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Convergencia

Me levanto en Lima con el sonido de las risas de un bebé acompañadas por los estribillos de Mi gente, interpretada por Héctor Lavoe. Camino hacia la habitación contigua y encuentro a mi amiga peruana acostada en la cama con su niño de cuatro meses. Ella le canta y le hace mimos mientras el bebé mueve sus piernitas como si la cama fuera su pista de baile y él, un bailarín avispado que nos quiere sacar a bailar a ambas. No sabía que a mi amiga le gustaba la salsa, ni mucho menos que se la ponía a su crío. Tímidamente le pregunto, “¿a ti te gusta Héctor Lavoe?”, a lo que ella me contesta, “pero chica, ¡si Lima era su segunda casa!”

Acto seguido me apura para que salgamos, me dice que me quiere llevar a comer ceviche y que visitaremos un barrio que se llama La Punta donde hay un busto de Héctor Lavoe.

Durante el trayecto, me topo con el mar por primera vez en más de ocho meses. Me toma varios segundos reconocer que se trata del Océano Pacífico. Le comento a mi amiga que hacía mucho tiempo que no me encontraba en una ciudad costera rodeada por algo que no fuese un río. Ella se ríe y adivina mi deseo: recorrer todo el malecón.

Lima es una ciudad muy peculiar. Los distritos de Miraflores y Barranco mayormente cuentan con edificios medianos y viviendas que se parecen a las zonas de Santurce y Miramar. Es una ciudad que creció al revés. Es decir, el desarrollo urbano se inició en el centro y, con el tiempo, se extendió hacia la costa. Por lo cual, la mayoría de los edificios que bordean el camino del malecón fueron construidos hace menos de 50 años. Nos bajamos del auto y noto que una extensa sección del malecón está sobre la cima de un acantilado de más de 300 pies de altura. Miro hacia abajo y veo una playa rocosa medio grisácea que maltrata con sus olas a unos cuantos surfers. Es la primera vez que veo un acantilado de tal magnitud. Mi amiga me explica que la playa fue creada con todas las piedras que sacaron de la gran excavación que conllevó la construcción del autopista central de la ciudad. A media hora de la costa, nos topamos con el centro histórico colonial. Las calles adoquinadas y las fachadas de estilo neocolonial inevitablemente me evocan al Viejo San Juan.

La humedad del clima desata las ondas de mi cabello que habían sido aplacadas por la sequedad del clima nuyorquino. A pesar de que parece estar nublado, el peso de la humedad lo siento en la cara que me suda, en la mirada que se me apaga y en el cuerpo sofocado que me pide una cerveza fría.

Gran parte de la gastronomía limeña descansa en la fusión entre la cocina gourmet y la cocina tradicional que integra también rastros e influencias de la cocina asiática, italiana, entre otras. Por ejemplo, en Lima se come principalmente el ceviche marinado de diversas maneras, que van desde el limón hasta la salsa de soya o ajonjolí. En la calle se comen pinchos de corazones de res, conocidos como anticuchos y el arroz blanco se prepara con trozos de ajo y choclos, que son granos de maíz considerablemente grandes. Como en México, se le echa limón a todo y se consume mucho aguacate y picante. Sin embargo, al aguacate se le llama palta y el picante no proviene del chile sino de diferentes clases de ajíes con el cual se marinan las carnes, verduras y pescados.

Me sumerjo en el manjar de platos limeños como si no hubiera un mañana. Me seduce la dulzura del pisco sour, un trago tradicional que además del licor, lleva varias cucharadas de azúcar y una clara de huevo batida. Sé que luego el cuerpo me pasará factura pero por lo pronto pruebo todo lo que se me ponga al frente.

El paseo por el malecón y el centro histórico atrasó el itinerario y no pude llegar a fotografiarme junto al busto de Héctor Lavoe. Sin embargo, en la noche, me contactan unos amigos puertorriqueños que se encuentran en Lima porque también asistirán a la conferencia. Me despido de mi amiga peruana y me dirijo al punto de encuentro. Llego al bar y me topo con una vitrina de fonda que exhibe tostones de plátano, yuca y algo que se parece a la pana. Sumado a esto, reconozco la voz de Maelo que sale de una vellonera como de cafetín. Saludo a mis amigos que aprovechan la ocasión para ofrecerme cerveza, ron de caneca y yuca frita. Me siento a conversar con ellos y ponernos al día. Al cabo de una media hora, me pica el hambre y devoro uno de los platillos de yuca frita con cebolla curtida por el lado. En eso, uno de mis amigos se ríe y me dice “es que al puertorriqueño siempre que se le sirva yuca, se la comerá y nada más le bastará, esté donde esté”. Nos miramos con cierta complicidad mientras yo asentía devolviéndole la sonrisa de labios grasosos. Tenía razón. Si Lima era la segunda casa de Héctor Lavoe, como decía mi amiga peruana, los platos con yuca son el refugio culinario para todo puertorriqueño en esta ciudad.

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