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Yo no tengo prisa

Llegué a la Colecturía eso de la 1:45 P.M., con el propósito de comprar un sello de $25 que necesitaba para una gestión futura. Al llegar, vi una fila en el estacionamiento, en la cual habían cerca de ocho personas. Aunque me extrañó la fila, seguí caminando e intenté entrar a la Colecturía.

Al tratar de abrir la puerta me di cuenta que había un empleado evitando que el público entrara, controlando así el acceso a la oficina. Sin explicación alguna, y sin mediar ninguna otra palabra de saludo, abrió la puerta y me dijo que la fila era afuera.

Sin entender por qué tenía que esperar en medio del estacionamiento en una tarde de lluvia, caminé a la fila. Allí me dijeron que la razón por la cual la fila estaba afuera era porque el aire acondicionado estaba descompuesto y hacía mucho calor adentro.

Unos cinco minutos después, permitieron que cuatro personas entraran de golpe a la oficina. En la próxima media hora, saldrían seis personas, sin permitir que entrara nadie más.

De repente pasó un caballero por nuestro lado. Iba caminando con mucha lentitud y con cara de pocos amigos. No alcancé a escuchar los detalles de la discusión que sostuvo con otra de las personas que estaba en la fila. Sin embargo, cuando estaba pasando por mi lado dijo “yo no tengo prisa” y entró a la Colecturía.

En total, estuve 37 minutos afuera, viéndome forzado a cerrar el libro que estaba leyendo para que no se mojara con la lluvia. La espera se hizo más incómoda, dado que del mismo auto que se había bajado el hombre que no tenía prisa, se bajó otro caballero que empezó a increpar a la gente que estaba en fila. Se puso a decir que los empleados adentro no tenían aire y que no podían trabajar bajo esas condiciones. Dijo que estaban trabajando disgustados porque no les habían dado un traslado a otro sitio mientras arreglaban la oficina. Y explicó que la verdadera razón por la cual estaban haciendo la fila afuera era porque unos días antes había ocurrido un conato de motín en la Colecturía.

Por fin un guardia hizo moción para que pasara una persona, y yo, segundo en la fila, salí caminando detrás de él. El guardia se molestó conmigo, afirmando que él sólo había llamado al caballero que estaba frente a mi. No obstante, al final me permitió hacer la fila. No sé si fue porque se dio cuenta que tenía puesta una camisa clerical, pero es evidente que comprendió que yo no iba a formar problema alguno adentro de la oficina. Y, claro está, al entrar me di cuenta que el aire acondicionado estaba enfriando perfectamente.

Aunque la Colecturía acomoda hasta cuatro personas para atender al público, sólo estaba abierta la fila expreso. Todos las otras estaciones estaban cerradas. 

Y, como si fuera una novela de Kafka, quien estaba cobrando era el hombre que no tenía prisa.

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El Rev. Dr. Pablo A. Jiménez es el pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en el Barrio Espinosa de Dorado, PR. http://www.drpablojimenez.com y http://www.prediquemos.net

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