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Nacionalidad y ciudadanía

Recibe, Oscar López Rivera, un abrazo patriótico de este humilde admirador por quien ha dedicado su vida a la defensa de nuestra nacionalidad y a la libertad de Puerto Rico, nuestra nación y única patria.

Un 3 de marzo de 1917 un millón de puertorriqueños se hicieron ciudadanos de los Estados Unidos por una ley federal del congreso de la nación que en 1898 invadió la Isla de Puerto Rico y en 1900 formalizó el coloniaje por el derecho de La fuerza  manifestada en  la Ley Foraker.

La Ley Jones impuesta en marzo del 1917 le impuso la ciudadanía ‘americana’  a un pueblo cuya cultura y civilización no podía haber sido más  distinta a la del  imperio anglosajón que la invadía. Comenzando por el idioma español de los boricuas versus el inglés que hablaban los invasores.

Las razones de puro imperialismo explican la invasión de Puerto Rico en 1898 por su extraordinario valor  estratégico miliar en el corazón del Mar Caribe.

Lo que no se entiende es porque nos hicieron ciudadanos ‘americanos’ de segunda clase ya que  condicionaron  su ‘regalo‘a que se le negaba a este ciudadano puertorriqueño el  derecho de votar por el presidente en Washington y sin ninguna representación efectiva en el Congreso Federal.

La ciudadanía americana que se le impuso a los puertorriqueños en 1917 tuvo la consecuencia práctica de desnacionalizarnos porque evitaría por siempre el que los puertorriqueños pudieran ser ciudadanos de su nacionalidad.

No  tenemos   nada que celebrar el 2 de marzo ya que esa ciudadanía que obviamente antagoniza con nuestra nacionalidad representa el carimbo del coloniaje.

Entiendo a  los anexionistas que reclaman plenos derechos para su ciudadanía ‘ americana’ pero bastaría repasar la historia para concluir que el gobierno en Washington jamás ha demostrado el más mínimo interés en hacer a Puerto Rico el Estado 51. Tienen que despertar a esa realidad que ha culminado con una colonia quebrada económica y moralmente, con todo y su ciudadanía ‘americana’.

En julio de 1993 decidí renunciar a esa ciudadanía y valerme como ciudadano puerorriqueño con un pasaporte boricua.

En mi discurso en  Lares el 23 de septiembre de ese año, al llevar el mensaje de mi renuncia le pedí a los presentes que hicieran lo mismo y más de 300 personas firmaron una declaración jurada, declarándose ciudadanos puertorriqueños exclusivamente.

Es una pena que esa idea la cual Juan Mari Bras llamo revolucionaria, no hubiese tenido el respaldo de instituciones independentistas de Puerto Rico.

En un periodo de tres años pude repartir 1,500 pasaportes boricuas, porque era lógico pensar que si se validaba jurídicamente la ciudadanía puertorriqueña, el boricua debía tener un pasaporte que consignara esa realidad.

Juan Mari Bras quiso llevar este experimento jurídico a sus últimas consecuencias y formalizó su renuncia en la embajada de Venezuela y regreso a su lugar de origen, Mayagüez, tal y como se estipulaba en la ley de emigración de los Estados unidos.

Tanto Mari Bras como el pintor Pablo Marcano, siguieron viviendo en su suelo natal y practicando sus profesiones amparados por el derecho natural de ser nacionales puertorriqueños.

Como siempre a la vanguardia de los independentistas Mari Bras luego de que Washington le aceptara su renuncia decidió votar en las elecciones de 1996. Lo hizo y cuando su voto fue impugnado por la doctora Miriam Ramírez de Ferrer, Mari Bras insistió en su derecho natural que tenía un ciudadano puertorriqueño de ejerce su derecho al voto en su patria.

El caso se vio en los tribunales y el juez Ángel Hermida, en un fallo histórico, validó el voto del ciudadano puertorriqueño. Y cito las palabras del juez: “la comunidad política puertorriqueña la define la ciudadanía de Puerto Rico mejor que la ciudadanía de los Estados Unidos”.

Se trata de la primera vez en la historia de la Isla que un ciudadano puertorriqueño que no lo es de Estados Unidos vota en unas elecciones generales. Eso es hacer historia y es una pena que no se enseñe en nuestras escuelas.

Han pasado más de 20 años de esa revolución ideológica, aun dentro del mismo independentismo. Y es lamentable que tengamos que dejar solo en el recuerdo tamaña gesta. Y la de catorce boricuas que meses después fueron a República Dominicana a imitar a Juan Mari para encontrarse con que Washington ya le había revocado la renuncia a Mari Bras y a Marcano y decretaba que esas renuncias y las futuras no serían aceptadas por el Departamento de Estado en Washibgton.

Ya es hora que acabemos con los mitos de una ciudadanía ‘americana’ y nos presentemos ante el mundo con nuestro pasaporte boricua, símbolo de nuestra identidad en nombre de la libertad de todos los puertorriqueños.

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