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¡Sassy!

 ¡Mira la Sassy!, me grita Eli en medio de la Calle Sol y se detiene para saludarme y preguntarme cómo estoy y en qué estado se encuentra mi madre después de la fiesta de la noche anterior. También me pregunta si estoy leyendo algo nuevo, voltea los ojos hacia arriba al escuchar mi respuesta y contesta con una frase que alude a nuestra diferencia generacional. Nos reímos. El encuentro no dura más de cinco minutos. Nos despedimos y proseguimos con nuestro respectivo rumbo original. Lo veo alejarse portando su guayabera y habitual sombrero de ala corta. Tengo once, quince, diecinueve o veinte siete años. Es una escena cotidiana en el Viejo San Juan.

Se trata de un buen y viejo amigo de mi madre, esposo de una de sus amigas, que, a su vez, se convirtieron en mis tías y él, en tío también. Me lleva viendo desde niña, desde los primeros años que, por razones biológicas, uno no recuerda. Los escenarios son múltiples: cumpleaños infantiles, campamentos de verano, fiestas de adultos, despedidas de año, presentaciones de libros, conferencias, obras de teatro callejero, farmacias, bares y restaurantes sanjuaneros…

En fin, nos vemos desde siempre.

Me regala libros, me hace conversación, me emplea como repartidora de flyers de su editorial, bromea con sorna de las ocurrencias de mi madre y mis tías. También asiste a mi espectáculo biológico de crecer: de niña curiosa a preadolescente insoportable; de adolescente insufrible a joven adulta quizás menos tediosa. Durante todas estas etapas, sin embargo, conversa y me escucha. También despliega una sonrisa enmarcada por cierto cinismo que, involuntariamente, libera sus dos dientes delanteros medio chuecos. Mientras más envejezco, más joven él me encuentra. Siempre nos dice a mí y otra amiga hermana, que somos las dos mujeres más lindas de to’ viejo San Juan.

En el camino, aprendo y reproduzco varias cosas suyas. No aprendo a practicar algún deporte ni tampoco repasamos corolarios de geometría. Por el contrario, como tío de mi familia extendida, me recomienda libros y autores, examina el porte y la actitud de algún novio, se queja con gracia de su entorno, me pregunta por algún profesor y su clase…

Me comenta que no hay buen futuro monetario en las Humanidades, pero le encanta que estudie literatura e incesablemente vierte sugerencias de textos que debo leer a mayor celeridad.

Así es él, parece que siempre se ríe ambiguamente y en entrelíneas.

Me mudo a Nueva York y nos vemos con menor frecuencia. Me pregunta por teléfono que cuándo acabo el dichoso doctorado en letras. Le contesto que en mayo pero que no sé si me darán un tenure track en Estados Unidos, que lo mejorcito que hay es un puesto en Reno. Me dice que tire pa’ lante y que, en todo caso, me visita a Reno, que él sabe que allí hay un lago bellísimo.

La última vez que conversamos en persona fue pocos meses antes de esta conversación telefónica. Fernando Picó había muerto recientemente. Nos sentamos juntos a presenciar una obra de teatro de jóvenes de Teatro en movimiento por el viejo San Juan.

Antes de que la obra comience, me dice: chica, La Tertulia la acaban de cerrar y a Rivera Hermanos lo cierran hoy, que son los únicos dos lugares en los que yo he querido estar fuera de mi casa durante los últimos quince años…

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