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Canción de la Ciudad de México

Salgo de mi casa y veo pasar una bicicleta adaptada con tres ruedas y varios recipientes de aluminio, que son como ollas de sancocho, amarrados a un panel de madera. Una grabación que sale desde un altoparlante empotrado al panel de la bicicleta irrumpe la tranquilidad de la calle.

Ya llegaron sus ricos y deliciosos, tamaaales oaxaqueños. Acérquese y pida sus ricos tamaaaales. Hay tamales oxaqueños, tamales calientitos…Ya llegaron sus ricos y deliciosos…

Camino tres cuadras y me cruzo con otra bicicleta adaptada, pero esta vez, el sonido de una ocarina anuncia que llegó el afilador de cuchillos a la calle Copérnico. La goma de atrás está conectada a una piedra redonda de afilar. Con el mecanismo de la cadena de la bicicleta, se afilan los cuchillos que traen las dos o tres personas que se acomodan en una fila.

Al cruzar la avenida Ejército Nacional, los bocinazos de los carros monopolizan el trasfondo musical de la ciudad. Algunas frases intensifican la agresividad de la bocinas: ¡Quítate pinche…! ¡Muévete pen…!¡Saca la lengua! ¡Huevos!…

Sigo caminando y escucho…

Se compran colchones, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que vendan. Se compran colchones…

Se arreglan cortineroooooos….

Taxqueña, Pino Suárez, súbale que hay lugares…

A diez, a veinte, mire, pruébelo sin compromiso…

Lleve la Fanta, lleve la Pepsi, lleve la Coca… Llévelos. Lleve la Fanta…

El gaaaaaaaas, el gaaaaas, el gas…

¿Qué le damos marchanta?

Cinco pesos le vale, cinco pesos le cuesta…

Ahí lo que guste cooperar para el músico.

Lleve la discografía completa de su banda, lleve la gorra, la playera, lleve la taza, lleve su vasito tequilero de recuerdo de su banda favorita…

Oríllese a la orilla le grita un policía de tránsito a un carro.

Máquinas rasuradoras a veinte pesos…

¿Qué buscas güero?, ¿qué le damos güero?

¿Qué le mostramos?, ¿Qué le damos?

El gaaaaaaaas, el gaaaaas, el gas…

Aváncele, aváncele, aváncele otro policía enuncia al dirigir el tráfico.

Me da mis tacos con pasto, nieve y fotocopia por favor (es decir, con cilantro, cebolla y doble tortilla).

 Estos son solo algunos estribillos de la canción de la ciudad de México. La conocida frase internacional “Viva México” no se escucha en el escenario cotidiano urbano. Por el contrario, prevalecen otras expresiones y voces que ocupan el espacio sonoro de la ciudad.

Entro a un OXXO (una franquicia de tiendas de conveniencia desparramadas por toda la ciudad) para comprar un refresco y de un radio escucho una canción de la Banda El Recodo que me evoca aquel programa de televisión en el Canal 11 y con el que casi todo puertorriqueño convivió, Despierta América: “Árboles de la barranca, por qué no han enverdecido, es porque, no los han regado, con agua del río florido. De esas dos que van bajando, cuál te gusta valedor, esa del vestido blanco, me parece la mejor…”

Los organilleros, vestidos como soldados andantes del siglo 19, se desplazan por las calles rotando la manivela del organillo y logrando sacar melodías viejas y desafinadas que hurtan recuerdos y melancolías de quien los ve pasar.

Cada lugar emite sus propios sonidos y ritmos. Salir a la calle es  renunciar al silencio doméstico e internarse a los sonidos heterogéneos que marcan el compás de la melodía de una ciudad que vive su propia realidad. Claro que, no falta el día en que me sorprende alguna canción de salsa puertorriqueña o de Marc Anthony sonando en la radio.

De regreso a mi casa, coincido con la llegada del camión de la basura. Él también trae su melodía. Toca con fuerza una campana de mano, anunciando que ha llegado la hora de sacar la basura.

Al final, los sonidos urbanos vivifican a quien los oye. Así como el personaje de Ray Bradbury, el coronel Freeleigh, quien postrado en una silla de ruedas llamaba desde la distancia a su amigo Jorge, con la única intención de que éste pusiera el teléfono en la ventana para poder escuchar los sonidos de la ciudad de México.

-“Señor Freeleigh! Again? This costs money.”

-“Let it cost! You know what to do.”

-“Sí. The window?”

-“The window, Jorge, if you please.”

[…]

 -“Señor…”

-“No, no, please. Let me listen.”

 

 

 

 

 

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