgaro y Rafael Bernabe, de lacios cabellos negros ellas y pelo canito él, caben sin desentonar en la mayoría de los países latinoamericanos o los mediterráneos.

Es que la verdad es que no hay un rasgo físico distintivo del puertorriqueño, pues la manera en que nos hemos mezclado unos con otros por más de cinco siglos ha creado una infinidad de colores, rasgos y matices que hace imposible señalar a alguien y decir ‘ese es el típico boricua’.

El verdadero rasgo distintivo del puertorriqueño, el que no tiene nadie más, el que de verdad nos une los unos a los otros como una señal secreta que nos delata en cualquier rincón del mundo, es nuestro español.  No es el español como tal, que ese lo hablan cerca de 500 millones de personas en el planeta y está entre los cinco lenguajes más hablados del mundo. Es nuestro español, por el acento único en que lo hablamos, o por la forma en que lo hemos adaptado a la circunstancia de ser una nación que lleva demasiado tiempo derramándose hacia otra nación que habla en otra lengua.

En el extraordinario discurso con el que inauguró el Congreso Internacional de la Lengua Española, el gran Luis Rafael Sánchez decía que cada puertorriqueño que se va a Estados Unidos carga en su equipaje “el idioma puertorriqueño de la vivencia, que es el español” y que una vez allá hará suyo “el idioma de la sobrevivencia, que es el inglés”. Ese inglés que se adquiere allá si se quiere sobrevivir, vuelve acá martillado dentro de nuestro léxico y ese ir y venir continuo, ese ser natural de un país que tiene una pata tanto allá como la tiene acá, es lo que ha hecho que nuestro español sea como ningún otro en el mundo.

Por eso es que aquí no se va a fiestas, sino a paris, no se sale de paseo, sino se janguea, ya no hay aquí salones de belleza, sino beauty parlors, no ruedan por nuestras calles camiones, sino troses y últimamente ni guagüitas de comida hay, sino “food trucks”.

Eso lo juntamos con la obsesión de muchos con el inglés ante la certeza de que la inocultable condición de hispanoparlante del puertorriqueño es una barrera enorme en el camino de la preferencia de status de por lo menos la mitad de los puertorriqueños, lo que les lleva a querer atosigarles el idioma de allá a los niños antes de que terminen de aprender del todo el de aquí y terminamos con una población en la que cada vez es más difícil encontrar a alguien que pueda hablar más de tres oraciones en el castellano barroco de los conquistadores.

Algunos le llaman “contaminación” del idioma. Otros lo vemos como la evolución natural e inevitable de un ser con vida propia como es el idioma, que se transfigura en el transcurso de la historia de manera orgánica para responder a las necesidades de quienes lo usan, sin que los que lo llevamos sembrado en el alma en la conciencia debamos sentirnos más, o menos, porque nuestro español sea distinto de todos los demás.

Es natural, después de todo, que tras 118 años de dominación estadounidense, y del tiovivo que va y viene de aquí a Estados Unidos y de Estados Unidos hacia acá, nuestro idioma haya adquirido algunas características del inglés. “Si el lenguaje no evolucionara, todavía estuviéramos hablando como en el Mío Cid o latín vulgar”, decía en estos días la lingüista Aida Vergne.

¿Que a la Real Academia Española de la Lengua no le gusta? So what? Nuestro idioma es desde hace siglos nuestro idioma y no necesitamos permiso de nadie para usarlo como a nosotros nos sirva. El castellano, parece que los españoles no se han enterado todavía, dejó hace siglos de ser de su propiedad exclusiva.

Nadie lo ha dicho mejor que el inmortal Pablo Neruda en ‘Confieso que he vivido’, su autobiografía: “Qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras”.

Ellos hicieron, pues, lo que les vino en gana con nuestro oro. Nosotros, pues, hagamos lo que nos venga en gana con el idioma. Hasta escribir magestad si queremos.

(benjamin.torres@gfrmedia.com, Twitter.com/TorresGotay, Facebook.com/TorresGotay)

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