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Acompañando el dolor en pueblos sombríos

No me gusta, definitivamente no me gusta lo que sigo encontrando en nuestras visitas a los pueblos para acompañar a las personas en los procesos emocionales a casi un año de María.  Seguimos en la misión de visitar las comunidades y diversos grupos para escuchar y ofrecer herramientas de apoyo emocional.

Ya son veinticinco los pueblos visitados, escuchando en diálogos terapéuticos las más cruentas historias que las personas narran como si el huracán hubiesen ocurrido ayer.  No hay uno solo de los pueblos donde se pueda decir que el trauma ha sido menor. María nos golpeó a todos y nos sigue golpeando junto al gobierno y la Junta de Supervisión Fiscal que siguen recrudeciendo sus acciones para acabar lo poco que nos queda.

Se llama Carmen, la conocí esta semana cuando visitamos el pueblo de Salinas, vive en un barrio entre Cayey y Salinas con su esposo y sus tres hijos.  En su barrio mucha gente perdió techos y las pocas pertenecías con las que vivían.  Conversé con ella sobre sus vivencias durante y después del huracán y me sorprendió que en ningún momento perdiera su sonrisa aunque su mirada reflejaba el dolor de lo vivido.  Me narró como los vientos fueron arrancando las paredes y techo de su hogar, se refugiaron en el único cuarto de cemento que tenía la casa y el que después del huracán se ha convertido en la vivienda de la familia. No tiene esperanzas de que Fema la ayude pues no tiene título de propiedad.

En un momento del diálogo Carmen se me quedó mirando y me preguntó dónde yo vivía.  Cuando le dije que residía en Caguas me preguntó si ese era el pueblo que le seguía a Cayey, pues nunca había ido ya que no tienen carro.  En ese momento pude darme cuenta de su realidad educativa  y social. Mi corazón dio un vuelco de tristeza y de rabia ante las realidades que vive nuestra gente.  A ésta madre también le tocará resolver cómo llevará a sus tres hijos a la escuela pues la escuela del barrio fue cerrada y la que les asignaron queda distante de la casa.

Allí también conversé con otra mujer jefa de familia quien me narró como su esposo murió un mes después del huracán de un paro cardíaco, quedando viuda con dos niños.  Sus hijos perdieron la escuela a la que asistían pues la cerraron. Me indicó que en Salinas cerraron unas nueve escuelas y son muchos los niños que no solo perdieron sus casas sino  que a su vez perdieron el lugar que para muchos es una extensión de su hogar.

Me sigo preguntando una y otra vez cómo es posible que ante un estado de emergencia como el que  viven tantas familias en Puerto Rico siga siendo noticia el tema de la deuda impagable y los políticos que viven de ella.

Quién responderá por esta destrucción.  La que tiene que ver con la recuperación de un país en cantos y la que tiene que ver con la destrucción interior de nuestro pueblo.  No hay que hacer grandes investigaciones -aunque urge hacerlas para documentar la situación en la que sigue el país- para captar el estado emocional de nuestra gente. Para ver el miedo y la angustia ante las realidades de los pueblos cada vez más sombríos y carentes de oportunidades de empleo, salud y educación para los ciudadanos.

Quien responderá, no lo sé, pero sí sé que la misma devastación seguirá lacerando la vida de todos en el país, aún de aquellos que siguen acrecentando sus arcas con lo que es de todos.  Ojalá que muchos más se unan a la cadena de bien que puso arriba a Puerto Rico en esos primeros días después de María.  Esa es la única dirección que nos llevará a las acciones que tocan seguir para encontrar el rumbo.

Yo sigo contando cada bendición que recibo, en cada encuentro con mis hermanos y hermanas boricuas que no se detienen y con gran heroísmo siguen escribiendo la nueva historia desde la grandeza del manantial interior.  Eso que nos hace fuertes, nobles, creativos y solidarios, capaces de superar pruebas como la que hoy vivimos como país.

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