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El Cairo

Lo primero que me sorprende al entrar en la cabina del avión es un Corán colgado en la pequeña pared, antes de pasar al pasillo de asientos. Lo segundo, escuchar una oración en árabe proyectada en los monitores de los asientos, poco antes del despegue.

Llegamos de noche a la capital egipcia. Aún así, de camino al hotel, pude observar la colosal pirámide de Keops iluminada parcialmente por un juego de luces. Como otros monumentos icónicos, que uno ha visto cientos de veces en fotos y videos, la experiencia de presenciarlos en persona es sobrecogedora. En eso, mi madre me comenta, “esto es como ver a los dinosaurios”. Pienso en la primera vez en que supe sobre las pirámides como parte de un proyecto, para mi clase de Historia, sobre las siete maravillas del mundo antiguo. Cursaba el sexto grado y jamás imaginé que tendría la oportunidad de contemplar en persona las pirámides de Giza. Creía, entonces, que lo más cercano a verlas sería recortar y pegar las imágenes impresas, sacadas de Encarta 2000, como nos lo pedía la maestra.

Y aquí estoy, en la primera salida de nuestra excursión, contemplando las pirámides de la necrópolis de Giza que queda a veinte kilómetros de El Cairo. Pequeñez total ante tanta inmensidad.

Las tres pirámides o tumbas fueron construidas hace más de 4,000 años con el propósito de albergar los sarcófagos y riquezas de los faraones del antiguo Egipto. Víctimas del saqueo desde entonces, hoy las pirámides están vacías. Lo único que las acompaña es la arena de una tierra desértica color ocre amarillento y un olor a rancio que te asalta el olfato y el cuerpo.

Luego, de paseo por las calles de la ciudad, me sumerjo al caos ordenado que compone la ciudad. Calles atiborradas de basura; edificaciones a medio construir; vehículos de motor y carretas arrastradas por burros y caballos compartiendo una misma vía de tránsito; mujeres cubiertas con velos; y un calor abrasante. La ciudad parece un enjambre que se expande verticalmente. La crisis económica y política, exacerbada por las grandes potencias mundiales, se traduce en la precariedad de los servicios públicos.

De camino a la mezquita Muhammad, veo un cementerio. El guía nos indica “ahí viven los muertos y también los vivos”. Nos explicó que debido a la sobrepoblación y pobreza de la ciudad, algunos se aventuran a plantar hogares en los mausoleos. Me impresionó el contraste entre la necrópolis de Giza, conservada como maravilla del mundo, y el cementerio, una necrópolis reciente, habitada por cientos de familias.

En el mercado milenario Khan Al-Khalili me pasó lo que muchos han contado. Mi madre y yo nos perdimos por sus callejuelas laberínticas. Sabíamos que teníamos que orientarnos a partir de la mezquita Al-Hussein. Sin embargo, una vez adentradas en el mercado, los puntos cardinales y el sentido de orientación se esfuman y el temor se acrecienta. Las tiendas ofrecen la misma mercancía, los vendedores se parecen y las calles se confunden unas con otras. Uno piensa que reconoce un lugar pero en realidad se trata de otro. La angustia de perderse. Luego de preguntar varias veces por direcciones, finalmente nos topamos con un egipcio que hablaba italiano. Nos balbuceamos un par de palabras de las que entendimos “destra” (derecha) y “sinistra” (izquierda). Finalmente, encontramos la calle principal que nos devolvió a la entrada del mercado.

En otra de las visitas, llegamos al Museo Egipcio que exhibe piezas de incalculable valor. El tesoro de Tutankamón es en sí mismo otra gran maravilla egipcia. Me detuve a observas las momias, especialmente la del faraón Ramses II. Me sorprendió ver dentro de la urna de cristal unas bolsitas plásticas con cabellos del faraón junto con la explicación de que habían sido recuperados del mercado negro cibernético.

Me apenó el deterioro que se observa en toda la estructura del museo. Ventanas rotas, plumas de palomas que sobrevuelan el desvencijado techo. Me pareció que el museo es un museo de sí mismo con sus vitrinas y anaqueles antiquísimos.

Estar aquí me causa una sensación que, hasta ahora, ninguna imagen o video me habían podido transmitir: sentir el peso del tiempo. Hoy vivimos en una sociedad marcada por un ritmo desbocado que no se preocupa por cuestiones de inmortalidad o legados para futuras generaciones. En El Cairo, sin embargo, se respira ese pasado que se torna palpable, no sólo al observar las ruinas del mundo antiguo, sino al sentir los granos de arena que te rozan la piel. Es la sensación que evoca un rebuscar entre el polvo arenoso para descubrir lo oculto.

 

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