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Ni Lúgaro ni Cidre

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Ricardo Rosselló viene al saqueo. Es tan simple como eso y todos lo sabemos. Aquí no hay un problema del subconsciente, a estas alturas del juego todos estamos alertas y conscientes de lo que representa la candidatura de Rosselló, hijo. Nadie tiene dudas del esquema: las regalías en formas de contratos a sus amigos del alma, garantizar a los contribuyentes políticos del PNP un acceso privilegiado a los círculos de poder del gobierno, al “banquete total”, los despidos masivos, privatizaciones forzadas que provocará una contracción aun más fuerte en la economía del sector privado. En fin, el cuento lo sabemos.

Honestamente, en este momento histórico, el capital político que han levantado tanto Alexandra Lúgaro como Manolo Cidre solamente sirve para perpetuar esos esquemas de la vieja política provocando una victoria de Rosselló. El mensaje más contundente que se puede llevar la elite política del país es mediante una victoria de David Bernier. De paso, los llamados analistas políticos del patio han criticado larga y tendidamente el modo en que el candidato rojo ha corrido su campaña a la gobernación. Esa forma de hacer política no responde a un mero cálculo electoral. El hecho de que Bernier básicamente haya corrido una campaña independiente al resto de la plana tradicional de su partido viene de su convencimiento de que los partidos y el resto de la política puertorriqueña deben renovarse. Los achaques y críticas de los analistas políticos parten de este hecho pero no pueden realmente rasgar el mérito de la gesta: Bernier no es de la casta, no es parte de la elite política, no viene de una familia con apellido asociado a la política. Viene de tener una carrera de más de 15 años de servicio público desinteresado, como lo es y ha sido el trabajo de cientos de miles de trabajadores públicos puertorriqueños.

La raíz etimológica de la palabra “obedecer” viene del latín y significa “saber escuchar”. En un momento como este, de una profunda crisis económica, pero también, y lo que es igualmente importante, de una seria crisis de legitimidad en nuestras formas tradicionales de organización política, nos toca saber escuchar. A la elite política puertorriqueña le toca escuchar y obedecer los deseos de cambio de nuestra gente. En su alocución televisada temprano en la semana, David Bernier hizo lo correcto. Tendió una rama de olivo a los candidatos independientes y ofreció ser el canal para que esos miles de puertorriqueños molestos con la vieja política puedan finalmente ser escuchados. Hay que insistir en ello, el problema no es ni Lúgaro, ni Cidre. El problema es Ricardo Rosselló. No se equivoca el PNP cuando hace campaña aludiendo a que estas próximas elecciones llevan aires de referéndum. Excepto que lo que se encuentra en disputa en este momento histórico no es la estadidad. Lo que se encuentra en la raya es nuestro bienestar y sanidad social. Son las posibilidades de luchar de frente ante los retos económicos que enfrenta el país. Usted, amigo lector, tiene en sus manos el voto y con él, el destino del país. Las próximas elecciones generales se han convertido en un referéndum Rosselló sí o no, usted dirá.

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