Blogs: Descaros

💬0

Romances e infidelidades

 

Señor Romeo,
Le escribo estas líneas para hacerle una consulta técnico táctica sobre el amor.
No sé si usted tendrá experiencia dirigiendo algún equipo deportivo y la verdad es que lo dudo mucho ya que, según sus escritos, lo más cerca que usted ha estado del mundo de los deportes la enorme cantidad de tiempo que se pasa ingiriendo alcohol en algún sports bar.
Yo sí dirijo un equipo de sóftbol y. como tal, puedo asegurarle que el momento más retante de cualquier dirigente es aquel en el que, después de las primeras prácticas, debe anunciarles a sus jugadores quiénes hicieron el cuadro regular, quiénes se ganaron un puesto como suplentes y, lo peor de todo, quiénes se quedaron fuera.
Y la verdad es que ya llevo varios años en esto y me parece que nunca me acostumbraré a las caras largas, las miradas de odio, las mentadas de madre y hasta las amenazas de perforación con armas blancas de que he sido objeto. Y eso que dirijo a chamaquitos de 8 y 9 años.

 

Drinking alone at a bar

Le digo esto porque lo único comparable, me parece, es cuando uno tiene que decirle a un amigo -o una amiga- que su pareja le está siendo infiel.
Nunca había tenido que pasar por esto antes, pero acabo de atravesar una experiencia en ese sentido y le digo que… no es fácil. No, señor.
Lo peor de todo es que tanto Sandro como su esposa, Mapy (ambos nombres ficticios) son grandes amigos míos. Nos conocemos desde hace años, incluso desde antes de que ellos estuvieran casados: como es lógico, dado que los tres fuimos compañeros de escuela desde primer grado.
De hecho, Mapy hasta fue novia mía antes de empatarse con Sandro, primero como novia y luego como esposa; afortunadamente para mí, puesto que nuestra relación había ocurrido antes de que la teoría de la evolución de Darwin y otros factores le hicieran aumentar hasta un peso de más de 200 libras.

 
Pero mi amistad con Sandro también ha tenido para mí un valor muy especial, particularmente desde el día que, en un momento de gran fragilidad, le confesé que iba a proponerle matrimonio a mi dentista, una mujer a la que yo apenas conocía. Y él me hizo desistir al aclararme que mi euforia desbordante se debía a los efectos del gas hilarante que esta me había aplicado antes de extirparme los cordales.
Ahora, yo sabía que ellos habían venido teniendo sus problemas por algún tiempo, pero de todos modos quedé sorprendido cuando par de semanas atrás me topé con Sandro en El Chinchorro, la barra ‘high class’ que acaban de abrir en El Condado. El también se sorprendió al verme allí, en especial porque venía escoltando a una rubia como de seis pies que no tenía aspecto de favorecer la abstinencia sexual.
Luego de presentármela, aprovechando el momento en que ella se excusó para ir a vomitar al baño, Sandro me acercó al oído su aliento alcoholizado y me habló con un secreteo tal que no le entendí nada.

 
“Que esto quede entre nosotros, mi pana”, me dijo cuando alzó la voz. “Ni una palabra a nadie, ¿eh?”
Entonces me hizo tantos guiños que pareció que había aprovechado el momento para estrenar tic nervioso.
Lo primero que pensé fue que uno nunca debe entrometerse en los líos de pareja y que, con suerte, esta solo era una infidelidad pasajera de mi amigo Sandro.
Sin embargo, ocurrió que al día siguiente tuve que ir recoger al correo de la Loíza la nueva dentadura postiza que me habían mandado desde Suiza y casi choco de frente en la entrada con Mapy, quien venía cargando una caja grande que le impedía ver lo que temerariamente se le pusiera al frente.
Nos saludamos y al ver de nuevo su sonrisa característica me sentí abrumado por mi afecto por ella. De inmediato me dije que, aunque tal vez ella sufriría al principio, yo no podía permitir que su marido la engañara de una forma tan impune, aunque él también fuera mi amigo.

 
Me detuvieron dos cosas: el nerviosismo que ella empezó a exhibir tan pronto se topó conmigo, y el hecho de que a los pocos segundos salió detrás suyo un hombre bajito y calvito que reconocí de inmediato: se trataba de otro compañero de la escuela que había sido su novio en el interinato entre su noviazgo conmigo y su futuro compromiso con Sandro.
“Espera, mi vida, para que yo pueda ayudarte”, venía diciendo antes de percatarse de mi presencia.
Entonces Mapy me regaló esa sonrisa agrandada que alguna gente ofrece cuando lo agarran con las manos en la masa, y me dijo: “No le vayas a decir nada a Sandro, ¿Eh? Es una sorpresa que tengo para él”.
No me quedó claro si se refería a lo que llevaba en la caja o a su romance ilícito con el calvito.

Romeomareo2@Gmail.com

💬Ver 0 comentario