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¿El próximo Rafael Hernández Colón?

El jueves pasado fue un día raro o más bien pesado. Había fallecido un referente para los que militamos en el Partido Popular Democrático y de alguna forma u otra hemos estado cerca de la refriega política a su interior. Ese día no era fácil escapar a los recuerdos ni la memoria de experiencias vividas que relacionan a uno con la vida del heredero de Muñoz Marín, como buscando conectar de esa forma a la mística que rodeaba a “Rafael,” como mi padre siempre le llamaba. Comentaba con un amigo que Hernández Colón para mí, era una figura larger than life y que no había surgido un líder con sus cualidades en estos casi 30 años de su salida de la gobernación y la dirección del PPD. Conversación que luego vimos desarrollarse de manera prematura en los medios de comunicación y se convirtió en el debate o la búsqueda del próximo Rafael Hernández Colón como si se tratara de un concurso como La Voz o American Idol. La verdad es que Rafael Hernández Colón es irrepetible.

Rafael primeramente era un intelectual. Estudió su bachillerato en Ciencias Políticas en la Universidad de John Hopkins y luego estudió derecho en la Universidad de Puerto Rico, graduándose de ambos con altos honores. Era un estudioso del derecho y se convirtió en el tratadista de derecho procesal civil por excelencia. Creando las nociones de un derecho puertorriqueño independiente del español, inglés o americano. Fue el entonces gobernador Roberto Sánchez Vilella quien lo nombra Secretario de Justicia; el más joven de la historia. Fue miembro de la junta directiva de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional, del Council on Foreign Relations y miembro del Club de Roma, un grupo internacional de científicos, hombres y mujeres de estado e intelectuales que formulan soluciones a los retos que enfrenta la humanidad.

Estudió en todas sus dimensiones los contornos de la relación política entre Puerto Rico y los Estados Unidos. Trató de mejorarla y desarrollarla por todos los medios posibles, como si se tratara de un Sísifo criollo empujando la piedra del autonomismo por un empinado acantilado en contra de la gravedad. Trató y trató hasta que no pudo más. Fue el último líder con credibilidad en empujar el tema del estatus en el Congreso a través del proceso de 1989-90 en donde todos los sectores se sentaron a la mesa. Este esfuerzo culminó con su intento fallido de plasmar en nuestra Constitución el derecho de Puerto Rico a su libre determinación y a “escoger un estatus político digno no colonial y no territorial que no esté subordinado a los poderes plenarios del Congreso.”

En segundo lugar, el carisma de Rafael era indiscutible. Mi padre, Cirilo Tirado Delgado, fue electo por primera vez a la Cámara de Representantes en 1972, en la primera elección de Hernández Colón a la gobernación. Por lo tanto, Rafael era omnipresente en nuestro hogar. Recuerdo que en muchas ocasiones cuando levantábamos el teléfono en casa, alguno de mis hermanos o yo, al otro lado de la línea estaba Rafael llamando personalmente a mi padre cuando era legislador o cuando era miembro de su gabinete. Es por esta razón, que su figura siempre capturó mi imaginación. Lo recuerdo siempre rodeado de gente y como si el peso del mundo estuviera sobre sus hombros. Cuando entraba a una barra, a una sala o en donde quiera que estuviera, todo giraba en torno a él. Esto no se debía sólo al hecho de que fuera el heredero de Muñoz, sino que al igual que Kennedy, era el primer político puertorriqueño que dominó la televisión: joven, inteligente, articulado y good looking. El medio estaba hecho para él y lo utilizó de forma magistral. Su participación en cinco elecciones como candidato a gobernador y victoria en tres ocasiones ciertamente es una gesta difícil de emular en nuestro cada vez más fragmentado, y cada vez más complejo, clima político.

No se tiene que estar de acuerdo con todas sus acciones ni con todos sus pensamientos para apreciar el legado que nos deja a su partida. Ciertamente he sido bastante crítico, especialmente en los últimos años, pero es un buen momento para dejar de mirar los árboles y apreciar con calma el bosque de madera fuerte y buenos frutos que sembró. Mencionaré aquí sólo algunos: un derecho puertorriqueño y la defensa del español; la apertura de nuevos espacios para la mujer con el nombramiento de la primera jueza del Tribunal Supremo (Miriam Naveira), la primera secretaria de Educación (Celeste Benítez), la primera Contralora (Ileana Colón Carlo), la primera secretaria de Corrección (Mercedes Otero), la primera secretaria de la Gobernación y luego de Estado (Sila María Calderón); la aprobación de la Ley 54; la creación de la Oficina del Fiscal Especial Independiente y Ética Gubernamental; el Departamento de Asuntos del Consumidor; las leyes de proyección laboral y el derecho al voto a los 18 años; logró la aprobación de las 936 y el desarrollo del proyecto de la Cuenca del Caribe, entre otras tantas cosas que perduran y otras que ya no.

Así las cosas, una figura como Rafael Hernández Colón es irrepetible y eso no es malo aceptarlo. Nadie debe vivir con la presión ni pretensión de tener que ser el sustituto de un hombre con las repercusiones históricas como las de Rafael. Su tiempo y su contexto son únicos en nuestra historia de pueblo. En vez de colocar la responsabilidad en un sólo hombre, debemos todos asumir el rol protagónico de construir futuro sobre su legado y desde nuestras “trincheras de lucha”. Lo que si necesitamos es de mujeres y hombres de vocación de servicio en todas las facetas de nuestra vida que asuman sus responsabilidades con la seriedad de propósito como las asumió él. Trabajando siempre para el bien del país y expandiendo sobre lo que ya existe. No busquemos al próximo Rafael Hernández Colón. No lo vamos a encontrar.


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