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La justicia de los hombres

En Puerto Rico hay cerca de 38,000maestros y maestras que atienden a diario a unos 400,000 niños yniñas. ¿Puede alguien imaginar el horror que enterraría las garrasen el alma de la sociedad, si de súbito, empezaran a surgir aborbotones historias de maestros que abusaron sexualmente de susalumnos sin que los casos fueran denunciados nunca a las autoridades?

¿Imagina alguien cómo nos sentiríamossi el secretario de Educación decidiera que, para proteger el buennombre de la agencia, se va a limitar a darle una palmadita en lamano a un maestro pedófilo, separarlo del cargo un tiempo, mandarloa rezar diez “padres nuestros” y quince “ave marías” ydejarle después ponerse en contacto con niños otra vez?

Esa es justo la pretensión de la IglesiaCatólica. Invocando esa suerte de constitución supranacional a laque llaman “derecho canónico”, que no tiene que significar nadapara los que no son católicos, quiere que se le rija por un conjuntode reglas distintas del resto de los mortales y pretende que se ledeje manejar a su manera el grave problema que tiene con curas quegustan de abusar de menores.

En otras palabras, no quieren enfrentar lajusticia de los hombres.

Esa pretensión es un problema en sí,porque en las sociedades democráticas todas las personas deben seriguales ante la ley y no hay motivo racional alguno por el cual a losque practican una religión en particular deban aplicársele reglasdiferentes. Pero se agrava más cuando se examina la trayectoria dela Iglesia Católica en el tema de abuso sexual de menores por partede sus sacerdotes.

A lo largo y ancho del planeta, durantelas últimas dos décadas por lo menos, han estado surgiendoesporádicamente escándalos que han dejado al descubierto lainhumana manera en que la Iglesia lidia con los curas pedófilos:oculta los casos, compra el silencio de las víctimas, separa a losperpetradores del clero a veces y otras zanja el tema mandando alcura a donde no lo conozcan y pueda seguir arruinando vidas de niños.

A finales del mes pasado, la ONU emitióun reporte en el que establece que la Iglesia sigue sin aceptar lamagnitud de este problema y de tomar las medidas adecuadas paraatajarlo. La socióloga ecuatoriana Sara Oviedo, quien es lavicepresidenta del Comité de la Convención de Derechos del Niño dela ONU, que preparó el informe, dijo en una entrevista publicada porel diario español El País el sábado pasado que el asunto de lapederastia en el clero “es estructural y está tan enraizado en lasbases de la Iglesia que hace temer que si esto se enfrenta ocurre unahecatombe y salen comprometidas todas las estructuras y susautoridades”.   

En Puerto Rico estamos apurando ahora estetrago amargo. En cuatro de las seis diócesis en la Isla – SanJuan, Arecibo, Mayagüez y Caguas – los obispos han reconocido enlas últimas semanas que han comprobado casos de pedofilia entre sussacerdotes. Ninguno ha denunciado a estos criminales a lasautoridades. En la mayoría de los casos, los perpetradores siguensiendo curas. Se ha sabido incluso de varios que siguen oficiandomisas o en contacto con niños.

Los obispos han dado toda clase de excusaspara justificar sus acciones. Dicen, por ejemplo, que las víctimashan pedido que sus casos no sean denunciados a las autoridadesciviles. O que los casos están prescritos. O que ya eran adultoscuando hicieron sus denuncias. Dado el historial de la Iglesia es deltodo razonable desconfiar de esas razones.

Miremos, por ejemplo, el caso del obispode Caguas, Rubén González,  quien reconoció esta semana queel año pasado suspendió a un cura por pedófilo. La víctima tieneahora 23 años. No hay que ser una eminencia del derecho para saberque ese caso probablemente no está prescrito, que lo que hizo elobispo tiene tremenda peste a encubrimiento.

En otros países, ha habido obisposprocesados por ocultar estos delitos. Quizás conviene que se vayapensando en eso aquí, para que el mensaje quede bien claro. Elsecretario de Justicia, César Miranda, quien ha sido encomiablementevaliente al manejar este asunto, quizás deba mandar a un fiscal ahacerle una visita al obispo de Caguas, a ver qué hay.

Véanlo de esta manera: hay abundanteliteratura científica que establece que el pederasta ataca más deuna vez. Ataca muchas veces. Solo preso puede parar. Esos curas queviolaron niños y se salieron con la suya deben tener muchas otrasvíctimas. A esta hora en que usted lee esto, probablemente estátramando la ruina de otra criatura.

Basta de vueltas, de burundanga y deleguleyadas. El que viola a un niño tiene que ir preso, sea cura,maestro, periodista, policía o ingeniero químico. Busquen a esoscuras. Desenmascárenlos. Salven a sus futuras víctimas.

(benjamin.torres@gfrmedia.com,Twitter.com/TorresGotay)

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