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Entre la pala y la pared

Tomó un fuerte respiro, de esos que llenan el pecho de orgullo. Se meció en el sillón de su casa con la envidiable calma del que tiene todo seguro. Miró un momento su reloj y se percató que aún le sobraba tiempo para pacientemente reflexionar. Su sonrisa apareció repentinamente cuando imaginó con gran alegría lo que sucedería el día en que el candidato en quien ha invertido parte sustancial de su fortuna gane las elecciones. ¡Qué emoción gigante se apoderó de este individuo! Ya por fin sus esfuerzos financieros le asegurarían un trabajo con el gobierno. Se regocijó en la facilidad con que sus amigos cercanos y familia podrían disfrutar de un trabajo bien pago solo por financiarle la campaña a un candidato. Sin embargo, su emocionante pensamiento fue interrumpido por quien viene a limpiarle la casa: un joven profesional recién graduado que no encuentra trabajo en lo que estudió.

Estoy seguro que muchos quisiéramos pensar que esta pequeña historia es ficción. Nos alegraría saber que es una introducción a una novela que no refleja lo que en realidad sucede en nuestro país. Sin embargo, es probable que muchos de nosotros hemos escuchado o contado anécdotas similares. Ya sea para un humilde trabajo o para un puesto político, los puertorriqueños nos encontramos siempre entre la pala y la pared.

Las instituciones más importantes de nuestra isla se encuentran politizadas de pies a cabeza. Por ejemplo, ya se sabe lo que sucederá en la Universidad de Puerto Rico si hay un cambio de gobierno. Todos los altos ejecutivos deben tener un plan alterno sin importar qué logros hayan alcanzado, qué proyectos estén corriendo o cuánto se esté avanzando en la solución de un problema social. Si la Fortaleza se pinta de otro color, tendrán que poner un alto porque la prioridad serán quienes más hayan trabajado o donado en las campañas del ganador.

Es igual el caso para los gobiernos municipales. Lamentablemente, ya se encuentran desesperados los empleados haciéndole campaña a sus jefes porque conocen qué sucedería si estos pierden. Hay que recoger endosos, llenar las avanzadas y contar votos para recibir el sueldo de la próxima quincena y quién sabe, si por esas cosas del destino, un puesto laboral más alto.

Es irónico que conociendo de primera mano esta realidad, los políticos se atreven, con el descaro que podría caracterizar a algunos de ellos, decirle a los profesionales y futuros graduados que no se vayan. ¡Qué acto de severa hipocresía es que quienes participan de este proceso anti-democrático sean quienes se atrevan a decir que Puerto Rico está lleno de vagos! Quisiera pensar que es desconocimiento y asegurar que siguen perpetuando esta actitud porque no saben el daño que esto causa a la sociedad puertorriqueña. Sin embargo, sabemos que este problema viene de la avaricia; de querer mantenerse en el poder. Le importa poco a quien quiere quedarse cuatro años más en el poder, si este comportamiento le hace daño a Borinquén.

Por tal razón, no les toca a quienes son partícipes activos de este ciclo romper con él. Nos toca a quienes somos víctimas de esta vergonzosa práctica denunciarla, romperla, hacerla añicos. Recaerá sobre los hombros de quienes hacemos un esfuerzo real por mejorar el país, lograr que se juzgue a los trabajadores por su mérito y no por el color de su pensamiento. Recordemos que los grandes cambios sociales provienen de abajo hacia arriba, no de arriba hacia abajo. Es tiempo que cada puertorriqueño con valentía e integridad sea quien le ponga fin al dilema de encontrarse entre la pala y la pared.

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