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Los perros nunca se amarraron con longaniza

Yo estaba manejando cuando, para indicar que algo había pasado tiempo atrás, usé la siguiente expresión pueblerina: “Eso fue cuando los perros se amarraban con longaniza”.

Mi hija menor no tardó en preguntarme qué significaba la frase, a lo que respondí que es una expresión idiomática puertorriqueña para indicar que algo pasó hace mucho tiempo, cuando la situación económica era mucho mejor. Mi respuesta no la satisfizo, así que procedí a explicarle que la metáfora implica que en un tiempo mítico la gente tenía tanto dinero que podía darse el lujo de amarrar sus mascotas con algo que seguramente se iban a comer en poco tiempo.

La chica persistió en su interrogatorio y me preguntó: “¿Y cuándo la gente tuvo tanto dinero? ¿Cuándo se amarraron los perros con longaniza?” Yo lo pensé unos segundos, después de los cuales respondí: “Nunca. Los perros nunca se amarraron con longaniza”.

Mi niña rió de buena gana, imaginando el cuadro ridículo de un perro disfrutando de un verdadero banquete, compuesto por la hilera de butifarras con las cuales está “amarrado” a un poste. Sí, pensar que hubo un tiempo cuando los perros se amarraban con longaniza es sencillamente ridículo.

Y eso me lleva a pensar en la forma como el pueblo de Puerto Rico mira el pasado. Son muchas las personas que añoran “los buenos tiempos” cuando nuestro pueblo experimentaba “prosperidad”. Recuerdan la abundancia durante los tiempos de las corporaciones 936, que repatriaban ganancias sin pagar contribuciones federales; los populares recuerdan la segunda administración de Hernández Colón, quien gobernó del 85 al 92; y los penepés recuerdan los tiempos de Pedro Roselló (1993 al 2000). ¡Que tiempos aquellos!

Sin embargo, un análisis frío demuestra que esos tiempos no fueron tan buenos “nah” (apócope de nada, con pronunciación puertorriqueña). ¿Por qué? Primero porque el Gobierno de Puerto Rico invirtió cantidades obscenas de dinero creando y manteniendo la infraestructura necesaria para la operación de las 936. Segundo, porque la práctica de sufragar con préstamos el déficit presupuestario crónico del gobierno comenzó precisamente durante la primera administración de Hernández Colón. Tercero, porque a fines de la década de los noventa la crisis era previsible, pero Roselló se empeñó en hacer “obras” (como el Tren Urbano) que el pueblo no iba a poder sostener.

Ahora la clase magisterial añora su sistema de pensiones, recordando los tiempos cuando no solo recibían su dinerito, sino que hasta podían pedir préstamos para viajes educativos. Empero, durante esos tiempos “buenos” en realidad el sistema estaba gastando mucho más de lo que recibía. El gobierno sabía que el colapso del sistema era seguro, pero seguía gastando y gastando para crear la “ilusión” de que había prosperidad.

En conclusión, esos tiempos que recordamos con tanta añoranza, en realidad no fueron tan buenos nada. Total, los perros nunca se amarraron con longaniza.

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Pablo A. Jiménez es un ministro protestante, profesor de teología pastoral y autor de varios libros religiosos. Para más información, visite: http://drpablojimenez.com

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