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El desierto

De camino a la ciudad de Abu Simbel en el desierto Occidental, vi por primera vez un espejismo. El recorrido en autobús desde la ciudad de Aswan toma alrededor de cuatro horas.

Sentada en el asiento pegado a la ventana observo la monotonía cromática de un paisaje que se viste de dos colores: el azul del cielo y el marrón claro de la arena. No hay árboles, ni casas, ni personas. Bajo un cielo sin nubes, sólo hay un terreno con textura rocosa y dunas formadas por el viento. No hay sombras más allá de aquella creada por nuestro autobús que transita por la única carretera de dos carriles que cruza el desierto.

Luego de varias horas contemplando el mismo paisaje, diviso a lo lejos algo que parece un lago gris. No puedo ver la totalidad de éste pues conforme me acerco, él se aleja. Miro hacia el otro lado y veo lo mismo: pequeños lagos grises. Como si se tratara de un viejo amante, los lagos no desaparecen, sino que se distancian. Conforme me acerco, ellos se alejan.

Le pregunto a mi madre que si ha visto el espejismo también. Ella, con la misma expresión de sorpresa me dice que sí y otros en el autobús asienten a mi pregunta. Al parecer, todos veníamos observando lo mismo en silencio. Sin dar crédito de lo que nuestros ojos veían, todos fuimos atrapados por el juego de la ilusión óptica. Ver lo que no está frente a uno. El espejismo es un efecto de luz en combinación con otros factores como la temperatura y la superficie que refleja. No es ver una tiendita vendiendo cocos fríos y cerveza junto a una piscina…

Según nos fuimos acercando a la ciudad de Abu Simbel, aparecieron otros personajes en el panorama. Camiones cargados con alfombras, hierro y alambre se dirigían a Sudán para exportar su mercancía. También vimos camiones transportando varios camellos bebés, que según el guía, iban directo al matadero. En Egipto se consume la carne de camello puesto que  es más barata que la de res y el cordero.

En Abu Simbel, las casas son blancas y tienen una cúpula en el techo para conservar temperaturas más bajas que en el exterior. Allí vimos el templo de Ramses II y su esposa predilecta, Nefertaris, a la única que le mandó a construir un templo. Ambos templos fueron removidos de su localidad original en la década de los 60 para evitar que se hundieran a partir de la construcción de la represa que serviría para extraer energía del río. La obra monumental que requirió de las tecnologías de otros países para llevarse a cabo, le costó a Egipto, entre otras cosas, regalarle un templo a España que hoy se encuentra en Madrid: el Templo de Debod.

Me aturde el calor del desierto. Mi mirada se ha acostumbrado a distinguir las diferentes tonalidades de marrón amarillento que inundan el paisaje. El sudor me irrita los ojos. El agua no calma mi sed ni me parece tan fría como debería serlo. Veo a lo lejos los espejismos. Estoy en el África ardiente.

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