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La pobreza nos roba el futuro

Esta semana se publicó otro estudio sobre la pobreza en Puerto Rico. Otro diagnóstico del cáncer que se come y atrofia a un importante y cada vez mayor sector de nuestra sociedad. En esta ocasión se trata de los datos publicados por Instituto de Desarrollo de la Juventud (IDJ) en donde se confirma un “alza en el nivel de pobreza entre niños y jóvenes”. Esa crisis eterna que viven cientos de miles de hogares puertorriqueños no parece dar tregua ni tan si quiera a los más jóvenes que sufren doblemente la falta de oportunidades de sus padres y un futuro incierto, por decir lo menos. Crisis conectada también el éxodo masivo que hemos sufrido en la pasada década, que nada tienen que ver con el Huracán María. Esta es por causas económicas y guarda relación a la desaparición de la Sección 936, señala otro análisis. Lo cierto es que la discusión sobre este tema no se debe postergar más y debemos cuestionarlo todo, por más incómodo que sea.

Según el Índice de Bienestar del la Niñez y la Juventud, desarrollado por el IDJ, “los indicadores relacionados a seguridad económica de las familias con niños continúan empeorando.” Según este índice del 2017, el 58% de nuestra población infantil y de menores de edad vive bajo los niveles de pobreza. Esto es un aumento de 2% comparado con índice anterior del 2016 que ubicaba el índice de pobreza infantil en 56%. El estudio revela también de que a pesar de que hay un aumento de familias con menores de edad, cuyos padres o encargados trabajan, los ingresos promedios en estos hogares se han reducido de $20,459 a $19,257 anuales. Lo que representa una disminución de $1,200 en el ingreso de dichas familias. Es decir, las familias trabajan más, pero ganan menos dinero por su trabajo. Esto concuerda con los datos revelados ayer por la Secretaria de Educación, que informó que cerca de 244 mil estudiantes del sistema público viven bajo los niveles de pobreza.

Según el National Center for Children in Poverty (NCCP), los efectos de la pobreza infantil en el desarrollo y el futuro de la niñez son terribles. La pobreza tiene serios efectos sobre la habilidad de aprendizaje de los niños y contribuye al desarrollo de problemas sociales, emocionales y de conducta. La pobreza a temprana edad contribuye también a factores pobre salud física y mental. Para la NCCP, la pobreza es la amenaza más importante al bienestar de la niñez. Únicamente la intervención a tiempo puede rescatar a los niños y las niñas de los estragos del círculo vicioso de la pobreza. Pero la realidad es que esta crisis va acompañada del éxodo masivo que hemos vivido en años recientes.

Para un grupo de investigadores que recientemente estudió desde un punto de vista demográfico el creciente fenómeno de la emigración, las causas de ésta son puramente económicas y no tienen que ver necesariamente con el paso de los huracanes Irma y María en el 2017. Este grupo dijo que, “los puertorriqueños no son desplazados por los huracanes; son desplazados por la economía en dificultades, y cualquier plan serio para la recuperación de Puerto Rico debe incluir atención especial para estimular la economía.” El estudio plantea que, por causa directa de los huracanes, Puerto Rico perdió cerca de 150 mil habitantes que se desplazaron en su mayoría a los Estados Unidos. Pero la mayor parte de estos regresaron a la isla. Los desplazados por la crisis económica tardan más tiempo en regresar. La falta de empleos y precariedad de éstos, junto a la pobreza, en este caso infantil, representan las dos caras de la misma moneda: el colapso del sistema económico y la incapacidad de ponerlo a funcionar con las herramientas que tenemos.

Este colapso nos debe llevar a cuestionarnos ciertas premisas, aunque las respuestas nos incomoden. ¿Quién habla por los niños y los jóvenes en las discusiones de los $70 mil millones de dólares que se deben? Cuando deja de funcionar el estatus-quo, ¿por qué nos resistimos al cambio? ¿Por qué no diseñamos un plan puertorriqueño para levantarnos por nuestros pies? ¿De verdad creemos que con la estadidad nuestra realidad sería diferente? ¿Vale la pena mantener nuestra relación actual con Estados Unidos? ¿El estatus político no se supone que es una herramienta para adelantar los intereses económicos y el bienestar de la gente? ¿Qué más tiene que pasar?

Así las cosas, no podemos seguir dando la espalda a la realidad de que el sistema económico y político, según está estructurado hoy, no responde a la realidad ni las necesidades de la gente. Mientras tanto, seguimos perdiendo generaciones de puertorriqueños a mano de la pobreza o la emigración masiva. Las transformaciones que necesitamos tienen que ver muchas con las preguntas arriba expuestas. Pero deben servir sólo como punto de partida para una amplia conversación. Las respuestas nos deben llevar a evitar el uso de parchos para remendar una represa que colapsa y amenaza con llevarse todo lo que encuentre por delante como un cáncer en proceso de metástasis. De lo contario la pobreza seguirá robándonos el futuro.


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