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Equipaje

Miro la maleta vacía y sé que se me agotó el tiempo aquí. Contemplo la cantidad de cosas acumuladas durante un año y titubeo al seleccionar lo que se queda y lo que se irá conmigo. Soy una hoarder profesional. Me sorprendo al contemplar todos los objetos que conservo. El repertorio incluye desde ropa y postales, hasta taquillas de museos y menús de restaurantes.

Estoy segura de que llevo más de los 50 kilos permitidos por la aerolínea.

Me ataca la ansiedad. No sé si tiene que ver con la incertidumbre que producen los cambios o con enfrentar la soledad que representa el acto de hacer una maleta. Empacar para no volver, no es cosa fácil. Es la segunda vez que me pasa, así que tengo todo un sistema diseñado para el proceso. Primero, hago una lista de diligencias pendientes y de objetos que tengo que llevar. Luego hago una segunda lista, sin todo aquello que descarté de la primera. Finalmente, elaboro un tercer inventario de lo empacado. Si es necesario, redacto una cuarta o una quinta lista, dependiendo del caso. He descubierto que, de alguna manera, hacer listas ayuda a combatir la inseguridad e incertidumbre ante lo que se avecina. Una lista es un plan. Y un plan es una ficción palpable. Es como tocar una realidad todavía inexistente.

Reviso mis listas: tacho, añado y borro. Doblo ropa y organizo papeles, como si jugara Tetris al acomodarlos dentro de la maleta.

Empacar es también enfrentarse a uno mismo. Es asumir la materialidad de nuestro cuerpo y de los objetos que uno decide que lo acompañen. A veces, no tiene que ver con la utilidad de las cosas. Uno se quiere llevar algo porque le evoca una experiencia atesorada o porque simplemente ese objeto carga alguna memoria pesada de la que uno no se quiere desprender. Lo último me pasa mucho. Llevo cargando un abrigo de mahón que me regaló mi madrina hace más de 15 años.

Resulta curioso que cuando uno se marcha de un lugar, alguien conocido llega y se muda. Como si se tratara de una especie de ciclo, hace dos días me llamó una amiga puertorriqueña para decirme que se había acabado de mudar a la Ciudad de México. Le di la bienvenida, aunque me encuentro en el camino de las despedidas.

Otra vieja amiga puertorriqueña que vive aquí me dijo: “yo sé que no nos vimos tanto, pero saber que estabas aquí, me daba tranquilidad”. “A mí también, pero ya nos veremos en los nuyores”—le contesté.

Los adioses son como el aguacero del que no logras guarecerte. Te mojas y sigues caminando porque no puedes hacer otra cosa.

Al despedirme, las señoras con las que asistí a un gimnasio cercano a mi casa, me tomaron de la cara y me llenaron de besos. Me abrazaron y desearon toda la suerte del mundo; me echaron bendiciones y me pidieron que no las olvidara, que ellas tampoco se olvidarían de mí. “Se nos va la niña más joven del grupo y de Costa Rica” (aquí por alguna razón, cuando uno dice que es de Puerto Rico hay personas que asumen que es lo mismo que Costa Rica).

Como escribí hace unos meses, los síntomas del desarraigo se reactivan. Uno comienza a extrañar de antemano incluso hasta las cosas que solían producir incomodidad.

Lo mejor de todo, es que aún no se han diseñado básculas para pesar los recuerdos. Eso los lleva uno, escondidos, sin el temor de que un oficial de aduana te los quite.

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