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Mirando hacia arriba

La primera vez que vi un rascacielos sentí que me mareaba. Tenía once años y visitaba a mi hermano que, en aquel entonces, vivía en Chicago. Recuerdo que me señaló un edificio para que mirara hacia arriba y una sensación de extrañamiento se apoderó de mí. Era invierno y las nubes cubrían el tope del edificio creando una ilusión de continuidad entre la estructura maciza y el cielo. La magnitud del edificio me obnubiló. Hasta ese momento, el edificio más alto que había contemplado era la torre del Banco Popular en el Viejo San Juan y los edificios de la milla de oro en Hato Rey.

Hace una semana, he visto aquella expresión de extrañamiento y sorpresa en la mirada de otros. Se trata de un grupo de cuatro estudiantes de maestría provenientes de la Universidad Paris-Sorbonne, que han cruzado el Atlántico por vez primera a participar de un programa que une nuestras instituciones. Luego de un día cargado de actividades académicas, los estudiantes de Nueva York decidimos aprovechar el buen clima y los llevamos a pasear por la ciudad.

La diferencia de edad de los cuatro parisinos ha influenciado la experiencia de cada cual. El más joven tiene veintidós años y la mayor, cincuenta; mientras que los otros dos pican los treinta. El más joven reconoce todos los recovecos del Upper East Side porque es un fanático del programa de televisión Gossip Girl. La muchacha treintona está fascinada con poder prevenir sus ataques de alergia gracias a la variedad de alimentos gluten-free disponibles. Por otro lado, la integrante mayor del grupo ha sido cautivada por el ritmo acelerado de la ciudad, mientras que al muchacho treintón le interesa probar todas las cervezas nacionales que solo conocía por referencia.

A pesar de las diferencias, los cuatro se han sentido profundamente impresionados por la altura de los rascacielos. Durante el recorrido que hicimos esa tarde, todos saturaron la memoria de sus teléfonos con fotografías de los edificios. Además de la arquitectura tan disímil a la de París, la conversación giró en torno a identificar la cantidad de pisos que cada edificio podía tener. Combien d’étages? Cuántos pisos? How many stories does that building have?—preguntaban.

Al parecer, el edificio más alto que conocen en París cuenta con treinta pisos. La Torre Eiffel no les cuenta pues no es estructura de vivienda ni de oficinas. Un edificio con más de ochenta pisos les parece una monstruosidad y una de las mayores obras de ingeniería humana. O más bien, les parece la encarnación de la nueva modernidad. Durante el trayecto, uno de ellos expresó que París le parecía una ciudad congelada en el siglo 19 mientras que Nueva York representaba el futuro de forma tangible.

Ciertamente, ambas ciudades son de naturaleza incomparable. Sin embargo, fue para mí muy enternecedor ver en sus caras aquella emoción que me invadió hace casi veinte años. Supongo que esa es la gran paradoja nuyorquina: asumir uno la limitada estatura propia y proyectarse en la magna extensión vertical de los edificios que saturan el entorno. Dejarse turbar por la ilusión de perspectiva.

 

 

 

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