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Pelotón jíbaro en resistencia

El mismo día en que en la isla el boicot al plebiscito socavaba el voto de triunfo por la estadidad, en Nueva York el Pelotón jíbaro en resistencia marchaba en denuncia como parte del Desfile Puertorriqueño.

Alrededor de unos 40 jóvenes caminamos más de 30 cuadras, vestidos de blanco, con pavas negras y simbólicos machetes pintados de negro con palabras escritas en blanco:  justicia, educación, salud, arte, cultura, trabajo, despierta, agricultura, resiste, autogestión…

(Foto de Melvin Audaz)

Es la primera vez en seis años, desde que vivo en esta ciudad, que me uno al desfile para participar en una de las comparsas.

Desde temprano en la mañana, noto la exorbitante cantidad de banderas puertorriqueñas que inunda las calles designadas para el desfile. La bandera se convierte en el significante cultural por excelencia y la creatividad de incorporarla al atuendo rebasa los límites de lo imaginable. Desde el bebé, que apenas habla, hasta la señora que porta un traje de lentejuelas, todos llevan la bandera de alguna manera. Muchos la exhiben varias veces: en pulseras, gafas, camisetas, zapatos, sombreros, bandanas… Se escucha música típica, salsa, bomba, plena y reggaetón. Observo jóvenes vestidas de batuteras que me evocan las fiestas patronales de Cataño. Es el día en que los puertorriqueños de la diáspora nuyorquina abrazan su cultura y exhiben su nacionalidad. Es el día en que se afirma exponencialmente la puertorriqueñidad. Es una fiesta que se celebra desde hace más de seis décadas, periodo que también ha visto nuevas incorporaciones de inmigrantes boricuas. Por ello, la diáspora no debe ser entendida como un concepto monolítico. Diviso muchas personas ondeado la versión en blanco y negro de la bandera, símbolo reciente del descontento de diversos sectores sobre la situación política, económica y social por la que atraviesa la isla.

(Foto de Melvin Audaz)

Llego al punto de encuentro designado por los organizadores del desfile para nuestro grupo. La convocatoria, difundida por las redes sociales, fue una iniciativa del proyecto La Marqueta Retoña que invitó a parte del colectivo multidisciplinario de artistas creadores de la Unión de Operaciones Tácticas de los Payasos Policías, Israel Lugo, Andrea Martínez, Yussef Soto-Villarini y Roy Sánchez Vahamonde. Los efectos de su performance, los vi por primera vez en la huelga de la UPR en el 2010, cuando a través del arte suavizaron las tensiones disipando la violencia entre policías y estudiantes. Esta vez, los integrantes de dicho colectivo desarrollaron el concepto del Pelotón jíbaro en resistencia. Su manifiesto establecía: “Somos una organización puertorriqueña no afiliada a ningún partido político. Nuestro objetivo es labrar un mundo justo para todas y todos, un mundo donde tengamos tierra para cultivar y alimentar, techo para proteger y crecer, salud, educación, amor y libertad”. La coordinación y activación de los jíbaros en la ciudad de Nueva York, estuvo a cargo de la artista Yaraní del Valle Piñero.

Ensayamos las coreografías en el Johnson Community Center, espacio gestionado por La Marqueta Retoña, localizado en el corazón del Barrio en East Harlem. Además del atuendo blanco, las pavas y los machetes negros, colocamos sobre nuestros rostros una roja nariz de payaso. Lo hicimos así porque con esa nariz se puntualiza el personaje tragicómico del clown. Ese personaje que, a pesar de la adversidad circunstancial, se resiste a renunciar a lo que quiere hacer porque, a fin de cuentas, lo guía una utopía que conforma su identidad, su razón de ser. La nariz roja no es una burla hacia la figura icónica del jíbaro, sino todo lo contrario, es trazar un paralelismo entre dos personajes que nunca se dan por vencidos. Ambos analizan su situación, planifican y se redimen en cada acción. Rescatar la figura del jíbaro e incorporar el personaje clown, es rescatar una utopía sepultada y sustituida por nociones de progreso basadas en proyectos fracasados de industrialización.

(Foto de Melvin Audaz)

Sentimos el calor de los 95 F. Desfilando por la quinta avenida, aprovechamos la ocasión para denunciar la situación precaria de la isla porque afirmar la puertorriqueñidad conlleva también ser responsables y divulgar los problemas acarreados por el coloniaje. Porque en las fiestas también que hay que hablar de estas cosas.

“Ya llegaron estos a quejarse”; “ustedes tienen un montón de escuelas allá”; “ustedes no pagan taxes”; “ustedes tienen allá medicare”; ¿ustedes son unos terroristas macheteros?”, fueron algunas de las frases gritadas conforme nos desplazábamos por el desfile. Sin embargo, también recibimos mucho respaldo de otros espectadores informados sobre la situación del país: el cierre de escuelas públicas, el recorte al presupuesto de la UPR, la venta de tierras y recursos naturales al mejor postor, la Junta de Control Fiscal y la articulación de una mitológica deuda producto de la corrupción y negligencia de los pasados gobiernos. Ese segundo grupo levantaba sus banderas leyendo, a viva voz, las palabras pintadas en nuestros machetes.

Creo que el Pelotón jíbaro en resistencia logró ser exitoso en su performance dirigido a educar y transmitir un mensaje de unión dentro de la disparidad de opiniones sobre el presente y lo que debería ser el futuro del país. La desinformación y la propaganda político partidista dentro y fuera de la isla ha creado una brecha que parece ser reconciliable a través del arte y el rescate de sensibilidades y valores sociales, como la solidaridad y el trabajo voluntario. Para mirar más allá de las fronteras ideológicas. Para ser capaces de percibir los matices.

(Foto de Melvin Audaz)

Hace años que no veía a algunos de los miembros de nuestro Pelotón con quienes comparto la afinidad hacia el teatro callejero como herramienta de cambio social, impartida por las educadoras Rosa Luisa Márquez y Maritza Pérez. A otros no los conocía. Eso no importó. Porque además de compartir bloqueador solar, agua y comida, compartimos algo demasiado importante: la esperanza de que aún hay cosas que se pueden hacer y que los colectivos son nichos de fuerza. Este empalme de artistas residentes en la isla y en la ciudad de Nueva York corrobora que la distancia geográfica no es una grieta sino, más bien, una abertura que provee la oportunidad de imaginar y explorar nuevas posibilidades y escenarios.

Frente a la situación del país, el arte es un bastión, una trinchera desde la cual se pueden articular movimientos, provocar momentos de reflexión, diálogo y, sobre todo, confirmar que no todo está perdido.

 

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