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El chorrito de  agua

Ayer me llegó un chorrito de agua y lloré, así de simple. Lloré al ver el agua salir por la grifo, un minúsculo chorrito que amenazaba con desaparecer. Abrí y cerré la llave en varias ocasiones incrédula ante lo que para mí era un milagro. La nueva vida después de María nos ha golpeado duro a todos los boricuas que obligados por las circunstancias hemos tenido que  iniciar un período de reeducación para adaptarnos a estar sin luz, ni agua, ni teléfono, ni internet, ni trabajo, ni tantas otras cosas que antes del huracán  eran parte de la vida cotidiana.

Al llegar el chorrito de agua sentí que el caos que veo en cada esquina de mi ciudad comenzaba el camino de normalización y bañé mis lágrimas con esa agua -para mi bendita- de la que dependemos para vivir. En unos segundos repasé todos los pesares de estos días sin agua -que miles siguen pasando- y cuanto he valorado la botellita fría que me ofreció el vecino, el baño de ducha que me permitieron unos familiares en su casa, el agua del cielo con la cual lavé el vehículo y recogí para los baños.

Dice Otto Scharmer en su modelo de desarrollo económico conocido como Teoría U, que el cambio de los sistemas que nos están llevando al agotamiento de los recursos del planeta y a una mala distribución de los bienes del mundo solo puede ocurrir si hay una transformación de la  conciencia. No se trata solamente de elecciones cada cuatro años, sino más bien de comenzar a gestar una conciencia profunda hacia todo aquello que tienda al cuidado del bien común. Cambiar aquellos esquemas interiores que nos han llevado al individualismo que ha creado tantas desigualdades, como las que han quedado al descubierto en el país con las miles personas que han perdido sus casas o las que siguen en los refugios por no tener a donde moverse.

Este tiempo me ha brindado grandes lecciones que he tratado de ir integrando a mi conciencia. Entre ellas lo valioso del recurso del agua, los alimentos, la salud y el medio ambiente sin el cual no podemos vivir.  Y por sobre todo, el valor de la vida y las personas que amamos.

En la tarde al lavar los platos decidí continuar con el racionamiento que establecimos en el hogar. Cuidé cada gota de agua que utilicé como si se fuese a acabar en cualquier momento. Mientras fregaba pensaba en cómo hacer un hábito permanente el evitar el desperdicio del agua. Nacer a una nueva conciencia de que es mi tarea cuidar los recursos que poseemos, cuidar las playas, los acuíferos y sobre todo velar que los grandes intereses económicos no sigan devorando el ambiente para enriquecer a unos pocos a costa de la vida de muchos.

Son muchos los que en el mundo no tienen casas seguras, ni baños, ni alimentos ni tantas otras cosas necesarias para una vida digna. Hoy podemos ser más solidarios al estar experimentando lo que para ellos es cotidianeidad. Son miles los que seguirán sufriendo el embate de los huracanes  -incluyéndonos- y otros males si no actuamos para preservar la vida de nuestro planeta.

Espero que pronto llegue el agua a todas nuestras comunidades. Que  este tiempo de incomodidades y limitaciones nos siga llenando de enseñanzas que nos lleven a una nueva conciencia del vivir y convivir desde el bien común.

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