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Un noviazgo a la antigua

Estimado señor Romeo,

No me atrevo a decirle mi nombre por no ofender a nadie, pero la gente que me conoce bien me conoce como doña Sarita.

Lo primero que quiero decirle es que no acostumbro a escribir a estos sitios indecentes, pero, dado el problema que me agobia ahora, he llegado a la conclusión de que no tenía mejor opción.

En marzo pasado cumplí 62 años y nunca me he casado ni he vivido con un hombre en una relación extramarital. Aunque esto le pueda parecer raro a algunos, en especial a las últimas generaciones, lo cierto es que yo procedo de una familia bastante conservadora y mi madre siempre quiso que yo me hiciera monja, igual que dos de mis hermanas y un tío. Este ultimo, de paso, al ver frustrado su intento cuando la directora del convento se dio cuenta de que era hombre y que traía intenciones algo pecaminosas, a la postre terminó como mecánico de aviación. Por suerte, desde entonces ha sido un hombre de bien y provecho, aunque se ha pasado la mayor parte de la vida recubierto de aceite.

De joven siempre fui muy bonita. Recuerdo que cuando pasaba caminando frente a una barra que quedaba en mi vecindario al ir para la escuela, los borrachos que siempre merodeaban por allí tenían la delicadeza de bajarle el volumen a la vellonera para que yo pudiera oír sus chiflidos y sus piropos.

Pero claro, nunca acepté la invitación que siempre me hacían para darme una fría con ellos, no importa el calor que estuviera haciendo.

Ya cuando estaba terminando en la Universidad mi maestría en pedagogía, tuve mi primer romance: conocí a un muchacho llamado Rufino que trabajaba en la biblioteca y que siempre me sonreía cuando yo iba a sacar o entregar un libro. Estuvimos un tiempo así, sonriéndonos de lejito hasta que un día el se atrevió a hablarme y me invitó al cine. Acepté bajo la condición de que él primero fuera a casa y pasara el cedazo de la interrogación cuasimilitar de mis padres, y él aceptó… y la pasó con éxito, porque mis padres le dieron su visto bueno siempre y cuando me devolviera a mis santos aposentos antes de las 11 de la noche.

En fin, esa noche la pasé de lo más bien la mayor parte del tiempo que estuvimos en el cine, donde disfrutamos de una de esas películas románticas de muchos tiros y estrangulamientos. Pero entonces, en una escena que se desarrollaba de noche y la pantalla se puso casi completamente negra, sentí que Rufino trataba de tomarme la mano y yo, que no estaba acostumbrada a esas indecencias, procedí a abofetearlo y a exigirle que me llevara a casa de inmediato.

A la larga, hasta dejé de ir a la biblioteca para evitar la vergüenza de tener que verle la cara.

Unos 20 o 25 años después, tuve mi próximo desaire amoroso, cuando acepté una invitación a cenar que me hizo el cartero que me traía a casa los medicamentos para la urticaria que he necesitado casi toda mi vida adulta. Pero fue una relación que no tuvo tiempo para progresar debido a que al poco tiempo a él le cambiaron la ruta.

Finalmente, hace unos cinco años inicié una relación formal con don Miguel, viudo, un viejo amigo de la familia. Ha sido una relación tranquila y, de cierta manera, anticuada: salimos todos los viernes, a menudo para jugar bingo en la casa parroquial o para pasar una noche de bohemia escuchando música de tríos y bebiendo ponche o sangría sin alcohol en casa de unas amistades.

Pero mi mundo sufrió un remezón días atrás cuando, después de acompañarme a misa como todos los domingos, don Miguel me miró fijamente a los ojos y me dijo: “Sarita, después de cinco años de estar saliendo juntos y de ser novios formales, creo que ya va siendo horas de que nos demos un primer beso. ¿No?”

El impacto fue tan grande que me puse a temblar de pies a cabeza y apenas atiné a decirle que le respondería cuando volviéramos a vernos el viernes siguiente.

La verdad es que sí siento deseos de darle un beso, pero también temo que, si accedo a esa tentación carnal, tal vez don Miguel vaya a considerarme una mujer de poca moral y desista de sus intenciones de algún día contraer nupcias conmigo.

Así que esa es la pregunta que quiero formularle ahora, señor Romeo. ¿Lo hago o no lo hago? ¿No me tomará don Miguel por una cualquiera?

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¿Qué se habrá creído ese fresco, Sarita? De ningún modo sucumba usted ante esa tentación del demonio. Siga como va, que va bien. Además, ¿cuál es la prisa?

Romeomareo2@gmail.com

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