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La “guerra cultural corporativa”

Los gerentes generales (CEO, por sus siglas en inglés) de varias corporaciones en Estados Unidos (EEUU) toman posturas político ideológicas y promueven abiertamente sus agendas. Parece que se avecina una “guerra cultural” entre corporaciones y movimientos ideológicos. No se trata de que los CEO ejercen su derecho a expresarse y a donar de su dinero a campañas políticas, sino de que usan a las corporaciones que representan y administran para propagar ideas políticas y defender posturas. Parecen think tanks dedicados al cabildeo y la promoción de ideas y no movidas meramente de relaciones públicas para una marca.

La controversia reciente que involucra a la corporación de calzado y vestimenta deportiva Nike es un ejemplo idóneo. La compañía contrató al exjugador de la National Football League (NFL), Colin Kaepernick, para ser la imagen de su tradicional campaña “Just do it”. El exmariscal de campo (Quarterback: QB) de los San Francisco 49ers y actual agente libre inició la protesta de los kneelers o “arrodilla’os”, que protestan colocando una rodilla en el suelo mientras se toca el himno nacional en actividades deportivas. Lo hizo porque considera es una forma de manifestar su descontento con la “injusticia racial” en EEUU.

Esta forma de protesta provocó pérdidas millonarias para diversos equipos de la NFL, para la Liga y para la cadena de deportes ESPN. Los fanáticos quedaron dividos en bandos políticos. Lejos de servir para unir y confraternizar, el deporte es utilizado para dividir, propagar ideas y amarrar a las marcas y a las corporaciones a un grupo ‘identitario’ mediante la táctica de la política de identidad (identity politics).

Uno de los bandos considera que es una falta de respeto a la Nación, al público y al consumidor el menospreciar el himno nacional. Considera que protestar contra los símbolos patrios no es una forma de comunicar la insatisfacción con la “injusticia racial”; le parece que hay una agenda antiamericana. En parte, se debe a que Kaepernick se relaciona con personas y organizaciones que demonizan a EEUU, con activistas islámicos, como Linda Sarsour, con movimientos que recurren a la violencia, como Black Lives Matter (BLM), entre otros que favorecen destruir la memoria histórica americana, mediante la quema de banderas, la destrucción de monumentos y estatuas, la demonización de los padres fundadores de EEUU y de otras formas.

Las corporaciones que apoyan a Kaepernick tienen gerentes generales identificados con ideas progresistas. Aunque, este no es el problema per se, sino la falta ética de comprometer a los accionistas y a los consumidores con un discurso y agenda político ideológica que le es ajena. Los accionistas invierten en una marca que no tiene que ver con ideologías, y los consumidores tienen marcos ideológicos distintos. Al casar a una marca con una ideología, se provoca una respuesta, como la táctica del boicot. Hay consumidores que quedan enajenados o confundidos, pues le gusta la marca, más no la ideologización de la misma.

El presidente de EEUU, Donald Trump, es uno de los focos de esta práctica de ideologización de marcas y ligas deportivas. Hay jugadores, equipos, dirigentes y gerentes generales que se niegan a asistir a la Casa Blanca para la reunión tradicional entre los equipos campeones y el Presidente. No hay una separación entre las ideas políticas y la necesaria prudencia para que haya armonía y convivencia. Domina la intolerancia, a pesar de que, irónicamente, quienes protestan abogan por la tolerancia.

Otra marca que participa de la “guerra cultural corporativa” es Levi Strauss; su CEO, Chip Bergh, convoca a otros homólogos para que donen dinero a organizaciones que promuevan el control de armas. Es un opositor a la Segunda Enmienda a la Constitución de EEUU.

Esta movida compromete una marca utilizada por conservadores y defensores de la Segunda Enmienda. Levi pasaría de ser una marca que en el imaginario tradicional simboliza al vaquero, portador de armas, a ser el mahón de los ‘hipsters’, progresistas y opositores a la portación. Es una reconstrucción de la marca que implica un nuevo consumidor y una identidad particular.

También hay gerentes generales de corporaciones identificadas como conservadoras que se involucran en controversias político ideológicas. El CEO de Chick-fil-A, Daniel Truett Cathy, donó en el 2012 a organizaciones que se oponen al matrimonio entre parejas del mismo sexo. La corporación aclaró que dejaría el asunto para la discusión por parte de funcionarios de gobierno y para la arena política. Decidió no involucrar a la marca. Sin embargo, el presidente, dueño y CEO ejerció su derecho a donar y a expresarse. De todos modos, hubo un boicot y contra boicot, y se asoció a la marca de restaurante de comida rápida con el ala conservadora.

Otro ejemplo más reciente es el del restaurante de comida rápida In-N-Out Burger que ubica en el estado de California. La corporación donó $25,000 al Partido Republicano de California. Eso molestó a un sector de consumidores demócratas, que se enteraron por la publicación del reportero Gabe Schneider. Convocaron a un boicot que provocó un contra boicot por parte de un movimiento conservador.

El uso de la táctica del identity politics, que consiste de apelar a un grupo identitario, y el hecho de que las corporaciones y sus gerentes generales se involucren en asuntos político ideológicos y partidistas suele ir acompañado de la respuesta y táctica del boicot y el contra boicot. No es ilegal que un gerente general o corporación done a una campaña electoral, partido u organización política, pero en el siglo XXI se ha tornado en un problema cultural. El boicot es una táctica válida y un modo efectivo de contrarrestar a una corporación, mediante el ataque a su bolsillo, sus ganancias.

Sin embargo, el abuso de los gerentes generales, al comprometer a sus marcas, y el exceso de los “indignados” y boicoteadores, que son hiper sensibles, ha llevado a una “guerra cultural corporativa”. Hoy día, es común “indignarse” por el mero hecho de que otro ejerza su derecho a la expresión libre y de hacer donaciones y endosos. También, se puede volver una norma el que las corporaciones tomen postura sobre asuntos político ideológicos y partidistas. Hay que buscar una forma de armonizar la tensión, pues con el paso que vamos, nos quedaremos desnudos, sin lugares para almorzar y sin espacios de ocio y entretenimiento inclusivos, para todo tipo de familias. Aunque siempre está la alternativa de no participar del boicot y de ignorar a los gerentes generales, para poder disfrutar del buen vestir, del placer de un plato favorito o de la catarsis de un partido deportivo.

 

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