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Fernando Picó

Lo conocí por primera vez a través de la lectura de uno de sus libros de texto que estructuraba el curso de historia cuando cursaba el séptimo grado. Era mi primer año dentro del sistema de instrucción pública y recuerdo cuando la maestra nos indicó que por fin habían llegado los libros. Según ella, esta vez el Departamento de Educación había enviado libros suficientes para los 150 estudiantes de mi clase. De modo que, todos podíamos llevarnos un ejemplar a la casa y devolverlo al final del año académico.

Fue en ese momento, cuando al pie de la portada, leí su nombre, Fernando Picó. Lo primero que me llamó la atención del libro, de la también coautora Carmen Rivera Izcoa, fue el título: Puerto Rico tierra adentro y mar afuera. Me pareció curioso porque sugería una conciencia nacional que sobrepasaba las fronteras territoriales.

Muchos años después me lo topé en persona, caminando por los pasillos del edificio Luis Palés Matos en la facultad de Humanidades de la UPR, Recinto de Río Piedras. Siempre iba vestido con su guayabera blanca con varios bolsillos y múltiples bolígrafos en el interior de cada uno. Tomé con él un curso de historia medieval del cual recuerdo muchas cosas, entre ellas, el concepto de transgresión y propaganda de los reyes europeos en la cultura medieval.

Durante ese curso, nunca faltó a una clase. Ni siquiera en una ocasión a la que sólo acudimos tres estudiantes debido a unas lluvias torrenciales. Ahí estaba él, sufriendo una monga, sacando su pañuelo constantemente para secarse la nariz mientras impartía su clase como si estuviéramos los quince. No comentó nada sobre la ausencia de los demás.

Entonces comprendí su compromiso con la enseñanza. Además de su prolífica producción académica, supe sobre su labor en las cárceles, su proyecto de educar a los jóvenes marginados de los cuales rehabilitó a muchos para que se convirtieran en personas de bien. Porque para él, un individuo no debía ser juzgado por raza, clase, religión o género.

Hace dos años me lo encontré en una conferencia académica. Iba caminando a su paso acelerado, medio accidentado por los achaques de la edad y lo saludé sin esperar que me devolviera el saludo. En eso se detuvo y me preguntó que cómo me iba, le conté que estaba haciendo una tesis de piratas e inmediatamente me sugirió una lista de autores y bibliografía secundaria para que siguiera trabajando. Esa fue la última vez que lo vi.

El día de su fallecimiento me detuve a recordar el alcance humanista de su obras. Como el franciscano Bernardino de Sahagún con su Historia general de las cosas de la Nueva España o el dominico Bartolomé de las Casas con su Historia general de las Indias, escritas durante el siglo 16, Fernando Picó, jesuita, escribió en el siglo 20 la Historia general de Puerto Rico.

Son muchas las preguntas que se me quedaron por hacerle. Porque siempre disfrutaba de las preguntas y a partir de ellas, escribir la historia.

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