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Amorosos tropiezos en el gimnasio

 

Una lectora ocasional me escribió recientemente para hacerme una consulta.
He aquí su escrito.

“Hola, Romeo,

Soy una joven de 28 años, de buen carácter, buena familia y con mucha simpatía. Fíjese, no soy fanática de su columna, aunque me entretiene y confieso me he reído un par de veces con alguna ocurrencia. Con mucho respeto le comparto que me parecen sus consejos un tanto unilaterales, enfocados solo a los impulsos masculinos.
Pero ahora toda mi perspectiva cambió. Me tropecé sin querer con un hombre en el gimnasio, que por un descuido divino, había dejado tirado en el piso una de esas ruedas de pesas de cinco libras al acomodar las de 25 libras que estaba alzando y yo caí redonda sobre él. ¡Menos mal que puse por reflejo instantáneo mis brazos antes de que el choque corporal hubiese sido total!

gym
Sin embargo, desde ese primer tropiezo no hago más que pensar en su camisa negra ceñida a sus brazos levantando pesas. Todo el día me pregunto, ¿cómo sería si en lugar de levantar esas pesas, levantara mis 125 libras, 5’4″ de altura y cabellera pelirroja lacia y despampanante como ejercicio?
Claro, antes de llegar a ese nivel de condición física me conformaría con saber lo siguiente: ¿cuál será la mejor manera de tener un acercamiento básico para tomarnos un “protein shake”? ¿O en cambio debo invitarlo a trotar frente a la playa o algo así muy sano y casto?
El problema es que cada vez que nos encontramos y he querido entablar una conversación, acabo tropezándome -literalmente- con él.
La semana pasada estaba en la corredora estacionaria justo al lado de la suya trotando felizmente al compás del dúo Azúcar Moreno, cuando de la nada se me cruzó un gato negro entre los tobillos y terminé agarrándome de su bíceps derecho para no caerme.
Y ayer, me dirigía a la máquina para los cuadriceps y glúteos cuando lo vi charlando con el entrenador y justo al pasar por detrás de sus espaldas decidió agacharse para amarrarse la zapatilla deportiva. Esto ocasionó que sus caderas se insertaran en mi camino y tuve que hacer un desvío abrupto de 90 grados, lo que a su vez me hizo perder el balance, y terminé en el patio interior aledaño cubierta de semillas de helecho.
En cada tropiezo su reacción es la misma: me echa una mirada intensa de siete segundos con sus ojos verdes descarados y acto seguido vocifera una carcajada jubilosa que dura exactamente 13 segundos. Creo que le hago reír y tal vez hasta se entretiene conmigo.
¿Usted cree que existe la posibilidad de que yo le guste?
En fin, desde que me tropecé con él la primera vez, leo religiosamente su columna tratando de encontrar alguna fórmula para aplicarla a mi situación, como un tipo de manual mecánico pero para los hombres, que son unas criaturas que definitivamente son mucho más complejas de lo que aparentan ser a primera vista.
¿Usted cree, Sr. Mareo, que tendré alguna esperanza con este hombre? ¿Cómo me acerco a él sin volverme a tropezar? ¿Dejaré mejor que él tome el primer paso o me cambio de gimnasio y aprendo a jugar golf?”

Transcribo aquí mi respuesta cibernética, ya que ella misma me dio su autorización:

Me parece fantástico su relato. Y muy simpático. Aparte de que debe tener usted un cronómetro siempre a la mano, para medir con tanta exactitud la duración de sus miradas y de sus carcajadas. También me parece evidente que ambos se gustan. Solo es cuestión de ver quién toma la iniciativa. ¿Usted es de las que espera que el hombre sea siempre quien dé el primer paso? Pues tendrá que esperar un poco más. Si no, va a tener que darlo usted… con mucho cuidado, claro está, para no volver a tropezarse otra vez.

Romeomareo2@gmail.com

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