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Sobre Venezuela, el “Canciller” y otros mitos

Cada vez que uno de nuestros países de América Latina pasa por problemas o crisis, nos interesamos, preocupamos y asumimos bandos inmediatamente y de forma casi instintiva. Identificamos rápidamente los actores y por lo general nos alineamos con el de abajo, con el que recibe el abuso que por lo regular en estas circunstancias es el pueblo. El caso de Venezuela nos es inmune a esta reacción natural como pueblo hermano latinoamericano, ni tampoco a la propaganda de parte y parte. Venezuela y Puerto Rico tienen mucha historia en común y guardamos estrechos lazos de solidaridad y hermandad, independientemente de los vaivenes de las políticas nacionales o internacionales. Es por esto, que debemos ser prudentes cuando queremos intervenir a nombre del pueblo de Puerto Rico o dejarnos utilizar como excusa para intervenir en este pueblo hermano.

La realidad es que Venezuela, desde mediados del siglo pasado, históricamente ha sido gobernada por pandillas de políticos corruptos y criminales, que en esta ocasión está dirigida por Nicolás Maduro, quien según la ONG Transparencia Internacional, preside uno de los gobiernos más corruptos de las américas, superado solamente por Haití y Nicaragua. Además, según Amnistía Internacional, bajo la presidencia de Maduro, “Venezuela afronta la peor crisis de derechos humanos de su historia reciente, alimentada por una escalada de violencia promovida por el gobierno.” El gobierno de Maduro fomenta la corrupción y reprime la protesta y a los disidentes. Sobre todas las cosas, Maduro es un incompetente que no ha sabido administrar las grandes riquezas que posee Venezuela, y ha provocado una crisis económica y humanitaria sin precedentes en la historia del continente sudamericano, comparada únicamente a la crisis del corralito en Argentina a principios de este siglo. Maduro, ciertamente no es el líder ni representa el modelo a seguir para nadie en el planeta.

Esto no significa que desde Puerto Rico debamos intervenir en los asuntos internos de Venezuela de la forma imprudente e irresponsable como lo ha hecho el gobierno a través del secretario de estado o “canciller,” como se le conoce en tono de burla, Luis Rivera Marín. Promover el derrocamiento de un gobierno extranjero, por más malo que sea, es un precedente peligroso, especialmente desde un pueblo que no tiene control de sus relaciones internacionales ni mucho menos de lo que ocurre en ese país. No ayudan a la causa: la mentira, la desinformación y las especulaciones relacionadas a la necesaria entrega de ayuda humanitaria recogida por buenos hermanos venezolanos residentes en la isla y tan necesaria en estos momentos. Insinuar que un avión logró violar el espacio aéreo y la soberanía venezolana es un juego peligroso que además de poner vidas humanas en riesgo, pone en ridículo el nombre de Puerto Rico a nivel internacional. Ningún cargamento de ayuda ha sido recibido ni distribuido en Venezuela, como alegó el “canciller.” Ni tan si quiera los Estados Unidos ha reclamado esa hazaña. ¿Cómo Rivera Marín puede atribuirse ese logro, cuando fracasó como personalmente encargado de la distribución de gasolina, diésel y suministros después del Huracán María?

Debemos ejercer cautela también, a la hora de promover o exigir cambios de regímenes y cuidado con los actores a los que nos asociamos. Recientemente, el “canciller” y el gobernador Rosselló se pasearon con Antonio Ledezma, exalcalde de Caracas y líder de la oposición. Días más tardes fue salpicado por el arresto de su yerno en España por acusaciones de lavado de dinero. Levantando válidos cuestionamientos sobre cuál es la oposición legítima al gobierno de Maduro y cuál es la oposición oportunista a ese gobierno. No creo que debamos aspirar a que Venezuela regrese a un pasado en donde un grupo de familias y conglomerados controlaba y se repartía la riqueza de ese país. Eso no sería mejor de lo que hoy existe allí. Debemos respaldar un modelo que garantice su desarrollo democrático, la justa participación del pueblo de su riqueza y el disfrute pleno de sus libertades. Esto no se consigue a través de la promoción de una intervención armada ni de Estados Unidos ni de ningún otro país de la región. Por el contrario, veamos el resultado de las más recientes intervenciones de fuerzas extranjeras en Afganistán, Irak, Siria y Yemen: guerras interminables, destrucción y muertes incontables.

Tampoco, los Estados Unidos es la tabla de salvación para Venezuela. A Donald Trump poco le importa lo que pasa en Venezuela ni el bienestar de los venezolanos. Como tampoco le importa lo que pase con nosotros los puertorriqueños. Venezuela y el resto de América Latina no representan una prioridad en la agenda de intereses estratégicos o políticos de los Estados Unidos. Si existiera algún interés genuino de parte de Trump y los Estados Unidos de aliviar el problema venezolano, recibirían una cantidad sustancial de refugiados, que es la verdadera crisis humanitaria que se desarrolla todos los días en las fronteras de ese país y que amenaza la estabilidad económica, social y política de la región. Cosa que no ha hecho hasta el momento.

Es por esto que coincido con los planteamientos del expresidente Pepe Mujica de Uruguay, “si Estados Unidos no tiene más remedio que intervenir, va a intervenir“. Esto ocurrirá únicamente si existe alguna amenaza directa o ganancia concreta para los intereses políticos de Trump o su entorno inmediato. Promover la democracia y los derechos humanos no está en la agenda exterior de Trump y eso lo ha dejado más que claro. La salida diplomática y pacífica al tranque en Venezuela, a la que debemos aspirar y promover, pasa más cerca del Vaticano, Ciudad de México, y probablemente La Habana, que por Washington y San Juan.

Así las cosas, debemos seguir de cerca lo que ocurre en Venezuela. Esto es importante porque nos unen lazos de hermandad latinoamericana a pesar de los eventos que puedan tensar o lacerar esa relación. Lo que si debemos evitar es el fanatismo que lleva a asumir bandos y tomar acciones sin mirar consecuencias y que puedan afectan el buen nombre de Puerto Rico a nivel internacional. Que las acciones y expresiones de nuestros representantes estén siempre al servicio de la solidaridad, la paz y la diplomacia, ante todo. No al servicio de la agenda de unos grupos sobre otros. Puerto Rico y Venezuela no merecen menos de nuestros representantes ni de nosotros.


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