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Las cosas por su nombre

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Más allá de las ruinas

Faltaban pocos de convencerse de que el sueño terminó. El jueves, poco después de las 5:00 de una ardiente tarde, uno de esos pocos, el gobernador Alejandro García Padilla, se paró ante un podio en el hemiciclo de la Cámara de Representantes y, con un semblante grave que nunca se le había visto, soltó, ante la vista de todo el país, los amarres que le ataban el alma.

Habló al fin la venenosa verdad que corroe las entrañas de la nación y que hasta ahora algunos no habían querido ver: el Gobierno de Puerto Rico llegó al final del camino. Ahora lo que nos toca es respirar profundo, hacer acopio de voluntad, de mucha voluntad, recoger los pedazos y, con el fuego en el corazón que solo sentimos los que adoramos este pedazo de tierra en que nos tocó nacer o hacer vida, emprender la larga, complicada y dolorosa reconstrucción.

Ya sabemos cómo llegamos aquí. Seguir machacándolo cansa, y, si se vuelve a hacer, que sea para una sola cosa: para que nunca se nos olvide que gobernantes rojos y azules, con la complicidad de que los que año tras año le reían las gracias y le daban el voto, dilapidaron nuestros recursos, gastaron mucho más de lo que teníamos, pusieron el estado en manos de politiqueros incompetentes, lo saquearon y abusaron para beneficio de sus amigos y familiares y lo llevaron a esta dolorosa ruina que ahora nos toca enfrentar.

A principios de julio a más tardar, al Gobierno se le acaba el dinero. El gobernador García Padilla lo dijo con una claridad que no es usual en él ni en ningún político: “La prioridad de mi gobierno, mi prioridad, será proteger el bienestar público, la salud de los puertorriqueños y la seguridad pública, durante una etapa de transición en la que los ingresos del Estado muy probablemente serán insuficientes para cumplir con todas nuestras obligaciones”.

Más claro no canta un gallo.

El Gobierno tuvo este año aproximadamente $9,000 millones en ingresos recurrentes. Sus gastos fueron de $9,600. El pago de la descomunal deuda de $72,000 millones aumenta en $650 millones el próximo año fiscal. Otros gastos aumentan en $360 millones. Sume y reste y el resultado es espantoso: para poder funcionar en el próximo año fiscal, el Gobierno tiene que hacer un gigantesco recorte de $1,500 millones.

Debido a que todas las fuentes de financiamiento externos como el Banco Gubernamental de Fomento y la banca privada están cerradas de mucho que las abusaron, y en vista de que el mercado de bonos al que venimos recurriendo para fingir que estamos bien ya no nos presta porque sabe que no podemos pagar, la alcancía del Gobierno estará seca para principios de julio, cuando empieza el año fiscal y no se va a poder pagar deuda y funcionar a la misma vez.

Así de simple y de brutal.

El gobernador García Padilla esperaba, y luchó ferozmente por eso, que los ingresos de la reforma contributiva que le colgaron en la madrugada del jueves en la Cámara de Representantes, le permitieran volver a tomar prestado o tener recaudos suficientes para que los recortes fueran menos drásticos. Pero la Cámara, ni el país, le compraron la reforma y así se le esfumó la última esperanza. Por eso es que no fue hasta la madrugada del jueves, pasada la votación de la Cámara, que no vio lo que muchos otros habíamos visto hace tiempo.

“A veces hace falta el azote para jamaquear el palo”, dijo el jueves alguien cercano al gobernador.

Vienen recortes brutales. Nada estará a salvo. Se habla de reducción de jornada para empleados públicos. Muchos servicios no podrán darse. Escuelas cerrarán, enfermos se quedarán sin servicios. El gobernador, que antes descartaba despidos, dice ahora que por el momento no los contempla. Pero la verdad, la pura verdad, es que, en este escenario dantesco que enfrentamos, nada puede estar fuera de consideración. Habrá llanto, crujir de dientes, rasgar de vestiduras, porque este país le tiene terror al dolor y muy pocos quieren dar ni un poco de lo suyo.

A todo el que le preguntan qué tiene que hacer el gobierno, responde con frases como “recorte de gastos”, “ajustarse el cinturón” o “vivir con lo que se tiene”. Nadie dice cómo. Ahora lo sabremos y de la peor manera. Tendría que haberse dado una metamorfosis emocional de dimensiones insospechadas para pensar que el país, de repente, va a llegar a la madurez que hasta ahora le ha faltado y aceptará el golpe con estoicismo. Eso no va a pasar: habrá protestas, huelgas, desobediencia civil, reproches, desengaños, aumentará la emigración.

Observemos atentos, que aquí hay mucho para observar y para aprender. No dejemos que nos endilguen las soluciones solo a unos. No volvamos a aceptar parchos. Todos tenemos que poner de nuestra parte. Vélenlos,  a esos, a los que no quieren pagar, a los que están celebrando porque creen que esto les beneficia políticamente, a los que no han aprendido nada y quieren seguir jugando bajo las reglas de antes, a los protestaron por lo que se propuso antes y van a protestar por lo que se proponga ahora.

Las crisis, como las derrotas, las tragedias y los desplomes, sacan a flote lo mejor y lo peor de cada uno. Dentro de lo crítico, este también es un tiempo hermoso para entender de qué está hecho cada cual.

Habrá quien siga cada noche poniendo un santo de cabeza pidiéndole que de afuera vengan a resolvernos. Habrá quien, como ahora, quiera seguir entretenido en lo pequeño porque lo pequeño es más fácil de entender. Pero habrá también quien se alce sobre la mezquindad y el cinismo, capture como una hoja en el aire el significado profundo de este momento, vea la fruta hermosa que nos espera más allá de las ruinas y comience a caminar, por mucho que cueste y por mucho que falte.

La patria tiene hoy la espalda marcada y sangrante por los azotes milenarios de la mediocridad, de la mezquindad, de la politiquería, el abuso y la corrupción. Nos toca sanarla. Nos toca a los valientes.

¿Quién alza la mano?

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