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La mejor cita a ciegas

“Señor Romeo,

Siempre agradeceré la sinceridad de aquella mujer que, mirándome con sus hermosos ojos azules enrojecidos por el alcohol, me dijo que yo era un renacuajo insoportable.
“Cretina”, le dije. “¿Quién tú crees que yo soy, tu marido?”
Ella soltó una risotada estruendosa, ignorando por completo el recato que uno debe mantener cuando está en el interior de una funeraria.
“Muy gracioso”, me dijo. “Y que conste, yo no me llamo Cristina”.
Déjenme explicarles cómo comenzó el asunto.
Tengo un amigo que sabe que estoy divorciado y, por consiguiente, “al garete”, aunque en mi caso se trata de un “garete” bastante limitado. Pero ahora les digo que con toda seriedad estoy considerando transferirlo a la columna de mis enemigos en la página de mi vida, desde que los otros días se puso a hablarme de una nueva compañera de trabajo suya a la que ardía en deseos de que yo conociera.
“¿Tienes su número?”, le pregunté interrumpiéndole, para no escucharle la descarga completa.
“Claro”, me respondió. “Pero es aproximado: 34-25-36”.
Luego de que complací su ego diciéndole que era una broma genial, el amigo finalmente me dio el número de celular de la muchacha, que se llamaba….
“¿Sonia?”, pregunté cuando una sensual voz rasposa femenina contestó poco después mi llamada.
“¡Que ya yo pagué!”, me gritó al instante. “¿Hasta cuándo me vas a seguir jo-robando?”
Luego de que aclaramos la confusión y entendió que en efecto yo no la llamaba porque trabajaba para la compañía de cable sino porque un mutuo amigo me había dado su número, procedimos a concertar nuestra cita a ciegas.
Claro que el hecho de que ella sugiriera que nos encontráramos en esa funeraria debió por lo menos hacer que yo levantara una banderita de alerta.
“Es que murió un viejo amigo de la familia y por lo menos tengo que pasar por allí un rato para dar cara”, me explicó. “Pero no te preocupes, ya verás cómo yo enseguidita encuentro la manera de que nos escapemos de allí lo antes posible para irnos por ahí”.
Le dije que me pareció bien la idea y me lo siguió pareciendo, de hecho, hasta que en la funeraria la vi acercárseme zigzagueando y tropezando con algunos de los dolientes y me preguntó si yo era Roberto.
“Rigoberto”, le aclaré.
“Bueno, como te llames”, me dijo. Entonces me abrazó y besó como si lleváramos años conociéndonos, dejándome en la boca por lo menos unos 50 grados prueba.
Luego nos quedamos conversando por un rato. Lo positivo fue que, en pocos minutos, nuestra relación progresó a paso acelerado y no solo pasamos directamente a la etapa del tuteo, sino que de ahí seguimos sin hacerle caso a los letreros de ‘Pare’ hasta llegar a las de la mofa y el insulto, niveles de alta espiritualidad que algunos matrimonios, incluso los más afortunados, tardan años en alcanzar.
En fin, al rato me tomó de la mano diciéndome “vámonos de aquí, como te llames”, y, pese a que yo andaba en mi auto, ella insistió en que fuéramos en su carro, el cual resultó ser un Jaguar bastante nuevo.
“Regaló de mi ex marido, el pobrecito”, dijo Sonia riendo, mientras conducía a exceso de velocidad y también zigzagueando tanto o más como había venido caminando.
“¿Murió?”
“No”, dijo, “pero no le faltaron ganas después que acordamos los términos del divorcio”.
Por algún milagro llegamos a un hotel de Isla Verde sin sufrir ningún accidente aparatoso y nos pasamos las próximas dos o tres horas bailando en su disco.
O más bien, bailó ella: después de dos o tres piezas, me dijo que yo era el peor bailarín que había visto en su vida y se pasó el resto de la velada brincoteando con un desfile interminable de sujetos intercambiables que llevaban peinados cada vez más estrambóticos.
Al mismo tiempo, ella solo consentía que yo me le acercara a menos de tres pies de distancia cuando era para traerle un trago nuevo.
Finalmente “culminamos” nuestra jornada comiendo en un ‘fast food’ de esos que abren las 24 horas, donde ella engulló en pocos minutos dos ‘cheese burgers’ y una enorme batida de chocolate, los cuales depositó en el piso del ‘parking’ cuando íbamos a marcharnos.
Según explicó, el súbito malestar estomacal pudo haberse debido a que, confundido, su estómago se creía que seguía bailando en la disco”.
Al día siguiente le conté a mi amigo cómo me había ido con Sonia.
“¿Y aún así quédaste en volver a salir con ella?”, me preguntó todo anonadado.
“Pues, seguro”, le dije. “¿Tú sabes cuánto hacía que no me divertía de esa forma?”

¿Qué le parece, señor Romeo?

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Gracias, querido lector, por compartir con nosotros esta historia tan conmovedora.

Romeomareo2@gmail.com

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