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Cuando el amor llega por equivocación

 

Ese día, a media mañana, recibí en mi celular una llamada que venía de un número desconocido.
“¿Rommy?” me preguntó una voz de mujer.
Aunque me llamo Romeo, mucha gente me dice ‘Rommy’, por lo que no hallé raro el que saludaran así.
“Sí”, dije.
“Es Tere”, me dijo la voz.
He conocido a un par de Teres en mi vida, por lo menos que me hayan in-TERE-sado un poquito, por lo que tampoco hallé nada extraño en el asunto.
Para aclarar, pregunté:
“¿Tere? ¿La de las trenzas?”
La mujer soltó una risita divertida.
“¡Nooo!” dijo, riendo. “La calva”.
Volví a rebobinar.
“Tere… ¿La que habla francés?”
Otra risita.
“¿Moi? Pues… no”.
Le dediqué los próximos 30 o 35 segundos a meditar la situación. Entonces me di por vencido.
“Perdóname, pero no sé cuál Tere tú puedas ser”.
Ahora fue la mujer quien se dedicó a ejercitar sus neuronas durante los próximos segundos, antes de zumbar su pregunta.
“¿Tú no eres Rommy, el de la motora?”.
“¿Motora? ¿Qué motora? Lo mío son los velocípedos”, le dije.

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Luego de este largo preámbulo, claro está, ambos caímos en cuenta de que yo no era el ‘Rommy’ con el cual ella quería hablar, una coincidencia que yo resalté como extremadamente curiosa:
“Imagínate que tú marcas un número que crees que es el de un tal ‘Rommy’, te equivocas, y el que responde al número equivocado resulta ser otro ‘Rommy’… es decir, yo”, le dije. “¿Cómo deben estar las apuestas en contra de que eso ocurra? ¿Mil o un millón a uno?”
Dicho esto, naturalmente, como quien no quiere la cosa, aventuré: “Cualquiera diría que está predestinado que nos conozcamos”.
Luego de un pequeño acceso de tos, la mujer volvió a reír.
“Perdóname, pero casi me atraganto con ese comentario”, dijo.
A pesar de todos los pesares, como eran casi las cinco de la tarde y se acercaba el cierre de la jornada laboral para ambos, así como el comienzo del ‘happy hour’ que algunos desearíamos que durara también ocho horas, convinimos en encontrarnos “en un sitio neutral” para conocernos en persona.
A Tere le agradó mi propuesta inicial -el área de la piscina del Caribe Hilton, para que el uno tuviera la opción de lanzarse de cabeza al agua si el otro no llenaba sus expectativas básicas- pero dijo que tal vez más práctico sería el aeropuerto. Me imagino que para mandarme a volar si acaso en persona yo no resultaba ser tan encantador como sonaba por teléfono. O viceversa.
En fin, por logística, terminamos viéndonos minutos después en un ‘pub’ de Isla Verde que, según parece, ella visita con cierta frecuencia.
No tuvo ninguna dificultad en reconocerme enseguida, dado que ya yo le había adelantado que llevaría puesta mi infaltable gorrita de los Cardenales de San Luis. Y yo tampoco erré al identificarla, pese a que, a primera vista, ella no había resultado ser “una mezcla de J-Lo con Britney Spears”, como me había adelantado.
Solo voy a decirles que ligamos de lo más bien y que menos de una hora después yo estaba preguntándole si ella no creía en el amor a primera vista.
“No”, me dijo, “porque me parece que no hay amor más ciego que ése”.
Pero entonces agregó: “Claro que puedo estar equivocada”.
¿Moraleja? El amor a veces no se encuentra donde uno lo está buscando hasta con una lupa, sino que llega a uno tan fácilmente como… una llamada equivocada.

Romeomareo2@gmail.com

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