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La única respuesta decorosa a Trump

El pasado martes, mientras algunos eran personajes de reparto de la triste comedia protagonizada por Donald Trump, yo andaba junto a Denis Márquez y Rubén Berríos, tratando de visitar militantes de nuestro partido para ver cómo estaban luego del huracán. Nuestro grupo visitó varios pueblos del centro. Juan Dalmau y Fernando Martín tomaron la costa este. No cabe en este espacio enumerar las lecciones que siempre recibo de nuestra gente. Quiero, sin embargo mencionar una: en Aibonito, la casa de una de nuestras líderes no aguantó los embates de María y su techo cedió a los vientos. En lugar de señalarnos un cable que interrumpía el paso, colgante a menos de cinco pies del suelo, los árboles en el piso o los escombros, la recia mujer nos llevó al lateral de su patio para que viéramos lo que quedaba de un roble de flor amarilla. En pie estaba un despellejado árbol, que desentonando con el paisaje atroz que le rodeaba, exhibía tres flores brillantes.

La excursión no nos evitó conocer las bufonadas de Trump, cuya ofensa era solo superada por la sumisión bochornosa de los políticos del patio que lo acompañaban. Comenzó el presidente por informarnos que con el huracán María, Puerto Rico ha descalabrado el presupuesto de Estados Unidos. Ninguno de los obsecuentes anfitriones se atrevió a responderle que la realidad es la contraria: el sistema colonial que él representa ha extraído trillones de dólares a nuestro país, además de impedir las herramientas para un desarrollo saludable de la economía.

En su efímera visita escuchamos otras afirmaciones desacertadas y, antes de marcharse, las cámaras lo captaron haciendo humillantes lanzamientos de rollos de papel a un grupo de puertorriqueños concentrados en un salón de Guaynabo. En lugar de detener el circo, los políticos sonreían y hasta hacían esfuerzos por acomodarse cerca para aparecer en la foto. Por fortuna, en la calle las reacciones han sido otras. Cada persona que me ha comentado el suceso lo ha hecho con alto grado de indignación.

 Esa indignación no es suficiente. El encono de nuestra gente tiene que traducirse en algo más. Trump es burdo, insensible y torpe. Sin embargo, en su visión colonialista no es diferente de sus predecesores, quienes por el mero hecho de exhibir modales refinados, no dejaban de ver a Puerto Rico como un territorio, al cual la metrópoli ha utilizado siempre a su conveniencia. No se engañe nadie; atildados o bocones, representan lo mismo. Lo que hace Trump es que con su desdén y humillación, pone de manifiesto la realidad cruda, desmintiendo de paso a los funcionarios del gobierno local: no somos parte de los Estados Unidos. Como ha dicho la jurisprudencia, Puerto Rico pertenece a ellos.

María ha dejado a nuestra patria en unas condiciones que eran inimaginables hace poco. Es momento de repensar el país que queremos construir a partir de la devastación. No solo examinemos los códigos de construcción, la nueva infraestructura, las áreas inundables o la franja marítimo-terrestre. También hay que plantearse si queremos un país sólido, con poderes para desarrollarse, que se atreva a reclamar a los Estados Unidos la necesaria independencia y evitar humillaciones como la de esta semana. Solo traduciendo la ofensa personal en acción política valiente, seremos como el roble amarillo que desafió los vientos y floreció en medio de los escombros.

 

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