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Las cosas por su nombre

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Una plaga

Un potente virus contamina el sistemanervioso central del servicio público. Lleva décadas propagándose por lasarterias del Estado, minándolo poco a poco, dejándole inválido, sin que a nadieen posición de hacer algo se le ocurra cómo detenerlo, claro está, porquecualquiera “en posición de hacer algo” también es víctima deesta plaga.

El nombre del virus todos lo conocen y losufren, aunque no todos  quieran reconocer la insondable magnitud de ladevastación.  Este virus se llama el partidismo político y ha envenenadode tal manera el servicio público que, a estas alturas, hay quien cree, y nosin cierta razón, que ya no tiene remedio.

Que venga Dios y vea si esto no es unproblema de proporciones paquidérmicas. Que venga y vea si en cada rincón decada agencia no hay un comisario velando por su partido, marcando territorio,pavoneándose y persiguiendo el que de arriba, complotando, y boicoteando el deabajo.

Que venga y vea si no están recogiendodinero y reclutando gente para el partido, repartiéndose puestos, en tareas dedirección, siguiendo el libreto de la colectividad y no el del servicio. Quevenga, pues, y vea si la inmensa mayoría de los que tienen puestos de direcciónno los lograron por su lealtad al partido y no por sus méritos. Que venga y veasi esto no causa una  monumental desmoralización en el servicio públicoporque todos saben que esmerarse no tiene ningún sentido, pues los ascensos ylos privilegios, salvo muy raras excepciones, se dan por servirle bien alpartido y no por ser un buen empleado.

Que venga, en fin, a ver si el buen servidorpúblico cuyo espíritu está comprometido con el país y no con el partido no viveun infierno en las agencias públicas, porque ve todo su esfuerzo, esmero,compromiso, dedicación y talentos, ignorados porque tiene criterio propio y nosigue libretos de lo absurdo.

Brincan por ahí muchos, están brincando alleer esto, porque se reconocen, porque saben que esta es una verdad tan grandecomo una montaña y se sienten amenazados cada vez que se toca el tema. Letienen terror a que se hable de esto porque el que no está en ese baile leeesto, lo mira y lo  ve desnudo: ve que todo lo que tiene, lo que es, loque aspira ser, todo su destino, en fin, están atados a cuán bien le sirva a supartido, a cuantas caravanas, mitines y reuniones de marquesina vaya, y no a ningúntalento especial que tenga de los que tanto necesitamos para sacar al país delprofundo hoyo en que está.

Este problema tiene consecuenciasdevastadoras. Uno ve la ineficiencia crónica de las agencias públicas y, si notiene la vista bien afinada y no comprende que todo pasa por una razón, puedecreer que los boricuas somos así, mediocres e incompetentes.

No lo somos. Lo que pasa es que las tareasde dirección en las agencias generalmente no las tienen los más talentosos,sino los que se pintan la cara de X o Y color. Las decisiones las toman ellos,los planes los hacen ellos, las prioridades las establecen ellos.

Hemos tenido, alguna vez, por obra y graciade la providencia, la fortuna de que el comisario de barrio es también un buenfuncionario de gobierno, una persona seria y talentosa. Pero ha sido una de milveces, porque por lo general el talentoso tiene el espíritu ocupado en cosas unpoco más productivas que estar fotuteando por las redes sociales, pasquinando ogritando “chiji chijá, chijajajá, el mío, el mío, arriba va” enmítines y repitiendo como papagayos cuanto disparate diga un político.

En su último mensaje ante la Legislatura,el gobernador Alejandro García Padilla propuso una medida dizque para atajareste problema. Dicha medida, una copia de un estatuto federal, no atiende niuna cuarta parte del problema. Prohibe cosas que ya están prohibidas o definecomo ilegales cosas que ya están definidas como tal en otros estatutos.

Además, contiene disposiciones que pareceninconstitucionales, como la prohibición de que los empleados públicos promuevanla participación en ciertas asociaciones políticas. Eso se puede prohibir enhoras laborables, pero fuera cualquiera puede pertenecer a la organización quele plazca. 

La medida, en fin, no toca ni de lejosel verdadero problema aquí. El problema no es que las batatas políticas seasocien entre sí; el problema es que las batatas existan.

Para eso, lo que hay que hacer es establecerreglamentos en el gobierno que obliguen, por ejemplo, a condicionar losnombramientos, ascensos o puestos de dirección  a que los candidatos pasenexámenes que demuestren sus aptitudes. Si el comisario politiquero tiene eltalento, que pase el examen. Si no,  que  coja el servicio público enserio. Cuando se entere de que “lamberle el ojo'” al políticono le garantiza nada, de seguro lo hace y así nos beneficiamos todos.

“Ha habido en el mundo tantas pestescomo guerras y, sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempredesprevenidas”, decía Albert Camus en su clásica novela, La Peste.

El partidismo político en el serviciopúblico es una peste. Pero no estamos desprevenidos. Lo vemos. Está ahí. Hiedecomo cadáver abandonado.

Hagan algo si se atreven.

(benjamin.torres@gfrmedia.com, Twitter.com/TorresGotay)

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