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El regateo

En los mercados egipcios se regatea. Ningún precio es definitivo hasta que el vendedor y el comprador lleguen a un acuerdo sobre lo que se pagará por el producto. Un apretón de manos pacta la negociación del precio final.

El guía de la excursión nos indica que si algo cuesta tres dólares, en realidad cuesta la mitad o un 40% menos del precio original. Regatear es una práctica milenaria cuya definición aparece en el Tesoro de la Lengua Castellana de Covarrubias, de 1611, como aquel que “procura bajar el precio de la cosa que compra”. Como muchos, carezco de la preparación para enfrentar dicha economía informal. No me atrevo a llevarle la contraria a un vendedor. No sé cómo se hace. Nunca lo he hecho.

Nos internamos en el primer mercado y me acorralan cinco o seis vendedores, que sorpresivamente, hablan el español necesario para vender su mercancía y negociar. Bajo unas temperaturas abrasantes, me pone nerviosa el tono agresivo que caracteriza la escena. Me confunden los gritos y la mercancía que los vendedores sacan rápidamente y que parece multiplicarse exponencialmente para llamar mi atención. No discuto, pago lo que me piden y me voy.

Entonces comprendo que para regatear hay que asumir otra postura frente al acto de comprar un producto. Hay que aprender a comportarse como un consumidor activo. El precio no lo impone el comerciante sino que se trata de un arreglo entre ambos participantes de la transacción económica. Pues si no me le dejas en esto, no te lo compro. Ah bueno, vale señorita, mejor se lo dejo en tanto. Ok. Ok. De cierta manera, los mercados egipcios le devuelven al consumidor una especie de autonomía que ha sido sepultada por la economía formal y el pago de impuestos. El rol del consumidor es tan activo como el del vendedor. A fin de cuentas, ¿quién es el que posee el dinero para comprar?

Al principio soy tímida y no me atrevo a regatear. Voy viendo cómo mis connacionales que viajan en mi excursión se aclimatan a esta nueva forma de comprar. Ellos comparten sus consejos conmigo: Ellos te dicen un precio y tú le propones otro. Ellos te proponen un segundo precio y así sucesivamente hasta que ambos ya no puedan subir o bajar más el precio. Si ves que no ceden ni siquiera un poquito, te vas de la tienda. Si les interesa la venta y saben que cuesta lo que les propones, ellos mismos regresarán a ti. Si no, pues ni modo, sigue caminando y ya encontrarás otro vendedor.

Me cuenta mi abuelo que el regateo se solía practicar mucho en Puerto Rico. Él de niño vendía huevos con un señor que tenía una quincalla en el pueblo de Aguas Buenas y regateaba con sus clientes. Me narra que también habían unos árabes que viajaban por la isla en una guagüita vendiendo todo tipo de artículos: desde juguetes para niños, alfombras y colchas hasta ropa para toda ocasión. Según mi abuelo, uno regateaba los precios y el árabe sacaba su libreta de fiao’. Conforme pasaban las semanas, el consumidor iba abonando a su cuenta hasta pagar la deuda. La cultura del árabe que fía su mercancía fue sustituida por el law-away de las tiendas. El lay-away sí lo llegué a utilizar hasta que el uso de tarjetas de crédito lo transformó todo. Las libretas de fiao’ ya no le pertenecen al árabe o comerciante al detal, sino a un puñado de bancos a los que de paso, hay que pagarles aparte por ofrecer ese servicio.

La cosa es que poco a poco me familiarizo con la dinámica del regateo en los mercados egipcios. Aunque me haya ahorrado menos de un dólar, la adrenalina se apodera de mí. Con ello descubro un sentimiento de satisfacción que desconocía.

Llego al mercado de Khan Al-Khalili, en El Cairo, con un actitud de consumidora más pulida que al principio del viaje. Me intereso en varios artículos: una manta, unos zapatos y una bufanda. El vendedor me propone un precio y yo otro. Mejora su oferta y yo la mía. En medio de la negociación se sonríe y con un marcado acento árabe me dice con suspicacia: es que te gusta regatear, ¿eh? A lo que yo le contesto: eso lo aprendí de ustedes. Cierra la bolsa y me estrecha la mano. Sellamos nuestro pacto.

Ya me he acostumbrado al regateo. Entonces fantaseo con la idea de regresar a Occidente e ir a cualquier tienda multinacional y decir que no pagaré más de dos dólares por un galón de leche… Seguramente, si insisto mucho, me sacarán del establecimiento por alteración a la paz.

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