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Ignorado por su primer amor

¿Qué cosa es el primer amor? ¿Estamos hablando de la primera vez que uno se haya sentido atraído por otra persona?
Entonces en mi caso quizá tenga que hablar de la enfermera que atendió a mi mamá en la sala de parto.
Sin embargo, la definición más completa que se me ocurre, y esto sólo después de haberlo meditado a profundidad mientras escuchaba el último disco de Shakira, es que el primer amor es aquél que ocurre cuando uno lo está experimentando todo por primera vez.
Es decir, es aquél que ocurre cuando a uno por primera vez empieza a preocuparle su propia apariencia. Todavía retumban en mis oídos, por ejemplo, aquellas palabras de mi madre, cuando yo me preparaba un día para ir a visitar a la muchachita del apartamento del frente: “¿Y vas a ir con esos tenis tan cochambrosos?”

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En efecto, hasta esos momentos no se me había ocurrido que los mismos tenis sudados y con olor a caverna prehistórica con el cual correteaba al jugar baloncesto, no se prestaban para conquistar románticamente a nadie.
Por supuesto que no hay vuelta atrás cuando uno empieza a pensar de esa manera: de ahí en adelante, uno puede pasarse horas frente al espejo ensayando “mil peinados distintos, pero siempre terminando peinado igual” como cantaba Rod Stewart; o garabateando en un papel las líneas románticas que piensa decirle al momento de declarársele a la chica, aunque después uno termine no diciendo nada… o confundiéndose y diciendo todo lo contrario de lo que quería decir.
Si junto todas estas cosas, entonces puedo dar con un solo nombre: Teresa. La conocí cuando los dos estudiábamos el segundo año de escuela superior y vivimos lo que para esa época podía considerarse un tórrido romance de adolescentes, aunque visto desde los parámetros de la época actual parezca ahora un típico romance de kindergarten.
Por supuesto, que nos juramos amor eterno y todas esas cosas, pero entonces su familia se mudó a los Estados Unidos el próximo verano y jamás volví a saber de ella…
Es decir, hasta hace unos días.
Hace poco me hallaba yo en la fila de Hacienda, tratando de disimular el gimoteo incontrolable que tradicionalmente me ataca el día que tengo que entregar la planilla, cuando la vi parada a pocos pasos de mí.
Es decir, tendría 30 años más, igual que yo, pero, aunque parezca increíble, era muy poco lo que había cambiado. O, por lo menos, lucía exactamente como se hubiese esperado que luciera tres décadas después la Teresa que yo había conocido en la ‘high’.
Como hoy en día soy algo menos tímido que antes, me atreví a hablarle a la salida.
“Perdóname”, le dije, “¿acaso tú te llamas Teresa?”
Aunque un signo de interrogación de inmediato se le dibujó en la cara, me dijo que sí.
Sonreí triunfalmente.
“¿No te acuerdas de mí?”
Sin abandonar su escepticismo, me miró de arriba a abajo. ¿Era posible que yo sí hubiese cambiado demasiado y le resultara irreconocible cuando me comparara con su recuerdo? No lo creo. La frase favorita que siempre me dice la gente que me conoce es “Romeo, tú no cambias”.
Pero como vi que no pasaba nada, le recordé un par de cosas: el nombre de la escuela, los nombres de algunos compañeros de clase, hasta los títulos de algunas películas que vimos juntos en el cine.
Al final, creo que más por cortesía que por otra cosa, me dijo: “Ah, sí, ya más o menos me acuerdo”.
Y se alejó luego de soltarme un frío “que te siga yendo bien”.
Al rato hallé la respuesta a la pregunta de cómo era posible que no se acordara de mí una muchacha de la que yo seguía recordando tanto.
Sencillo: ella habrá sido mi primer amor; pero de seguro que yo no fui el suyo.

Romeomareo2@gmail.com

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