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Las cosas por su nombre

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Cuatrienios de un año

Los cañones los están aceitando esta vez un poco más temprano que de costumbre. 

Siempre llega el momento en que el gobernante, oyendo el rumor de la batalla acercarse, temiendo por lo que pudo haberle salido mal, por el ánimo de los que pudo haber importunado con sus acciones, nervioso de que los electores le den una patada en lo próximos comicios,  reúne y arenga las tropas, relega a un segundo plano la grave tarea de gobernar, y se entrega en cuerpo y alma al sangriento combate electoral. 

Abundan en estos días las señales desde los cuarteles del Palacio de Santa Catalina de que ya, a más de dos años de las elecciones, madrugando como pocas veces se ha visto antes aquí, el gobernador Alejandro García Padilla dio por concluido gobernar y se prepara para meterse hasta la cintura en la arena movediza del ruedo político. 

Mas antes de seguir, conviene hacer algunas aclaraciones, para que nadie se confunda: uno de los principales problemas en el Puerto Rico de hoy es que toda decisión gubernamental es pasada primero por el filtro de la política partidista. 

Así, toda estrategia, decisión, mensaje, plan, todo, se acomoda al molde de lo que convenga al partido. Esta administración, por supuesto, no ha sido la excepción. 

Sin embargo, esta, y otras, mantienen ciertos espacios en que el partidismo político es puesto, a  veces, en un segundo plano, generalmente porque son las tareas indispensables para mantener a flote el aparato estatal. 

Pasó, por ejemplo, con la administración de Luis Fortuño, que usó los primeros dos años de su gobierno para la “medicina amarga” y los últimos dos para ofrecer las villas y castillas que él sabía que no se podían ofrecer, como la baja artificial en el costo de la luz que se registró en los últimos meses de su gobierno. 

Por eso también es que cuando se acercaba el año electoral, salieron de sus puestos funcionarios no vinculados a las estructuras políticas del Partido Nuevo Progresista (PNP), como el exjefe del Banco Gubernamental de Fomento (BGF), Carlos García y el exsecretario de Hacienda, Juan Carlos Puig, entre otros. 

Antes, pasó también con Aníbal Acevedo Vilá, quien, con una mano atada como la tenía por la Legislatura del PNP, tomó durante los primeros años de gobierno decisiones antipáticas como la imposición del IVU y recortes presupuestarios en algunas agencias. 

Pero al final del cuatrienio, oliendo la derrota aplastante que terminó sufriendo, llegó a proponer  la eliminación del IVU y hasta AMA gratis hubo para el que quisiera la trillita. 

En esa ruta escabrosa que tantas veces hemos recorrido, y con tan tristes consecuencias, es que nos está metiendo ahora García Padilla, quien parece que no vio la escritura en la pared: nada salvó a Fortuño ni a Acevedo Vilá de las derrotas que se ganaron, siguiendo esta lógica, en los primeros dos años de sus gobiernos.  

La primera señal de que hay “campaña mode” en la Fortaleza fue la salida de la exsecretaria de la Gobernación, Ingrid Vila, quien no le debe nada a las estructuras del Partido Popular Democrático (PPD). 

Vila fue sustuida por Víctor Suárez, criatura roja hasta la médula y quien tiene como una de sus primeras misiones restablecer la comunicación de las agencias de gobierno con los alcaldes, seres politiqueros como no los ha conocido nunca este país. 

Ahora, están en la mira de la militancia popular Melba Acosta, secretaria de Hacienda, Carlos Rivas, director de la Oficina de Gerencia y Presupuesto (OGP) y Javier Pagán, presidente del BGF.

Los tres fueron claves en la implantación de las antipáticas medidas que, según decían, eran necesarias para mantener el país a flote. Ahora que, en el torcido calendario electoral de los politiqueros sienten que se acercan las elecciones, llegaron a la conclusión de que los tres son prescindibles. 

García Padilla ha estado en un silencio de cadáver sobre la rebelión que lleva semanas gestándose entre las huestes del PPD en contra de esos tres. Mas ese silencio es más elocuente que cualquier cosa que hubiera podido decir: parece que se dejó contagiar por la intensidad con la que viven en estos días la política los miembros del PNP a causa de la  contienda interna en que están sumidos y está dispuesto a dejar el gobierno de lado para meterse a hacer campaña cuando ni siquiera ha llegado a la mitad del cuatrienio. 

Por cosas así es que cada día es más hondo el hoyo en que está el país. Por eso esta incómoda sensación de que, por cada paso que avanzamos, nos retrasamos tres.  

Si se fijan, aquí se gobierna uno de cada cuatro años. El primero es para aprender, en el segundo se intenta algo y ya el tercero y el cuarto son para hacer campaña. Esta es la época en que, generalmente, lo poco que se haya podido avanzar en los primeros dos año se deshace porque hay que convencer a las legiones que necesitan cosas que se puedan ver y tocar para sentir que el gobernante hizo algo. 

Los descomunales retos que enfrentamos en educación, economía, seguridad, gobernabilidad e institucionalidad no se resuelven en cuatro años. Imaginen si insistimos en  querer gobernar en un solo y triste año.

Imaginen qué profesional de alto nivel va aceptar un puesto en el gobierno si le espera el destino de Vila, Acosta, Rivas, Pagán García, Puig, muchos otros: dejar el cuero haciendo lo que se le pide o se le permite y después invitarlos a irse discretamente. 

No han cambiado mucho las cosas, al parecer, desde que en 1947 el escritor puertorriqueño Abelardo Díaz Alfaro retrató el drama de los trabajadores de la caña dejados a su suerte una vez terminaba su vida útil. No hemos perdido la costumbre, pues, de tratar a la gente como bagazo.

(benjamin.torres@gfrmedia.com, Twitter.com/TorresGotay)

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