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Las respuestas después de Ricky están en la Constitución

Los Pueblos tardan en encontrar respuestas. Algunos maduran más rápido, otros dependiendo de sus circunstancias, suelen tardar más. La realidad es que, desde la primavera árabe de 2010, las democracias han cambiado dramáticamente en su oferta al “demo”. Han surgido nuevas corrientes políticas, tendencias radicales, respuestas a la austeridad y el populismo tanto de izquierda como de derecha. Así este fenómeno ha viajado desde oriente hasta occidente, tocando la fibra de una generación que, con mucha verdad, siente que sus políticos y lo que estos representan, no es útil en la vida de cada individuo.

La revolución tecnológica ha sido detonante en España, que ha ido a tres elecciones en cuatro años. Igual ha sucedido con la crisis política del BREXIT en Inglaterra que hace unos días forzó la dimisión de Theresa May, y con ello la llegada de Boris Johnson como Primer Ministro. Así fue Trump en los Estados Unidos y AMLO a Méjico. Es el cansancio de generaciones, que lejos de aguantar los embates de la corrupción y el mal gobierno; se organizan en twitter, difunden el mensaje por Facebook o YouTube, e ilustran imágenes impactantes por Instagram. Así fue también el movimiento boricua que exigió la renuncia de Ricky a la gobernación de Puerto Rico. Todos en sus respectivas latitudes, representan un sentir social que se aleja mucho del mensaje políticamente correcto tradicional, y que busca respuestas a masas populares que sienten cada vez a sus políticos más lejos.

En Puerto Rico se ha dado un fenómeno que merece reflexión y análisis. El detonante a la crisis no ha sido el problema del estatus, ni incluso la imposición de PROMESA. El detonante ha sido la corrupción política en todas las esferas del Gobierno de Puerto Rico. El millón de personas que marchamos el pasado lunes, teníamos todos diferentes edades, ideologías, simpatías por partidos y proveníamos de diversas escalas sociales, pero nos unía la indignación por la corrupción política. Sucede que la corrupción no mira partidos ni ideologías, es una bacteria que ataca cualquier sistema inmunológico, entra sin pedir permiso y es capaz de sucumbir la nobleza de cualquier espíritu.

Las respuestas a nuestra crisis, en muchas instancias, se encuentran en nuestra propia Constitución. Ese texto que ordena y rige nuestro Gobierno cumple hoy 67 años. No es poca cosa, fue esa generación a mediados del siglo pasado, la que en tiempos nublados y a falta de dirección, supo sembrar una brújula sobre un texto, que debe ser motivo de orgullo, no solo para los puertorriqueños, sino para toda persona que viva en este archipiélago. En ella se encuentran las respuestas a gran parte de los problemas y exigencias que hoy el Pueblo de Puerto Rico reclama en sus calles. En el Artículo VII sección 2 de nuestra Constitución, habita el mecanismo que toca ejercer para provocar una Reforma Constitucional que abra paso a cambios que urgen en nuestra política y gobierno. Es así como podemos convocar una nueva Convención Constituyente, para tener un sistema constitucional más ajustado a la realidad del Puerto Rico de hoy.

Esa reforma debe de contemplar: (1) la elección de un Vicegobernador en Puerto Rico; (2) la elección del Secretario de Justicia; (3) la separación de las elecciones legislativas a las de la gobernación; (4) la apertura a mayor participación ciudadana en los procesos legislativos como un derecho constitucional; (5) un referéndum revocatorio para instancias extraordinarias; (6) elevar a derecho constitucional la equidad de género; (7) la creación de una carta de derechos y deberes para los funcionarios públicos  que incluya una disposiciones más severas en contra de la corrupción; y (8) el establecimiento de una segunda vuelta electoral en caso de que ninguna fuerza política llegue al 50% o más de los votos. Estos ocho puntos son —para mí— el pie forzado para una conversación entre todos los que miramos la política como un ente forjador de esperanzas. Esa convocatoria puertorriqueña, que unió de lo mejor que tenía la política de nuestro país a principio de los 50’, es lo que nos debe servir de energía reformista en el presente de hoy.

Es nuestra Constitución la que también siempre proveyó un remedio para residenciar al Gobernador y cumplir con el deseo del pueblo de removerlo de su posición. Es ella también la que nos permitió convocarnos y manifestarnos en el expreso Las Américas, frente a La Fortaleza y en otros lugares donde ha habido manifestaciones. Es incluso la que, en caso de arresto a un manifestante, le provee un proceso judicial digno y le garantiza unos derechos al acusado. Ese texto que descansa en el centro del Capitolio ha estado manifestándose junto a todos nosotros en estos días. Ha sido respuesta y luz en muchas ocasiones y en otras instancias ha sido motivo de reflexión para el camino de reformas.

Don Luis Muñoz Marín, en sus palabras finales ante la Convención Constituyente dijo lo siguiente:

“Esta gran Constitución hecha en este libre convenio, es para la libertad de espíritu del pueblo de Puerto Rico, de la gente joven de Puerto Rico, de todo lo que es Puerto Rico. Esta Constitución grande, en este convenio libre, es para que nos desatemos de las rémoras de la angustia y le demos nuevas fuerzas a las alas vigorosas del pueblo de Puerto Rico, al vuelo vigoroso de la juventud puertorriqueña.”

Es a la nueva cepa, los que aspiramos a posiciones electivas, la que nos toca en primer lugar defender y honrar nuestro legado constitucional, segundo, garantizar su prominencia en nuestro vivir y tercero aspirar a sus reformas. Así garantizamos que sea permanente para las juventudes de las próximas generaciones.

Por eso hoy, y ante el panorama que nos ocupa, ¡Que viva la Constitución del Estado Libre Asociado, la que es para todas y todos SIEMPRE!

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