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La voz del amor

 

Leí hace poco otro de esos artículos en el que se cita determinado estudio científico hecho en alguna universidad, que un experimento determinó que las mujeres tienden a recordar con más intensidad las palabras pronunciadas por una voz varonil grave.
Claro que este hallazgo tiende a confirmar por qué, desde hace siglo y medio, se ha preferido que una voz varonil y grave la que lea los anuncios en la radio o las noticias en la radio o la televisión… la llamada ‘voz de locutor’. Aunque lo que dicha voz pueda estar diciendo pueda ser la ñoñería más grande del mundo.
Y, por supuesto, la historia nos ha requeteconfirmado que la gravedad de la voz masculina no tiende a guardar ninguna relación con lo varonil que pueda ser el individuo. O viceversa.
Para muestra, un botón basta: Mike Tyson, que era un troglodita, no hacía más que abrir la boca y se transformaba en Michael Jackson.

recepcionist
En fin, el tema me trajo a la memoria algo que le ocurrió en una ocasión a Maggy, una prima mía.
Maggy era una chica graduada de ciencias naturales con un bachillerato en microbiología, y tuvo la suerte de conseguir rápidamente trabajo en un laboratorio de la Isla. Lo único negativo fue que el primer puesto que le dieron fue como recepcionista, por lo cual durante cierto tiempo, esa muchacha ultrapreparada y de 5’8” de estatura -con unos hombros de amazona como consecuencia de su larga carrera como nadadora universitaria- tuvo que perfeccionar el difícil arte de hablar con una vocecita de niñita de cinco años o de semifinalista de Miss Universe cada vez que contestaba una llamada.
Naturalmente, había muchos hombres que llamaban y que de inmediato quedaban prendados de su voz cuando ella decía melodiosamente: “Laboratorios Vulcanoff (nombre ficticio), ¿en qué puedo ayudarle?”.
Algunos no eran nada tímidos: “Ay, con una muchacha que tenga una voz así yo me casaría hoy mismo”, le decían.
Y ella, por obligación, tenía que soltar una alegre risita de chihuahua en celo antes de distribuir la llamada a la extensión correspondiente.

 
Hubo un día, sin embargo, en que luego de enunciar su fracecita de saludo, le estremeció los tímpanos un vozarrón que le hizo pensar en Sean Connery con un ataque de ronquera.
“Señorita, me puede comunicar con…”.
Ella sintió de inmediato que esa voz tan grave la dejaba no ya grave, sino gravísima.
Incluso le pasó algo único: por primera vez en su carrera como recepcionista abandonó su profesionalismo y fue ella quien, luego de una risita, le preguntó al individuo: “Vaya, ¿le han dicho que con esa voz puede ser galán de telenovelas?”.
Pero el hombre se abstuvo de reírle la gracia. “No”, le dijo. “¿Puede pasar la llamada a la extensión que le dije?”.
Par de veces más esa misma semana, ella volvió a atender llamadas de esa voz celestial. Pero aunque de nuevo trató de romper el hielo haciéndole algún comentario extracurricular, el sujeto se mantuvo tan frío y cortante como la primera vez.

 
Una tarde, al fin, ella escuchó esa voz de cuerpo presente: emanaba del hombre que estaba parado frente a ella en la recepción y le decía que había venido a visitar a uno de los jefes.
Echándole la más coqueta de sus miradas, ella lo analizó de arriba a abajo. Le complació ver que su físico correspondía al tono de su voz: era alto, musculoso, de buen ver. Pero, por desgracia, estaba totalmente fuera de su liga.
“Sí”, dijo ella con un tono que delataba cierta melancolía. “Siéntese un momentito ahí, que ahora mismo lo hago pasar… padre”.

 

romeomareo2@gmail.com

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