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La grandeza

Los insultos de ciertos “personajes” en las redes sociales son ladridos. Puras animaladas que no resisten análisis ni merecen contestación. Es una pena que no aprovechen el lenguaje para demostrar la grandeza de sus razonamientos y de su intelecto. Pero hablemos de grandezas.

La grandeza de los Estados Unidos la concibe Donald Trump en términos de riqueza, capacidad militar y el poder de imponerle al mundo su estilo de vida (el llamado “American Way of Life”) basado en esa libertad incondicional que le garantiza al individuo la posibilidad de enriquecerse al máximo y disfrutar a plenitud el fruto de sus esfuerzos. Se trata de un sistema capitalista basado en el egoísmo y en la codicia, estimulado por la competencia y donde se minimiza el esfuerzo generoso de ayudar al prójimo y muy particularmente a los más necesitados.

Esa grandeza que promueve Trump incluye la potestad de determinar quiénes son los ‘buenos’ y quiénes los ‘malos’, guardándose el poder para intervenir en cualquier nación que amenace el liderato y hegemonía de su ‘América’.

Puerto Rico, obviamente, no aspira a  esa grandeza, siendo un pequeño archipiélago de 3.5 millones de habitantes en el Mar Caribe, así como una diáspora de igual número que reside en los Estados Unidos.

Nosotros, los boricuas, pretendemos la libertad y la paz para disfrutar el paraíso terrenal que vivimos. No hay razón alguna para que nuestra gente participe de guerras en Europa, Corea, Vietnam, Irak y Afganistán. No se justifica que los invasores del 1898 nos hayan convertido en un bastión militar para defender sus intereses imperiales. Nosotros no procuramos imponerle a ninguna nación nuestra manera de pensar y vivir, aunque tenemos derecho de defender nuestra perspectiva del mundo desde el punto de vista de una isla en el Mar Caribe. Los ‘americanos’ nos prometieron libertad y democracia, y nos espetaron un coloniaje con serias agresiones culturales. Y en esas estamos todavía.

No nos merecemos el maltrato de unos Estados Unidos que presumen ser los paladines de la democracia y que no han dejado de ejercer sus poderes soberanos desde el momento en que pisaron tierra borinqueña en1898, cuando bajo sus leyes federales pasamos de la pobreza a la miseria en 40 años. Para ahora, en pleno siglo 21 y luego de desentenderse de su cuota de responsabilidades por una deuda de $7.1 billones, optar por sustituir nuestro andamiaje gubernamental por una Junta de Control Fiscal en una clara agresión anti democrática que nos humilla ante el mundo.

Todo esto lo hace Estados Unidos en vez de ayudarnos, como les corresponde por haber controlado nuestra vida y hacienda por 118 años. Como colonia, hemos sido ejemplo de sumisión al extremo de que son muchos los puertorriqueños dispuestos a votar por la integración de Puerto Rico a la Unión Federal como el Estado 51, una movida que obvia en gran medida las diferencias culturales significativas que nos caracterizan, empezando por el idioma. Y ni hablar de que para el liderato yankee muy poco añadiría a la grandeza de su América un Puerto Rico estado 51.

La grandeza de Estados Unidos se cuestiona ante los enormes problemas sociales que confronta en el plano doméstico y que incluye el prejuicio racial y las desigualdades económicas que sufre su gente. Se trata de problemas que se reflejan en los crímenes sin sentido que a diario ocurren en sus ciudades así como su primacía en el planeta por el consumo de drogas y en su población penal, que es señalada como la más numerosa. Esta es la nación que ahora nos impone la ‘grandeza’ de su sindicatura.

El llamado a la resistencia es un imperativo moral.

La resistencia a la Junta de Control Fiscal la representan quienes acampan en los predios federales de la calle Carlos F. Chardón, mientras el grueso de nuestro liderato político –bochornosamente- les brinda pleitesías a los ‘americanos’ en las convenciones republicanas y demócratas. Además, nuestro Pueblo sigue tolerando la injusticia de un Oscar López Rivera todavía encarcelado (35 años) por haber luchado por la libertad de su patria.

La grandeza de Puerto Rico es su tierra y su gente. Un clima bondadoso que vivimos y que muchos no aprecian lo que vale; como tantos compatriotas no aprecian lo que vale nuestra gente, tan inteligente como la de cualquier país del mundo, incluyendo los Estados Unidos y de una capacidad de trabajo probada en los campos y en la industria.

La resistencia boricua exige que nos opongamos de inmediato a la autoridad de la Junta Fiscal de Control y que la misma sea impugnada por nuestras cámaras legislativas y nuestro gobernador, únicos representantes legítimos de la voluntad de los puertorriqueños. Que esa impugnación llegue a los tribunales de la Naciones Unidas y el de La Haya.

Nosotros no nos merecemos esa humillación.

Un coloniaje tan burdo y abusador solo se resuelve exigiendo nuestra independencia ahora.

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